PARTE 2: EL NÚMERO QUE MI MADRE CAMBIÓ

No dormí aquella noche.

A la mañana siguiente, volví al instituto con los comprobantes de cada transferencia que había enviado durante cinco años.

La señora Collins los revisó en silencio.

—¿A qué cuenta enviaba el dinero?

Le mostré el nombre de mi madre.

Entonces todo encajó de la peor manera.

Mi madre no solo recibía mi dinero.

También había impedido que la escuela pudiera encontrarme.

—Quiero hablar con mi hija —dije.

La señora Collins me acompañó al aula.

Cuando Vivian me vio en la puerta, se quedó inmóvil.

No corrió a abrazarme.

No preguntó por qué había vuelto.

Solo bajó la mirada.

—Papá, ¿la abuela te dijo que gasté el dinero?

Me acerqué despacio.

—Me dijo muchas cosas. Quiero escuchar lo que tú tengas que decir.

Vivian miró alrededor, como si temiera que alguien pudiera oírla.

—No quería causar problemas.

—¿Qué problemas, cariño?

Se mordió el labio y abrió su cuaderno.

Entre las páginas guardaba una hoja doblada, escrita con letra pequeña.

“Papá, no estoy gastando tu dinero. La abuela dice que si te cuento lo que pasa, dejarás de mandarlo y nos echarán de casa.”

Tuve que sentarme.

—¿Ella te obligó a cambiar mi número?

Vivian asintió, casi imperceptiblemente.

—Dijo que así no vendrías a llevarme lejos.

Sentí que algo dentro de mí se quebraba.

—¿Y los veinte mil yuanes?

—La abuela dijo que eran para tus deudas. Me pidió que dijera que los había gastado en un ordenador.

Le temblaban las manos.

—También dijo que no mencionara la beca.

Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.

Era mi madre.

“Deja de hacer preguntas en la escuela. Vivian no entiende lo que necesita una familia.”

La miré a través del vidrio del aula.

—¿Qué pasa? —preguntó mi hija.

No contesté.

El mensaje siguiente llegó segundos después.

“Si le cuentas lo que hiciste con el dinero de su madre, le diré la verdad sobre quién pidió que te marcharas.”

Levanté los ojos hacia Vivian.

Ella estaba llorando.

—Papá… ¿qué dice que hiciste?

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