PARTE 2: EL NOMBRE ROBADO

Lucas leyó el mensaje dos veces.

Después una tercera.

No podía ser cierto.

Grupo Martín era el holding familiar que controlaba hoteles, desarrollos inmobiliarios y fondos de inversión en todo el país.

Él era el director general.

Ningún desalojo de ese tamaño podía realizarse usando el nombre de la empresa sin dejar rastro.

—¿Qué ocurre? —preguntó Ana, abrazando instintivamente a sus hijos.

Lucas levantó lentamente la vista.

—Necesito hacer una llamada.

Salió de la suite y marcó directamente al director jurídico del grupo.

—Ricardo, quiero el expediente completo de Desarrollo Alameda Norte. Ahora mismo.

Al otro lado hubo unos segundos de silencio.

—Señor… ese proyecto no depende de usted.

—¿Cómo que no depende de mí?

—Fue transferido hace ocho meses a una filial administrada por su hermano, Alejandro Martín.

Lucas sintió un nudo en el estómago.

Alejandro.

Su hermano menor.

El hombre que siempre insistía en que los terrenos antiguos valían más vacíos que llenos de familias.

—¿Quién autorizó esa transferencia?

—La firmó el presidente del consejo.

Su padre.

Lucas cerró los ojos.

De pronto recordó una reunión a la que nunca lo invitaron.

Un paquete de documentos que le dijeron que “ya estaba resuelto”.

Y varias decisiones inmobiliarias que, según su familia, eran asuntos menores.

Volvió a entrar en la habitación.

Ana seguía junto a la cama.

Samuel dormía aferrado al elefante de peluche.

Sofía acariciaba el cabello de su hermano incluso mientras soñaba.

Lucas habló con una serenidad que escondía la tormenta que llevaba dentro.

—Esta noche nadie los va a sacar de aquí.

Ana bajó la cabeza.

—Gracias.

—Pero necesito saber exactamente qué ocurrió.

Ella respiró hondo.

—Vivíamos allí desde hacía cinco años.

Pagábamos la renta puntualmente.

Un lunes llegaron hombres con uniformes de seguridad privada.

Nos dieron veinte minutos para salir.

Les enseñé los recibos.

Ni siquiera los miraron.

—¿Le entregaron alguna orden?

Ana abrió la mochila y sacó una carpeta transparente.

—Guardé todo.

Lucas revisó los documentos.

En la parte inferior aparecía el logotipo de Grupo Martín.

Y, debajo, una firma digital.

No era la suya.

Pero imitaba perfectamente su nombre.

Su mandíbula se tensó.

—Esta firma es falsa.

Ana lo observó sorprendida.

—¿Qué?

—Yo nunca autoricé esto.

En ese instante volvió a vibrar su teléfono.

Era Ricardo.

—Señor… encontré algo más.

—Habla.

—No solo desalojaron ese edificio.

Van diecisiete inmuebles este año.

Más de doscientas familias.

Todos los documentos llevan su firma digital.

Lucas permaneció inmóvil.

—Eso es imposible.

—Hay otra coincidencia.

Todos los contratos fueron aprobados desde la oficina del señor Alejandro.

Lucas levantó lentamente la mirada hacia los dos niños.

Aquellos gemelos no estaban durmiendo en su cama por casualidad.

Estaban allí porque alguien, utilizando su apellido y una firma falsificada, había destruido el hogar donde crecían.

Se acercó hasta Samuel y acomodó con cuidado la manta que se había deslizado.

Después miró a Ana.

—Mañana no irá a trabajar.

Ella abrió mucho los ojos.

—¿Me está despidiendo?

Lucas negó con firmeza.

—Mañana vendrá conmigo.

Vamos a descubrir quién convirtió el nombre de mi familia en una máquina para dejar niños sin casa.

Y mientras Ana intentaba comprender lo que acababa de escuchar, Lucas tomó una decisión silenciosa.

Si la traición nacía dentro de su propia familia…

Sería él mismo quien la sacara a la luz, aunque para hacerlo tuviera que destruir el imperio que llevaba toda una vida construyendo.

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