A cuarenta minutos de la base, nadie en la mesa entendió por qué Jason acababa de decir aquel nombre.
—¿Quién es Erica? —preguntó mi padre.
Jason no respondió.
Su esposa, Melissa, sí reaccionó.
Dejó lentamente la taza de café sobre el plato.
—Jason.
Él seguía mirando la televisión.
La cadena había cambiado de las imágenes del rescate a una entrevista grabada junto a las ambulancias.
Una mujer con una manta térmica alrededor de los hombros hablaba ante la cámara.
Debajo apareció su nombre.
ERICA DONOVAN.
Jason se levantó tan rápido que golpeó la mesa.
—Apaga eso.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Qué te pasa?
—He dicho que lo apagues.
Pero nadie lo hizo.
Erica estaba contando cómo el equipo militar había evacuado el autobús cuando el periodista preguntó:
—¿Conocía usted a la mayor antes de esta noche?
Erica miró directamente hacia la cámara.
—Sí.
Jason palideció todavía más.
—La conocía de Fort Carson.
Melissa giró lentamente hacia su marido.
—¿Por qué tú conoces a esa mujer?
—No la conozco.
Pero lo dijo demasiado deprisa.
Entonces Erica continuó:
—Hace tres años trabajé como analista civil en una investigación interna relacionada con suministros militares desaparecidos.
La habitación quedó en silencio.
Mi padre dejó su copa.
Jason había servido precisamente en logística durante aquella época.
Según me contaría después Melissa, su marido empezó a guardar el teléfono en el bolsillo.
Pero mi padre lo detuvo.
—Déjalo sobre la mesa.
Jason lo miró.
—¿Perdón?
—Tu teléfono.
—Papá, esto no tiene nada que ver conmigo.
En televisión aparecieron imágenes mías ayudando a Walt a entrar en la ambulancia.
Después mostraron brevemente a Erica siendo atendida.
Fue entonces cuando mi padre vio algo.
—Ese brazalete.
Erica llevaba una pulsera metálica con el emblema de una unidad.
La misma unidad en la que Jason había estado destinado.
Melissa se levantó.
—Jason, dime qué está pasando.
Él agarró su abrigo.
—Nos vamos.
—Yo no voy a ninguna parte.
Aquello lo detuvo.
Mientras todo eso ocurría, yo seguía en la base sin saber nada.
Hasta que Álvarez apareció en la puerta.
—Mayor, hay alguien preguntando por usted.
Pensé que sería otro periodista.
Era Erica.
Tenía una venda en la frente.
—No esperaba volver a verte así —dijo.
La reconocí inmediatamente.
—Erica Donovan.
Tres años antes habíamos coincidido durante una investigación que terminó abruptamente.
Oficialmente no encontraron pruebas suficientes.
Poco después, Erica renunció.
—¿Qué hacías en ese autobús?
—Intentando llegar a Denver.
Entonces cerró la puerta.
—Necesito enseñarte algo.
Sacó una memoria USB.
—He guardado esto durante tres años.
—¿Qué contiene?
—La parte del informe que desapareció.
Sentí un escalofrío.
—Creía que todos los archivos habían sido entregados.
—Lo fueron.
Me sostuvo la mirada.
—Hasta que alguien con autorización superior eliminó diecisiete páginas.
Conectamos la memoria a un ordenador aislado.
Aparecieron manifiestos de transporte.
Números de serie.
Órdenes de adquisición.
Y transferencias vinculadas a una empresa privada llamada Red Pine Logistics.
Entonces vi un nombre.
CAPITÁN JASON MILLER.
Mi hermanastro.
—No.
Erica señaló otra columna.
—Mira quién aprobaba sus informes.
Leí el nombre.
Se me helaron las manos.
DANIEL MILLER.
Mi padre.
—Eso no tiene sentido.
Mi padre nunca había sido militar.
Había trabajado durante décadas como consultor empresarial.
Erica negó.
—No estaba aprobando operaciones militares. Red Pine lo contrató como asesor financiero.
Me quedé mirando la pantalla.
—¿Mi padre sabía que Jason estaba involucrado?
—No puedo demostrarlo.
Pasó a otra página.
—Pero sí puedo demostrar algo peor.
Red Pine había recibido millones mediante contratos inflados.
Varias órdenes aparecían autorizadas con mis credenciales.
—Yo nunca firmé esto.
—Lo sé.
—¿Cómo?
Erica abrió un archivo técnico.
—Porque la noche en que supuestamente aprobaste esta transferencia estabas desplegada fuera del país.
Entonces comprendí por qué Jason había reaccionado al verme junto a Erica en televisión.
No temía que yo eclipsara su ascenso.
Temía que ella hubiera hablado conmigo.
Mi teléfono volvió a sonar.
Papá.
Esta vez contesté.
—¿Estás bien? —preguntó inmediatamente.
—Estoy bien.
Hubo un silencio.
—Vi las noticias.
—Me imaginé.
—Estoy orgulloso de ti.
Aquellas palabras habrían significado mucho tres días antes.
Ahora solo me dolían.
—¿Por eso me pediste que no fuera a Navidad?
No respondió.
—¿Realmente era por el ascenso de Jason?
—Claro.
Miré a Erica.
—Entonces dime qué es Red Pine Logistics.
Al otro lado de la línea desapareció todo sonido.
—¿Quién te habló de eso?
No había negado conocerla.
—Erica Donovan está conmigo.
Escuché a mi padre respirar.
—Necesitas alejarte de esa mujer.
Erica oyó perfectamente.
—Pregúntale por diciembre de 2023 —susurró.
Lo hice.
Mi padre tardó demasiado en responder.
—Escúchame cuidadosamente. No abras ningún archivo que Erica te entregue.
—Demasiado tarde.
Colgó.
Treinta segundos después, el comandante de la base llamó a mi oficina.
—Mayor, necesitamos verla inmediatamente.
Cuando llegué, había dos investigadores esperándome.
Uno colocó una carpeta sobre la mesa.
—Acabamos de recibir una alerta relacionada con Red Pine Logistics.
—¿Por qué ahora?
—Porque alguien intentó eliminar sus registros hace veinte minutos.
—¿Quién?
El investigador giró la pantalla.
La solicitud había salido desde la dirección IP de la casa de mi padre.
Sentí que se me cerraba la garganta.
Pero entonces apareció una segunda alerta.
Alguien había utilizado las credenciales de Jason para acceder al archivo desde aquella misma casa.
—Necesito llamar a mi padre.
—Espere.
El investigador abrió el documento que Jason había intentado borrar.
No era una transferencia.
Era un expediente de personal.
El mío.
Fotografías.
Destinos.
Evaluaciones.
Incluso documentos anteriores a mi ingreso en el ejército.
En la última página había una orden fechada diecinueve años atrás.
Yo apenas había terminado el instituto.
Erica la leyó detrás de mí.
—Esto empezó mucho antes que Red Pine.
Miré la firma.
Era de mi padre.
Debajo aparecía otra.
La de un hombre cuyo nombre reconocí inmediatamente.
General Thomas Hayes.
El oficial que había recomendado personalmente mi ingreso en la academia y que siempre había dicho ser un antiguo amigo de nuestra familia.
Entonces el investigador amplió una nota manuscrita:
“JASON NO DEBE SABER QUE ELLA ES LA HEREDERA DEL PROGRAMA.”
—¿Heredera de qué? —pregunté.
Nadie respondió.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era Melissa.
Contesté.
Estaba llorando.
—Necesitas venir.
—¿Qué ha pasado?
—Jason se ha ido.
—¿Adónde?
—No lo sé. Pero dejó su teléfono.
Escuché cómo respiraba entrecortadamente.
—Y encontré algo en su maletín.
—¿Qué?
—Una prueba de ADN.
Sentí que el cuerpo se me helaba.
—¿De quién?
Melissa tardó varios segundos en responder.
—Tuya y de Jason.
Cerré los ojos.
—¿Qué dice?
Su siguiente frase convirtió aquella Navidad en algo mucho peor que una humillación familiar.
—Dice que Jason no es tu hermanastro.
Hizo una pausa.
—Dice que es tu hermano biológico.
