Daniel llamó a las 6:12 de la mañana.
Yo acababa de aterrizar en Albuquerque.
Miré su nombre en la pantalla y rechacé la llamada.
Volvió a llamar.
Después llegó un mensaje.
“Necesitamos hablar de la casa.”
No de nosotros.
No del divorcio.
De la casa.
Guardé el teléfono.
Arthur Reyes, director administrativo de Polaris, me esperaba junto a la salida.
—Doctora Brooks.
Me estrechó la mano.
—Bienvenida al proyecto.
Aquellas cuatro palabras hicieron algo extraño dentro de mí.
Durante cinco años había sido la esposa de Daniel.
La nuera de Margaret.
La mujer complicada que trabajaba demasiado.
Allí volvía a ser la doctora Elena Brooks.
Ingeniera.
Especialista.
Yo.
Mientras viajábamos hacia el centro, Daniel recibió una segunda sorpresa.
La vivienda de Oakridge no era el único beneficio vinculado a mi puesto.
La cobertura médica complementaria que incluía a Margaret como familiar dependiente también estaba asociada a mi contrato.
El vehículo corporativo que Daniel utilizaba tres días por semana pertenecía al instituto.
Incluso la membresía del club profesional donde Margaret presumía ante sus amigas había sido concedida por mi categoría técnica.
A las nueve, Margaret me llamó.
No contesté.
Dejó un mensaje.
—Elena, esto es mezquino. Puedes divorciarte de Daniel sin castigarnos.
Lo escuché dos veces.
Después lo borré.
Yo no había cancelado nada.
Simplemente había dejado de proporcionar beneficios a personas que ya no eran mi familia legal.
Pero aquella tarde ocurrió algo que convirtió el divorcio en algo mucho más complicado.
Arthur entró en mi nueva oficina con una carpeta.
—Tenemos un asunto relacionado con su autorización de seguridad.
—¿Hay algún problema?
—No con usted.
Cerró la puerta.
—Con su exmarido.
Me quedé quieta.
—Daniel no trabaja en Polaris.
—Precisamente.
Colocó una fotografía sobre mi escritorio.
Daniel entrando en mi antiguo despacho de Oakridge seis semanas antes.
Otra.
Daniel fotografiando documentos.
Otra.
Un dispositivo USB conectado a mi ordenador.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Qué es esto?
—Una revisión rutinaria detectó accesos anómalos antes de su traslado.
—Daniel conocía mi contraseña de casa, no la profesional.
—No utilizó su contraseña.
Arthur señaló el registro.
—Utilizó credenciales temporales emitidas a Margaret Carter.
Lo miré.
—Mi suegra nunca tuvo autorización para entrar.
—Eso también creíamos.
Entonces apareció un nombre.
Robert Carter.
El padre de Daniel.
El hombre que supuestamente había muerto diecisiete años atrás durante aquella misión logística en Nuevo México.
Su antiguo expediente de contratista seguía vinculado al sistema.
Y alguien había reactivado una credencial asociada a su familia.
—¿Qué estaba buscando Daniel?
Arthur abrió una lista.
No eran archivos de mis proyectos actuales.
Eran documentos antiguos.
Proyecto Polaris.
Año diecisiete.
Informe de accidente Carter.
Sentí frío.
—¿El accidente de su padre?
—Sí.
—Daniel siempre dijo que apenas existía documentación.
Arthur me observó.
—Eso no es cierto.
Había 312 páginas.
Fotografías.
Telemetría.
Informes internos.
Y una investigación que nunca llegó a la familia.
—¿Por qué?
—Porque el accidente no ocurrió donde Margaret dijo.
Me incliné hacia delante.
—¿Dónde ocurrió?
Arthur desplegó un mapa.
Robert Carter no había muerto en una carretera pública durante una tormenta de arena.
Su vehículo había sido encontrado dentro del perímetro restringido de una instalación experimental vinculada a Polaris.
—¿Qué hacía allí?
—Esa es exactamente la pregunta que Daniel llevaba semanas intentando responder.
Mi teléfono vibró.
Esta vez contesté.
—¿Entraste en mi ordenador?
Silencio.
—Elena…
—Respóndeme.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque encontré una carta de mi padre.
Todo mi enfado se detuvo.
—¿Qué carta?
—Mi madre la tenía escondida.
Daniel respiró profundamente.
—Estaba fechada dos días antes de que muriera.
—¿Qué decía?
—Que si alguna vez Polaris volvía a activarse, debía impedir que alguien de nuestra familia regresara a Nuevo México.
Miré la carpeta.
—¿Por eso querías que renunciara?
Silencio.
—Daniel.
—Al principio, no.
Su respuesta me dolió más de lo esperado.
—Entonces sí era por Margaret.
—Sí.
Al menos no mintió.
—Pero después vi el nombre Polaris en tu nombramiento y recordé la carta.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque necesitaba saber qué significaba primero.
—Así que entraste ilegalmente en mis archivos.
—Quería protegerte.
Cerré los ojos.
—Siempre dices eso después de decidir por mí.
Iba a colgar.
—¡Elena, espera!
Su voz cambió.
—Encontré algo sobre ti.
Me quedé inmóvil.
—¿Sobre mí?
—Tu expediente de contratación original.
—¿Qué pasa con él?
—Tú no solicitaste tu primer puesto en el instituto.
Fruncí el ceño.
Claro que lo había hecho.
Nueve años antes había enviado mi currículum.
Había pasado tres entrevistas.
—Sí lo hice.
—Tu solicitud fue añadida después.
—Eso no tiene sentido.
—Elena, alguien pidió específicamente que te contrataran.
Arthur me estaba observando.
Activé el altavoz.
—¿Quién?
Daniel respondió:
—Mi padre.
La habitación quedó completamente silenciosa.
—Robert murió ocho años antes de que yo entrara en el instituto.
—Lo sé.
—Entonces es imposible.
—Dejó una instrucción sellada.
Arthur se levantó inmediatamente.
—Pregúntele qué código aparece.
Daniel dudó.
—PX-17-BROOKS.
Arthur palideció.
—¿Qué significa? —pregunté.
No respondió.
—Arthur.
—Era una designación de seguimiento.
—¿Seguimiento de qué?
Abrió otro sistema.
Introdujo el código.
Apareció un expediente restringido.
Mi nombre.
Mi fecha de nacimiento.
Fotografías mías desde los dieciséis años.
Universidad.
Graduación.
Primer laboratorio.
Sentí náuseas.
—¿Por qué Polaris tenía fotografías mías antes de que yo trabajara aquí?
Arthur siguió leyendo.
—Porque no empezaron a observarla cuando la contrataron.
—¿Cuándo?
—Después del accidente de Robert Carter.
Daniel seguía escuchando.
—Elena, hay algo más en la carta.
—¿Qué?
—Mi padre escribió tu apellido.
Brooks.
—Miles de personas se apellidan Brooks.
—También escribió el nombre de tu padre.
Mi respiración se detuvo.
—¿Conocía a mi padre?
—Eso parece.
Mi padre, Samuel Brooks, había sido ingeniero óptico.
Murió cuando yo tenía diecinueve años.
Siempre creí que Robert Carter y él jamás se habían conocido.
Arthur abrió el informe original del accidente.
Dos personas habían estado dentro del vehículo de Robert aquella noche.
Robert Carter.
Y Samuel Brooks.
—No.
Me levanté.
—Mi padre murió nueve años después.
Arthur amplió la página.
—Entonces alguien mintió en este informe.
Había una fotografía del lugar del accidente.
Robert junto al vehículo.
Y otro hombre alejándose entre el polvo.
Mi padre.
Vivo.
Daniel susurró desde el teléfono:
—Mi madre sabía que estaban juntos.
Aquello cambió todo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque encontré otra cosa mientras hacía las maletas.
Escuché movimiento.
—Mamá tenía una caja fuerte detrás del armario.
—¿Qué había dentro?
—Pagos.
Durante diecisiete años, Margaret había recibido dinero de una empresa contratista vinculada a Polaris.
—¿Cuánto?
—Casi 900.000 dólares.
Arthur y yo nos miramos.
—Daniel, sal de esa casa.
—¿Qué?
—Ahora.
Demasiado tarde.
Escuché una puerta abrirse al otro lado.
Después la voz de Margaret.
Ya no lloraba.
Ya no gritaba.
Estaba completamente tranquila.
—Daniel.
Él guardó silencio.
—Mamá.
—Te dije que no tocaras esa caja.
La llamada se cortó.
Intenté devolverla.
Nada.
Entonces mi ordenador emitió una alerta.
ACCESO EXTERNO — ARCHIVO CARTER.
Alguien acababa de abrir el expediente desde Oakridge.
Arthur llamó inmediatamente a seguridad.
Pero yo miraba otra cosa.
El sistema había desbloqueado automáticamente un vídeo archivado.
Fecha:
diecisiete años atrás.
Robert Carter aparecía sentado frente a una cámara.
Tenía sangre seca en la camisa y respiraba con dificultad.
—Si alguien encuentra esto —decía—, Margaret ya sabe demasiado.
Sentí que el corazón golpeaba mis costillas.
Robert continuó:
—Samuel consiguió sacar a la niña.
Arthur bajó lentamente la mirada hacia mí.
—¿Qué niña?
El vídeo respondió.
Robert levantó una fotografía.
Era una niña de aproximadamente quince años.
Yo.
—Elena Brooks nunca debe regresar a Polaris.
Se me heló la sangre.
—¿Por qué?
Robert miró directamente a la cámara.
—Porque Elena no fue elegida para trabajar en este proyecto.
Hizo una pausa.
—El proyecto fue construido alrededor de ella.
Entonces apareció una última línea en el expediente:
SUJETO E.B. — RETORNO A POLARIS CONFIRMADO.
FASE DOS AUTORIZADA.
Fecha de autorización:
Tres días antes de que me ofrecieran el ascenso.
Y debajo figuraba la firma electrónica de la persona que había aprobado mi traslado.
MARGARET CARTER.
