—No cuelgues.
Mi abogado, Esteban Salas, guardó silencio al otro lado de la línea.
—¿Qué pasó?
Metí todos los documentos en el portafolio sin dejar de mirar el manifiesto del vuelo.
—Necesito una orden urgente para impedir que despegue un jet privado desde Toluca.
—Alejandro…
—No hay tiempo para explicaciones.
Respiré hondo.
—Encontré pruebas de que mi hija está viva.
El silencio duró varios segundos.
—¿Qué hija?
—La tercera.
La que me hicieron creer que murió al nacer.
Escuché cómo Esteban se levantaba de golpe.
—Voy para la Fiscalía.
No te acerques solo a esa familia.
Colgué.
Cuando levanté la vista, César seguía inmóvil junto a la mesa.
Tenía el rostro completamente pálido.
—Hay algo más.
Sentí que el estómago se endurecía.
—Habla.
Él señaló otro sobre que permanecía en el fondo de la caja metálica.
—Nunca tuve valor para abrirlo.
Lo rompí de un tirón.
Dentro había varias fotografías recientes.
La primera mostraba a una niña de unos diez meses jugando sobre una manta azul.
Llevaba un pequeño brazalete médico.
La segunda hizo que el aire abandonara mis pulmones.
La niña sonreía.
Tenía exactamente los mismos ojos grises que yo.
Y una pequeña marca de nacimiento detrás de la oreja izquierda.
La misma marca que había heredado de mi abuelo.
No necesitaba ninguna prueba de ADN.
Era mi hija.
A las ocho y veinte llegué al edificio de la Fundación Alcázar.
Las puertas estaban cerradas.
La recepción vacía.
Solo quedaban algunos empleados desmontando la decoración de la gala benéfica que esa noche serviría como presentación oficial de mi compromiso con Regina.
Subí directamente al despacho de Octavio Alcázar.
Vacío.
Los cajones abiertos.
Los discos duros habían desaparecido.
Todo estaba demasiado limpio.
Como si hubieran sabido que alguien iba a llegar.
Entonces sonó mi teléfono.
Era Regina.
Contesté.
—¿Dónde estás?
Su voz seguía tranquila.
Demasiado tranquila.
—Buscando respuestas.
Ella soltó una risa.
—Siempre llegas tarde, Alejandro.
Miré el reloj.
Las ocho treinta y siete.
—¿Dónde está Clara?
Hubo un breve silencio.
Después respondió con una serenidad que me heló la sangre.
—Así que ya lo sabes.
—¿Dónde está mi hija?
—Nuestra boda ya no podrá celebrarse.
Qué lástima.
Apreté el teléfono con tanta fuerza que casi lo rompí.
—¡Regina!
—No grites.
No cambiará nada.
El vuelo sale dentro de menos de tres horas.
Y para cuando consigas alcanzarlo…
…Clara estará en otro continente.
La llamada se cortó.
Corrí hacia el estacionamiento.
Antes de subir al coche apareció Esteban.
No venía solo.
Detrás de él caminaban dos agentes federales.
—Conseguimos la orden.
Me entregó un documento.
—Pero hay un problema.
Sentí un mal presentimiento.
—¿Cuál?
—El jet no aparece registrado en el hangar donde debía salir.
Fruncí el ceño.
—¿Qué significa eso?
Uno de los agentes respondió.
—Que probablemente cambiaron el plan de vuelo.
Esteban abrió una carpeta.
—Revisamos las autorizaciones de aviación privada.
Solo existe otro vuelo internacional solicitado esta noche por una empresa vinculada a los Alcázar.
Destino…
Bajó lentamente la vista hacia el documento.
—Madrid.
No Zúrich.
Sentí que todo volvía a complicarse.
—¿Entonces el manifiesto era falso?
—No necesariamente.
Puede haber sido una distracción.
En ese momento sonó el teléfono del agente.
Contestó de inmediato.
Su expresión cambió.
—¿Está confirmado?
Guardó silencio unos segundos.
Después levantó la vista hacia nosotros.
—Acaban de localizar la ambulancia que debía trasladar a la menor hasta el aeropuerto.
Respiré aliviado.
—¿La interceptaron?
El agente negó lentamente.
—No.
La encontraron abandonada…
…vacía.
Pero dentro había una segunda pulsera hospitalaria con otro nombre infantil.
Esteban tomó la fotografía que acababan de enviar.
La observó unos segundos.
Luego me miró directamente.

—Alejandro…
La niña que buscas no viajaba sola.
Según este registro…
…los Alcázar también sacaron de la clínica a otra menor de la misma edad, utilizando exactamente el mismo protocolo secreto y el mismo código médico.