PARTE 2: EL JET YA LA ESTABA ESPERANDO

Alejandro miró el sobre con una mezcla de fastidio y desinterés.

—¿Qué es eso?

Valeria deslizó el sobre unos centímetros sobre la mesa de cristal.

—Ábrelo.

Él soltó una sonrisa burlona.

—¿Otra carta dramática?

—No.

—¿Entonces?

—La última vez que tendrás que leer algo escrito por mí como tu esposa.

Durante unos segundos, Alejandro no se movió.

Después abrió el sobre con desgana.

Sacó una sola hoja.

La leyó por encima.

Su expresión apenas cambió.

—¿Te vas?

Valeria sostuvo su mirada.

—Sí.

Él dejó escapar una carcajada.

—¿Y adónde piensas ir embarazada de seis meses?

No respondió.

—¿A casa de alguna amiga?

Silencio.

—¿Con tus tías?

Nada.

Aquella calma empezó a incomodarlo.

Porque Valeria nunca había sido así.

Siempre discutía.

Siempre intentaba salvarlos.

Siempre encontraba una excusa para perdonarlo.

Esta vez no.

Doblando lentamente la carta, Alejandro la dejó sobre la mesa.

—Se te pasará.

Valeria negó con suavidad.

—No.

—¿Porque descubriste lo de Camila?

Ella no respondió.

Él caminó hasta el minibar y se sirvió un vaso de whisky.

—Escúchame, Valeria. Los hombres como yo vivimos bajo mucha presión.

Tomó un sorbo.

—A veces necesitamos distraernos.

Valeria sintió una punzada en el pecho.

No por celos.

Por decepción.

Todavía era capaz de justificarlo.

—Camila no significa nada.

—Entonces has destruido tu matrimonio por nada.

Él dejó el vaso sobre la barra con un golpe seco.

—No exageres.

—¿Exagerar?

Valeria abrió una carpeta que permanecía junto al sofá.

Extrajo varias copias bancarias.

Las colocó una tras otra frente a él.

Transferencias.

Facturas.

Escrituras.

Contratos.

Alejandro dejó de sonreír.

—¿Dónde encontraste eso?

—En el despacho que olvidaste cerrar.

Él hojeó los documentos con rapidez.

Cada página hacía desaparecer un poco más el color de su rostro.

—No entiendes estos movimientos.

—Explícamelos.

Silencio.

—Explícame por qué la Fundación Vargas pagó el alquiler del departamento de Camila.

Alejandro tragó saliva.

—Eso…

—Explícamelo.

—Es más complicado.

—No.

Valeria apoyó ambas manos sobre su vientre.

—Es muchísimo más sencillo de lo que crees.

Levantó otra hoja.

—Aquí está la camioneta.

Otra.

—Aquí las joyas.

Otra más.

—Aquí los viajes.

Alejandro respiró hondo.

—Puedo arreglar todo eso.

—Ya no.

Por primera vez, él perdió completamente la paciencia.

—¡Basta de dramatizar!

El grito retumbó por todo el penthouse.

Valeria ni siquiera parpadeó.

—¿Sabes qué es lo único que todavía me sorprende?

Él la miró con rabia.

—¿Qué?

—Que hayas llegado sonriendo.

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Él bajó la mirada por un instante.

Después intentó acercarse.

—Valeria…

Ella levantó la mano.

—No me toques.

El silencio volvió a instalarse.

A lo lejos comenzaba a aclarar el cielo sobre la Ciudad de México.

Entonces sonó el teléfono de Valeria.

Miró la pantalla.

Sonrió por primera vez en toda la noche.

—Ya llegaron.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Quiénes?

Ella tomó únicamente su bolso, la carpeta y el sobre.

Nada más.

Ni ropa.

Ni joyas.

Ni recuerdos.

Caminó hacia la puerta.

Él la siguió.

—¿Adónde vas?

Valeria pulsó el botón del elevador privado.

Las puertas se abrieron casi al instante.

Dentro esperaba un hombre de traje oscuro.

—Buenos días, señora Vargas.

Ella asintió.

—Buenos días, Ricardo.

Alejandro reconoció al instante al escolta.

Era el jefe de seguridad que había trabajado durante años para el padre de Valeria.

—¿Qué hace él aquí?

Ricardo respondió antes que ella.

—He venido a acompañar a la señora.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Alejandro dio un paso adelante.

—¡Valeria!

Ella lo miró por última vez.

—Dentro de una hora presentaré la demanda de divorcio.

Él sintió que el estómago se le encogía.

—Podemos hablar.

—Ya hablé demasiado durante años.

Las puertas se cerraron.

Alejandro corrió hacia el panel del ascensor.

Era demasiado tarde.

Desde el ventanal del piso cuarenta vio cómo una caravana de vehículos negros abandonaba el edificio rumbo al aeropuerto de Toluca.

Tomó el teléfono inmediatamente.

Marcó a Valeria.

Número bloqueado.

Llamó a Ricardo.

También bloqueado.

Después llamó a Mariana Robles, la abogada.

Contestador.

Respiró con dificultad.

Algo no estaba saliendo como había imaginado.

Veinte minutos después, uno de sus asistentes lo llamó desesperado.

—Ingeniero…

—¿Qué ocurre?

—Acaba de despegar un jet privado.

—¿Y?

—La señora Valeria iba a bordo.

Alejandro sonrió con desprecio.

—Que viaje donde quiera. Volverá.

El asistente permaneció en silencio unos segundos.

—Señor… hay algo más.

—Habla.

—Antes de despegar, la licenciada Mariana Robles entregó una denuncia ante la Fiscalía Especializada en Delitos Patrimoniales.

Alejandro sintió un frío recorrerle la espalda.

—¿Una denuncia por qué?

La respuesta llegó lenta.

Precisa.

Irreversible.

—Por presunto fraude, administración desleal y desvío de recursos de la Fundación Vargas.

Y, al mismo tiempo que el jet privado desaparecía entre las nubes, tres vehículos oficiales doblaban la esquina y se detenían frente a la torre corporativa de Grupo Vargas.

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