—¿Su esposo?
Adrian miró a Nathan y después a mí.
La incredulidad de su rostro casi me hizo sonreír.
Nathan Cole, su hermano mayor, caminó hasta mi lado y tomó mi mano con absoluta naturalidad.
En mi dedo brillaba una alianza que Adrian no había notado durante toda la noche.
—Elena y yo nos casamos hace seis meses —dijo Nathan.
Adrian soltó una risa incrédula.
—Muy gracioso.
Nadie respondió.
Entonces vio llegar a su madre.
La señora Cole cerró los ojos, como si hubiera temido exactamente aquel momento.
—Mamá —dijo Adrian—. Diles que dejen esta estupidez.
Ella suspiró.
—Es verdad.
La sonrisa desapareció definitivamente de su rostro.
—¿Tú lo sabías?
—Toda la familia lo sabía.
Adrian me miró.
—¿Cómo pudiste casarte con mi hermano?
Aquella pregunta consiguió hacerme reír.
—¿Cómo pude?
Di un paso hacia él.
—Tú desapareciste durante cuatro años, Adrian. ¿Esperabas encontrarme sentada junto a una ventana aguardando tu regreso?
—Pero nosotros…
—Nosotros no éramos nada desde la mañana en que huiste.
Su mandíbula se tensó.
—Me dijiste que me esperarías.
—Antes de escucharte decirle a Lily que habías dormido conmigo porque así ningún otro hombre me querría.
Adrian palideció.
Por fin entendió que yo había estado en Boston.
—Elena…
Nathan apretó ligeramente mi mano.
No necesitaba defenderme.
Pero su presencia me recordó cuánto había cambiado mi vida.
Nathan había sido quien me encontró meses después de aquella humillación, cuando yo apenas podía entrar en una fiesta sin escuchar murmullos.
Nunca intentó conquistarme.
Nunca habló mal de su hermano.
Simplemente estuvo allí.
Primero como amigo.
Después como la persona a la que llamaba cuando tenía miedo.
Y años más tarde, cuando me pidió matrimonio, dijo algo que jamás olvidé:
—No quiero que me elijas porque Adrian te rompió el corazón. Quiero que me elijas cuando estés segura de que ya no puede tocarlo.
Esperó.
Yo también.
Hasta que estuve segura.
Adrian miró a Nathan.
—¿Te aprovechaste de que estaba fuera?
Nathan respondió tranquilamente:
—No. Tú la abandonaste. Hay diferencia.
—¡Era mi prometida!
—Era una mujer a la que humillaste deliberadamente.
Adrian levantó la voz:
—¡Yo iba a volver!
Lo miré fijamente.
—Ese fue tu segundo error.
—¿Cuál fue el primero?
—Creer que cuatro años de mi vida te pertenecían.
Se quedó mudo.
Entonces apareció otra persona en la entrada del hotel.
Lily.
Había regresado de Boston con él.
Al comprender lo ocurrido, corrió hacia Adrian.
—No importa. Vámonos. Dijiste que si Elena seguía enfadada podríamos…
Adrian apartó su mano.
—Cállate.
Lily se quedó helada.
Yo entendí entonces algo que probablemente ella tardaría mucho más en comprender.
Adrian nunca había elegido realmente a ninguna de las dos.
Había elegido sentirse indispensable para ambas.
Cuando creyó que yo lo esperaría eternamente, pudo marcharse con Lily.
Ahora que yo pertenecía a una vida donde él ya no importaba, de repente quería recuperarme.
Tres días después, Adrian apareció en nuestra casa.
Nathan estaba trabajando.
Yo misma abrí la puerta.
Adrian sostenía una pequeña caja.
Dentro estaba el anillo que debía entregarme cuatro años atrás.
—Todavía lo conservaba.
—Deberías venderlo.
—Elena, dame una oportunidad.
Negué.
—Llegaste demasiado tarde.
Sus ojos se humedecieron.
—¿Lo amas?
Esta vez no dudé.
—Sí.
Eso pareció dolerle más que cualquier reproche.
—¿Más de lo que me amaste a mí?
Pensé en la chica de dieciocho años que había corrido hasta Boston buscando respuestas.
Después pensé en la mujer que era ahora.
—Te amé de una manera que me hacía olvidarme de mí misma.
Cerré suavemente la caja en sus manos.
—A Nathan lo amo sin tener que perderme.
Adrian bajó la cabeza.
Cuando se marchaba, lo llamé una última vez.
Se volvió.
Sonreí.
—Por cierto, hay algo que deberías practicar antes de la próxima reunión familiar.
—¿Qué?
—Cuñada.
Su expresión se volvió indescriptible.
Cerré la puerta.
Aquella noche, cuando Nathan regresó, no le conté inmediatamente que Adrian había venido.
Primero lo abracé.
—¿Qué pasó?
—Nada.
Y era verdad.
Por primera vez, Adrian había aparecido frente a mí y no había ocurrido absolutamente nada dentro de mi corazón.
Cuatro años atrás creyó que, después de abandonarme, ningún hombre volvería a quererme.
Se equivocó.
Pero la mayor ironía no era que hubiera terminado casándome con su hermano.
Era que yo había aprendido algo mucho antes de conocer el amor de Nathan:
No necesitaba que otro hombre me eligiera para demostrar que Adrian había cometido un error.
El verdadero final llegó cuando dejé de esperar que él se arrepintiera.
Y cuando finalmente regresó dispuesto a pedirme matrimonio, ya no encontró a la mujer que había dejado atrás.
Encontró a la esposa de su hermano.
A su familia.
Y a la única mujer a la que jamás volvería a tener derecho a llamar suya.