—¿Su esposo?
Adrian miró a Nathan.
Después me miró a mí.
Y finalmente bajó los ojos hasta mi mano izquierda.
La alianza llevaba allí toda la noche.
Simplemente nunca se había molestado en verla.
Nathan se acercó y entrelazó sus dedos con los míos.
—Elena y yo nos casamos hace seis meses.
Adrian soltó una carcajada.
—Qué broma tan absurda.
Nadie rio.
Su rostro comenzó a cambiar.
—Nathan, deja de jugar.
—No estoy jugando.
Entonces apareció la señora Cole detrás de nosotros.
—Es verdad, Adrian.
Él se volvió hacia su madre.
—¿Tú lo sabías?
—Estuve en la boda.
Aquello terminó de destruir su sonrisa.
—¿Boda?
Me señaló como si yo hubiera cometido una traición.
—¡Ella era mi prometida!
Nathan respondió antes que yo.
—La abandonaste durante cuatro años.
—¡Iba a volver!
—Ese era tu plan —dije—. No el mío.
Adrian me miró fijamente.
—Me prometiste esperar.
Solté su golpe final.
—Eso fue antes de escucharte en Boston.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Estuve allí el día que llegaste.
Su rostro perdió el color.
Repetí las palabras que llevaba cuatro años recordando.
—“Ya dormí con ella. ¿Quién más va a quererla después de eso?”
Adrian abrió la boca.
No salió ningún sonido.
—Elena, yo era un idiota de dieciocho años…
—Sí.
—No quería decirlo así.
—Pero lo dijiste.
—Puedo explicarlo.
Negué lentamente.
—Ya no necesito explicaciones.
Nathan abrió la puerta del automóvil para mí.
Adrian dio un paso adelante.
—Espera.
Nathan se interpuso.
—No la toques.
—¡Es un asunto entre Elena y yo!
Lo miré por última vez.
—No existe ningún “Elena y tú”.
Subí al coche.
Pensé que aquello terminaría allí.
Me equivoqué.
A la mañana siguiente Adrian apareció en nuestra casa.
Traía una pequeña caja de terciopelo.
Nathan estaba conmigo cuando la abrió.
Dentro había un anillo.
—Lo compré antes de regresar —dijo Adrian—. Pensaba proponerte matrimonio oficialmente.
Nathan levantó una ceja.
—Llegas un poco tarde.
Adrian lo ignoró.
—Elena, dime que realmente lo amas.
—Lo amo.
—¿Más que a mí?
Aquella pregunta me hizo comprender que Adrian seguía sin entender nada.
—Contigo siempre estaba esperando.
Esperando que me eligieras.
Esperando que me defendieras.
Esperando que volvieras.
Miré a Nathan.
—Con él nunca tuve que esperar para saber qué lugar ocupaba en su vida.
Adrian apretó la caja.
—Nathan sabía que yo volvería.
—Claro que lo sabía —respondí—. Todos lo sabíamos.
—Entonces se aprovechó de mi ausencia.
Nathan finalmente habló.
—Conocí a Elena mucho antes de que tú te marcharas. Pero jamás crucé una línea mientras ella te amaba.
Su voz permaneció tranquila.
—Cuando la abandonaste, tampoco intenté ocupar tu lugar. Estuve a su lado como amigo durante casi dos años antes de decirle lo que sentía.
Adrian me miró.
—¿Dos años?
Asentí.
Nathan había sido paciente precisamente porque conocía mi historia.
Cuando me pidió matrimonio, incluso me hizo una pregunta:
“Si Adrian regresara mañana, ¿seguirías eligiéndome?”
Yo había respondido que sí.
Solo entonces compró el anillo.
Adrian tardó semanas en aceptar la realidad.
Su relación con Lily tampoco sobrevivió.
Ella había esperado que, al regresar a Nueva York, Adrian construyera una vida con ella.
Pero cuando descubrió que yo estaba casada, él comenzó a obsesionarse con recuperar algo que había despreciado durante cuatro años.
Lily terminó marchándose.
No sentí satisfacción.
Ya no necesitaba verlo sufrir.
Mi verdadera victoria había ocurrido mucho antes de su regreso.
Había ocurrido cuando dejé de medir mi valor según el hombre que me había abandonado.
Meses después, la familia Cole celebró el aniversario de sus padres.
Nathan y yo llegamos juntos.
Adrian ya estaba allí.
Esta vez no intentó acercarse.
Durante la cena, su madre pidió una fotografía familiar.
—Nathan, Elena, poneos aquí.
Me coloqué junto a mi marido.
Adrian quedó al otro lado.
El fotógrafo levantó la cámara.
Entonces la señora Cole dijo:
—Adrian, acércate a tu hermano y a tu cuñada.
Hubo un silencio brevísimo.
Nuestros ojos se encontraron.
Cuatro años atrás, aquel hombre estaba convencido de que después de acostarse conmigo y abandonarme nadie volvería a quererme.
Ahora tenía que reconocer públicamente la realidad que jamás había imaginado.
Adrian respiró hondo.
—Claro.
Después me miró.
Y pronunció por primera vez la palabra que terminó definitivamente nuestra historia.
—Cuñada.
Sonreí.
No porque hubiera ganado.
Sino porque ya no había ninguna batalla que ganar.
Tomé la mano de Nathan mientras la cámara capturaba la fotografía.
Adrian había regresado cuatro años después convencido de que podía continuar nuestra historia exactamente donde la había abandonado.
Lo que nunca comprendió fue que mientras él vivía seguro de que yo lo esperaría, yo había seguido adelante.
Y cuando finalmente decidió elegirme, descubrió que ya no era la mujer que esperaba convertirse en su esposa.
Era la mujer que había aprendido a elegir por sí misma.
Y había elegido a su hermano.