Adrian se quedó mirando el nombre en mi teléfono.
Lucas Hale.
Durante varios segundos no dijo nada.
Después soltó una risa incrédula.
—Esto es una broma.
—No.
—Hace tres días ibas a casarte conmigo.
—Hace tres días me abandonaste enferma bajo la lluvia por un caramelo.
Su rostro se endureció.
—¡Era por la salud de Chloe!
—Y ahora ya no es asunto mío.
Adrian golpeó mi escritorio.
—¿Quién demonios es Lucas Hale?
La puerta de mi oficina se abrió.
—Yo.
Adrian giró.
Lucas entró con un traje oscuro y una carpeta en la mano. No levantó la voz. No necesitaba hacerlo.
Se acercó hasta quedar a mi lado.
—¿Estás bien?
Asentí.
Solo entonces miró a Adrian.
—Mi esposa le pidió que se marchara.
Adrian palideció al escuchar aquella palabra.
Esposa.
—¿Cómo pudiste casarte con ella en tres días?
Lucas dejó la carpeta sobre mi escritorio.
—Porque Elena y yo nos conocemos desde hace años.
Adrian me miró.
—¿Años?
—Lucas era amigo de mi hermano —expliqué—. Y también fue la persona que me encontró inconsciente después de que tú me dejaras bajo la lluvia.
Eso sí lo silenció.
Lucas había regresado a la ciudad aquella misma semana. Cuando me encontró, llamó a una ambulancia y permaneció en la clínica hasta que desperté.
También fue quien escuchó, sin interrumpirme, mientras yo le contaba cinco años de humillaciones.
No me pidió que me casara con él aquella noche.
La decisión fue mía.
Nuestro matrimonio civil había sido rápido y discreto, por razones personales y legales que ambos entendíamos. La celebración sería después.
Y, a diferencia de Adrian, Lucas me había preguntado tres veces si estaba segura.
Las tres veces respondí que sí.
Adrian señaló mi teléfono.
—¿Y ahora vas a hacer una boda?
—Sí.
—¿Tres días después de casarte conmigo casi?
Lo miré fijamente.
—No estuve a punto de casarme contigo, Adrian.
—¿Qué?
—Estuve a punto de cometer un error.
Su rostro se deformó.
En ese momento su teléfono comenzó a sonar.
Chloe.
Adrian rechazó la llamada.
Volvió a sonar.
La rechazó otra vez.
Por primera vez en cinco años, Chloe estaba llamando…
y Adrian no corría.
Qué tarde había aprendido.
—Elena, dame una semana.
—No.
—Tres días.
—No.
—Entonces una conversación.
—Ya la tuvimos.
Me levanté.
—Duró cinco años.
Lucas abrió la puerta.
Adrian permaneció inmóvil.
Antes de salir, me miró con los ojos rojos.
—Vas a arrepentirte.
Sonreí.
—Eso mismo pensé mientras veía tu coche desaparecer bajo la lluvia.
Chloe apareció al día siguiente.
Llegó a mi oficina usando gafas oscuras y sosteniendo una bolsa de caramelos de fresa.
La dejó sobre mi escritorio.
—Supongo que esto empezó por mí.
—No.
Empujé la bolsa hacia ella.
—Empezó por Adrian.
Su sonrisa desapareció.
—Sabes que nunca quiso abandonarte realmente.
—Pero lo hizo.
—Estaba enfadado.
—Y tú estabas en su cama aquella noche.
Chloe guardó silencio.
—Publicaste la fotografía para que yo la viera.
—Elena…
—Ganaste.
Eso la desconcertó.
—¿Qué?
—Durante años quisiste demostrar que Adrian siempre te elegiría primero.
Me levanté.
—Tenías razón.
Señalé la puerta.
—Ahora quédatelo.
Su rostro se puso blanco.
Porque finalmente entendió la diferencia entre competir por un hombre y tener que vivir con él cuando ya no había otra mujer contra quien competir.
El día de nuestra celebración, llovió.
Cuando vi las gotas golpear las ventanas, pensé que sentiría dolor.
No sentí nada.
Lucas estaba esperándome al final del pequeño salón.
No había cientos de invitados.
No necesitaba demostrarle nada a nadie.
Cuando llegué junto a él, me susurró:
—Todavía puedes cambiar de opinión.
Lo miré sorprendida.
—¿El día de nuestra boda?
Sonrió.
—Especialmente hoy. Quiero que estés aquí porque lo eliges, no porque tengas miedo de irte.
Sentí un nudo en la garganta.
Durante cinco años Adrian me había enseñado que amar significaba competir.
Lucas acababa de recordarme que también podía significar elegir libremente.
—No voy a irme.
Entonces alguien abrió violentamente las puertas.
Adrian.
Empapado.
Respirando con dificultad.
Detrás de él apareció Chloe.
—¡Elena!
Todos se volvieron.
Adrian caminó hacia mí.
—No puedes hacer esto.
Lucas dio un paso adelante, pero le toqué el brazo.
Esta vez quería responder yo.
—Ya lo hice.
—¡Te amo!
Cinco años esperando escuchar aquellas palabras con desesperación.
Y ahora no significaban nada.
—No, Adrian.
Negué lentamente.
—Me amabas mientras estabas seguro de que siempre te esperaría.
Chloe empezó a llorar.
—¡Todo esto es culpa tuya! —le gritó—. Dijiste que Elena jamás te dejaría. Dijiste que podías volver cuando quisieras.
Adrian giró hacia ella.
Y el salón quedó en silencio.
Ahí estaba la verdad.
No había sido un caramelo.
Nunca lo había sido.
Era la certeza de Adrian de que podía abandonarme una y otra vez porque yo siempre seguiría donde él me había dejado.
Me quité algo del bolsillo.
Una pequeña envoltura roja.
La había guardado desde aquel día.
La puse en su mano.
—Toma.
Adrian la miró.
—¿Qué es esto?
—Lo que costó nuestro matrimonio.
Cerré sus dedos alrededor de la envoltura.
—Un caramelo de fresa.
Después regresé junto a Lucas.
Adrian no volvió a detenerme.
Meses más tarde supe que Chloe y él tampoco terminaron juntos.
Sin mí en medio, descubrieron que aquello que llamaban conexión estaba construido principalmente sobre el placer de hacerme sentir segunda.

Yo no celebré su fracaso.
Ya no necesitaba que Adrian sufriera para saber que había tomado la decisión correcta.
Porque aquella tarde bajo la lluvia perdí cinco años.
Pero también recuperé algo mucho más importante:
la parte de mí que había olvidado que el amor nunca debería exigir que una persona se conforme eternamente con el segundo lugar.