El puño pasó rozándome la mejilla.
No lo esquivé hacia atrás.
Entré en su espacio, desvié su brazo y giré su muñeca con precisión.
Derek perdió el equilibrio y cayó de rodillas sobre la colchoneta.
No lo golpeé.
Solo mantuve su brazo inmovilizado hasta que dejó de forcejear.
—Suéltame, viejo enfermo —gruñó.
—Deja de moverte y te soltaré.
Greg avanzó desde un lado, con los puños cerrados.
—¡Derek, levántate!
—No te acerques —dije, sin apartar la vista de él.
Greg no me hizo caso.
Se lanzó hacia mí, pero usé su propio impulso para apartarlo de Tommy.
Cayó sentado y resbaló varios metros sobre la lona.
Los padres se levantaron de sus sillas.
Alguien empezó a grabar con el teléfono.
—Llamen al 911 —ordené—. El chico puede tener una fractura.
Una madre corrió junto a Tommy y le sostuvo la mano.
—Ya viene la ambulancia —dijo.
Solté a Derek cuando dejó de resistirse y me aparté con las palmas visibles.
Él se incorporó, rojo de humillación.
—¡Este hombre me atacó! ¡Échenlo!
La directora del centro, la señora Brooks, apareció en la entrada con un guardia.
—¿Qué ocurrió aquí?
—Ese conserje se volvió loco —dijo Derek.
—Yo vi todo —respondió una madre—. Lo golpeó y luego intentó atacar al muchacho.
Otros padres asintieron.
Derek miró alrededor, buscando a alguien que lo defendiera.
Greg ya no sonreía.
La señora Brooks me observó con atención.
—Arturo, ¿estás bien?
—Estoy bien. Tommy necesita atención médica.
Su mirada descendió hasta mis botas sobre las colchonetas.
—¿Hace cuánto tiempo no enseñas?
Derek soltó una risa seca.
—¿Enseñar? Ese viejo apenas puede caminar.
La señora Brooks no se rio.
—Arturo fue instructor de combate cuerpo a cuerpo durante veintidós años.
La sala quedó en silencio otra vez.
Derek me miró como si acabara de verme por primera vez.
Entonces Tommy, pálido pero consciente, apretó la mano de su madre.
—No fue la primera vez —susurró—. Derek dijo que si se lo contábamos a alguien, mi padre perdería su trabajo.
La señora Brooks se volvió hacia los padres.
—¿Quién más ha escuchado esa amenaza?
Tres manos se levantaron.
Y una de ellas pertenecía al guardia que acababa de entrar.