Adrián dejó la grabadora sobre el escritorio.
—Ochenta y cinco mil dólares por noventa días, Mateo. Yo puedo darte el doble por desaparecer.
Miré a Valeria.
—¿Sabías que Ramiro era tu hermano?
—Sabía que Adrián tenía gente infiltrada. No sabía que era él.
Adrián sonrió.
—Entonces tenemos un trato, Mateo.
Pensé en Sofía.
En sus noches sin poder respirar bien.
En todas las veces que había contado monedas para comprar medicamentos.
—Sí —respondí.
Valeria me miró, decepcionada.
Adrián soltó una carcajada.
—Sabía que todos tenían precio.
—No hablaba contigo.
Tomé el contrato de Valeria.
—Acepto los noventa días.
La sonrisa de Adrián desapareció.
Horas después, Sofía ingresó al hospital.
Y aquella misma tarde Valeria y yo firmamos.
Pero antes de salir del despacho del abogado, recibí una llamada.
—¿Señor Rivas?
—Sí.
—Soy el abogado que administraba los asuntos personales de Esteban Santillán, padre de Valeria.
Me quedé inmóvil.
—Murió hace dos años.
—Lo sé. Me dejó instrucciones para contactarlo únicamente si usted llegaba a involucrarse con su familia.
Sentí un escalofrío.
—¿A mí?
Valeria se volvió hacia mí.
El abogado continuó:
—Necesito mostrarle algo.
Nos encontramos esa noche.
Colocó sobre la mesa una fotografía tomada nueve años atrás.
En ella aparecía Esteban Santillán junto a varios militares.
Yo estaba entre ellos.
Entonces recordé.
Durante mi servicio habíamos evacuado civiles después de una operación que jamás relacioné con los Santillán.
Esteban era uno de aquellos hombres.
—Su padre me conocía —susurré.
Valeria parecía tan sorprendida como yo.
El abogado asintió.
—Y antes de morir modificó el fideicomiso.
Sacó un sobre sellado.
—La cláusula sobre el matrimonio existe, pero Adrián desconoce una segunda condición.
—¿Cuál?
—El esposo de Valeria debe ser aprobado por un fiduciario independiente elegido previamente por Esteban.
Valeria frunció el ceño.
—¿Quién?
El abogado me miró directamente.
—Mateo Rivas.
Nadie habló.
—Eso es imposible.
—Su padre dejó su nombre, número de servicio y una carta.
Me entregó el sobre.
Dentro había una sola frase:
“Si mis hijos empiezan a destruirse por el poder, confía en el hombre que una vez arriesgó todo sin saber quién era yo.”
Entonces comprendí por qué alguien había hecho que terminara frente a aquella oficina.
Pero antes de poder preguntar quién conocía la cláusula secreta, mi teléfono sonó.
Era el hospital.
Contesté inmediatamente.
—¿Sofía está bien?
La voz de la doctora fue seria.
—Su hija está estable, señor Rivas. Pero acaba de presentarse un hombre afirmando ser familiar suyo.
—¿Quién?
—Dice llamarse Adrián Santillán.
Miré hacia la silla donde Adrián había estado minutos antes.
Estaba vacía.
Y por primera vez entendí que aquellos 85.000 dólares nunca habían sido el verdadero precio del trato.
Sofía acababa de convertirse en la única persona que podían utilizar para obligarme a romperlo.