PARTE 2: El hombre que el gobierno borró

El mensaje desapareció de la pantalla tres segundos después de llegar.

No era un SMS.

No era una aplicación de mensajería.

Era un sistema cifrado.

Alguien con recursos.

Alguien que sabía exactamente dónde estaba Valeria.

Adrián no respondió.

Tomó una captura con un dispositivo aislado que llevaba siempre en el automóvil desde hacía casi veinte años.

Después apagó el teléfono principal.

Cinco minutos más tarde, el comandante Robles llegó al hospital.

Ya no vestía uniforme.

Parecía un contador jubilado.

Solo Adrián reconoció la antigua cicatriz junto a su cuello.

—¿Cuántos saben que activaste esta línea? —preguntó.

—Solo tú.

Robles entregó una tableta.

—Los servidores de la universidad fueron manipulados cuarenta y siete minutos después de la agresión.

—¿Quién lo hizo?

—Una empresa privada contratada por el consejo universitario.

Adrián deslizó la pantalla.

Tres nombres aparecieron autorizando la intervención.

El rector.

El director jurídico.

Y un asesor externo.

Mauricio Montalvo.

Robles continuó.

—También encontramos algo extraño sobre el profesor Luna.

Abrió otro archivo.

—No murió por quedarse dormido.

Las fotografías mostraban marcas de impacto en la camioneta.

Otro vehículo lo había empujado deliberadamente hacia el barranco.

—¿La memoria?

Robles asintió.

—Luna investigaba contratos para el desarrollo de un nuevo compuesto farmacéutico financiado por las familias Montalvo, Barragán y Villaseñor.

—¿Corrupción?

—Mucho peor.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Sebastián Montalvo levantaba una copa en la terraza de un penthouse.

Rodrigo revisaba su teléfono.

Iker reía.

—La chica sigue viva —comentó Rodrigo.

—No por mucho —respondió Sebastián.

Todos rieron.

—Su padre aceptará el dinero.

—Todos aceptan.

Entonces el teléfono de Sebastián vibró.

Un mensaje sin remitente.

Solo una fotografía.

Era una imagen tomada esa misma noche.

Mostraba a los tres brindando desde un ángulo imposible.

Debajo aparecía una frase.

“Los estoy observando.”

Sebastián perdió la sonrisa.

—¿Quién tomó esto?

Nadie respondió.

En el hospital, Adrián volvió junto a la cama de su hija.

Valeria abrió lentamente los ojos.

Con enorme esfuerzo escribió una nueva frase en el teléfono.

NO CONFÍES EN LA POLICÍA ESTATAL.

Debajo añadió otro nombre.

GENERAL HERRERA.

Adrián sintió un frío recorrerle la espalda.

Conocía perfectamente ese nombre.

Porque veinte años atrás, el entonces coronel Herrera había dirigido la operación que obligó a disolver oficialmente la Unidad Niebla.

Y solo tres personas sabían dónde habían desaparecido todos sus archivos.

Si Herrera aparecía relacionado con la muerte del profesor Luna…

Aquello ya no era un ataque contra su hija.

Era una operación organizada desde los niveles más altos del poder.

Robles observó la pantalla.

—Si Herrera está involucrado…

Adrián guardó silencio unos segundos.

Después levantó la mirada.

La calma había desaparecido por completo de su rostro.

—No vamos a proteger solo a Valeria.

—Vamos a derribar toda la organización.

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