PARTE 2: EL HOMBRE AL QUE TODOS QUERÍAN IMPRESIONAR ERA MI ESPOSO

Nadie habló.

Ni los músicos.

Ni los camareros.

Ni siquiera el agua de la fuente parecía hacer ruido.

Blake Campbell mantenía un brazo alrededor de mis hombros mientras el abrigo de cachemir ocultaba mi vestido completamente empapado.

Su mirada recorrió lentamente el jardín.

No había rabia en sus ojos.

Solo una calma que resultaba mucho más intimidante.

Mi padre fue el primero en reaccionar.

—Señor Campbell… qué honor tenerlo aquí.

Intentó sonreír.

La copa de champán temblaba ligeramente entre sus dedos.

Blake ni siquiera lo miró.

Seguía observándome a mí.

—¿Estás herida?

Negué despacio.

—Solo mojada.

Él levantó una mano y acomodó un mechón de cabello que se pegaba a mi rostro.

—Llegué tarde.

—No fue culpa tuya.

—Prometí que estaría aquí antes del brindis.

Sonreí con tristeza.

—Lo intentaste.

Aquella conversación sencilla desconcertó a todos.

Porque hablaban como dos personas acostumbradas a compartir la vida.

No como desconocidos.

Mi hermana Penélope dio un paso adelante.

—Disculpe, señor Campbell…

Él giró la cabeza apenas unos centímetros.

—¿Sí?

—Creo que hay un malentendido.

Blake arqueó una ceja.

—¿Cuál?

—Ella… bueno…

Penélope dudó.

—Ella es mi hermana.

—Lo sé.

—Entonces entenderá que esto es un asunto familiar.

Él respondió con absoluta serenidad.

—Precisamente por eso estoy aquí.

Mi padre carraspeó.

—Señor Campbell, mi hija siempre ha sido un poco dramática.

Blake lo miró por primera vez.

Solo bastó un segundo para que el hombre bajara la vista.

—¿Dramática?

—Sí.

—¿También fue dramático empujarla delante de trescientas personas?

El silencio volvió a caer.

Mi padre intentó recuperar el control.

—Fue una broma entre familia.

Blake observó la fuente.

Luego mi vestido empapado.

Después los zapatos rotos.

Finalmente volvió a mirar a mi padre.

—Las bromas hacen reír a quien las recibe.

Nadie respondió.

Uno de los empresarios invitados susurró algo a su esposa.

Todos empezaban a comprender que aquello estaba saliendo muy mal.

Mi madre avanzó unos pasos.

—Blake, ¿verdad? Lamento muchísimo este incidente.

Él la interrumpió con educación.

—¿Usted es la señora Harrison?

—Sí.

—¿También aplaudió?

La mujer quedó inmóvil.

No encontró respuesta.

Blake volvió a girarse hacia mí.

—¿Quieres irte?

Respiré hondo.

Durante años había imaginado ese momento.

Marcharme.

No volver a mirar atrás.

Pero antes de responder, mi padre levantó la voz.

—¡Un momento!

Todos volvieron a mirarlo.

—Señor Campbell, creo que merece conocer toda la historia antes de sacar conclusiones.

Blake esperó.

—Mi hija siempre ha sido un fracaso.

Las palabras atravesaron el jardín.

—Nunca terminó nada.

Nunca nos dio orgullo.

Y ni siquiera fue capaz de venir con una pareja al matrimonio de su propia hermana.

Sentí el viejo dolor intentando regresar.

Pero Blake tomó mi mano.

Con firmeza.

Como si quisiera recordarme que aquella mujer ya no existía.

Entonces hizo una pregunta inesperada.

—¿Quién organizó esta boda?

Mi padre parpadeó.

—¿Perdón?

—La boda.

El salón.

El banquete.

Las flores.

¿Quién las pagó?

Mi padre sonrió.

—Yo, por supuesto.

Blake sacó tranquilamente un teléfono de su bolsillo.

Buscó un documento.

Lo mostró sin decir una palabra.

Mi padre lo observó.

Su rostro perdió el color.

Era la factura del Royal Palms Plaza.

Pagada tres meses antes.

El nombre del pagador aparecía claramente.

Campbell Family Holdings.

Mi hermana abrió mucho los ojos.

—Eso… eso no puede ser.

Blake guardó nuevamente el teléfono.

—Hace cuatro meses, Laura me pidió un favor.

Todos me miraron.

Yo permanecí en silencio.

—Me pidió que nadie supiera que yo financiaría esta boda.

Mi madre dio un paso atrás.

—¿Qué?

Blake continuó hablando con absoluta tranquilidad.

—Dijo que quería regalarle a su hermana el matrimonio con el que siempre había soñado.

Las manos de Penélope comenzaron a temblar.

—Eso es mentira.

Yo negué despacio.

—No lo es.

Saqué un sobre impermeable que llevaba dentro del bolso.

Lo abrí.

Extraje una copia del contrato.

La transferencia.

Los comprobantes.

Todo estaba allí.

—Papá…

Mi voz sonó mucho más tranquila de lo que esperaba.

—El depósito de cuatrocientos ochenta mil dólares salió de mi cuenta.

Mi padre parecía incapaz de respirar.

—¿Qué…?

—Solo puse una condición.

Penélope tragó saliva.

—¿Cuál?

Miré alrededor.

A los invitados.

A mi familia.

Al jardín donde minutos antes me habían aplaudido mientras caía a la fuente.

—Que nunca supieran quién lo había pagado.

Blake terminó la frase por mí.

—Porque Laura todavía esperaba que su familia la quisiera por quien era… y no por el dinero que tenía.

Nadie volvió a aplaudir.

Esta vez, el único sonido que llenó el jardín fue el de varias copas de champán rompiéndose contra el suelo cuando algunos invitados comprendieron que habían celebrado la humillación pública de la mujer que, sin que ellos lo supieran, había hecho posible aquella boda.

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