El miércoles amaneció como cualquier otro.
Lucas salió de casa a las siete y media, con el café en la mano y el teléfono pegado al oído mientras hablaba con un cliente.
Ni siquiera notó que ya no le preparé el desayuno.
Ni que la camisa que llevaba estaba arrugada porque, por primera vez en cinco años, no la había planchado la noche anterior.
Antes de cerrar la puerta, dijo sin mirarme:
—Esta noche llegaré tarde.
—De acuerdo.
Fue la única palabra que pronuncié.
Cuando el ascensor se cerró, respiré profundamente.
Ya no quedaban dudas.
No era solo el nombre de otra mujer.
Era todo lo demás.
Las pequeñas ausencias.
Las costumbres que solo existían porque yo las sostenía.
Y el hecho de que él había dejado de verme hacía mucho tiempo.
A las nueve llegaron los de la mudanza.
No hicieron preguntas.
Empacaron mis libros, mi escritorio, la cafetera que había comprado con mi primer sueldo y las plantas del balcón.
El apartamento comenzó a verse extraño.
Vacío.
Frío.
Como si nunca hubiera sido nuestro.
Antes de irme recorrí cada habitación una última vez.
La cocina donde preparábamos cenas los primeros meses.
El salón donde celebramos nuestro primer aniversario.
La habitación donde tantas veces me quedé despierta esperando que Lucas regresara de trabajar.
No lloré.
Solo cerré la puerta.
Y dejé las llaves sobre la consola de la entrada.
Por la tarde me reuní con la abogada.
Revisamos una vez más toda la documentación.
—¿Estás segura de no querer esperar unos días? —preguntó.
—No.
—Él podría intentar hablar contigo.
Sonreí con tranquilidad.
—Hablar no cambia lo que ya entendí.
Ella deslizó un sobre blanco hacia mí.
Dentro estaba la demanda de divorcio.
Solo faltaba una firma.
Tomé el bolígrafo.
La estampé sin temblar.
A las seis de la tarde recibí un mensaje de Daniel.
“El traslado está aprobado. Empiezas en Madrid el lunes.”
Le respondí con un simple:
“Gracias.”
Cinco minutos después llegó otro mensaje.
“Si necesitas más tiempo, lo tendrás.”
Miré la pantalla durante unos segundos.
Había personas capaces de ofrecer ayuda sin pedir nada a cambio.
Qué diferente se sentía eso.
A las ocho y veinte de la noche, Lucas abrió la puerta del apartamento.
—¿Victoria?
Nadie respondió.
Dejó el maletín sobre el sofá.
Fue hasta la cocina.
No había cena.
Ni fruta cortada.
Ni una nota.
Subió a la habitación.
Abrió el armario.
La mitad estaba vacía.
Entonces recorrió la casa más deprisa.
El estudio.
El balcón.
El baño.
Solo entonces vio el sobre blanco sobre la mesa del comedor.
Encima había una sola llave.
Y una nota escrita con mi letra.
“Los documentos del divorcio están dentro. Ya no hace falta que me busques.”
Lucas abrió el sobre.
Leyó la primera página.
Después la segunda.
Volvió a la primera otra vez.
Sacó el teléfono inmediatamente.
Me llamó.
Una vez.
Dos veces.
Cinco.
El teléfono permanecía apagado.
Porque, en ese mismo instante, mi avión acababa de despegar rumbo a Madrid.
Mientras las luces de la ciudad se hacían pequeñas bajo las nubes, apoyé la cabeza contra la ventanilla.
No estaba huyendo.

Estaba empezando otra vida.
Y muy lejos de allí, Lucas seguía de pie en un apartamento silencioso, comprendiendo demasiado tarde que nunca había perdido a Victoria en el momento en que ella hizo las maletas.
La había empezado a perder muchos años antes, cuando dejó de valorar a la única persona que siempre había elegido quedarse a su lado.
Si quieres, también puedo escribir la PARTE 3, donde Lucas descubre quién era realmente Sofía y por qué pronunció su nombre aquella noche, con un giro inesperado que cambia por completo el significado de la historia.