PARTE 2: EL HEREDERO QUE ELLA OCULTÓ

Kang-jun leyó aquella frase tres veces.

«No permitan que se acerque a mi bebé.»

Sintió algo desconocido.

Vergüenza.

—¿Quién escribió esto? —preguntó.

La enfermera revisó el expediente.

—La propia paciente.

—¿Cuándo?

—Hace cuatro meses.

Cuatro meses.

Seo-yeon había acudido a aquel hospital durante meses y había dejado instrucciones específicas por si él aparecía.

Mientras él asistía a cenas, negociaba adquisiciones y permitía que la prensa relacionara su nombre con Chae-rin, Seo-yeon había estado preparándose para proteger a su hijo de él.

Las puertas del quirófano se abrieron.

Un médico salió apresuradamente.

—¿Familia de Han Seo-yeon?

Kang-jun dio un paso.

—Yo.

—¿Relación?

La palabra se le quedó atrapada.

Exmarido.

El hombre que la había abandonado.

El posible padre del niño al que ella no quería que se acercara.

—Soy el padre del bebé —respondió finalmente.

—Eso todavía no lo sabemos.

Una voz masculina llegó desde el fondo del pasillo.

Kang-jun se volvió.

Un hombre mayor, impecablemente vestido, avanzaba acompañado por abogados y personal de seguridad.

El presidente Han Min-jae.

Kang-jun lo reconoció inmediatamente.

Todo Seúl lo conocía.

Presidente del Grupo Haneul.

Un conglomerado con hoteles, biotecnología, finanzas y hospitales privados.

Kang-jun frunció el ceño.

—¿Qué hace usted aquí?

El presidente Han se detuvo frente a él.

—Vine por mi hija.

Kang-jun sintió que el suelo desaparecía.

—¿Su… hija?

Han Min-jae lo miró con desprecio.

—Han Seo-yeon es mi única hija.

Chae-rin, que acababa de llegar al pasillo, quedó inmóvil.

Durante todo su matrimonio, Kang-jun había creído que Seo-yeon era una mujer corriente.

Ella jamás utilizaba chófer.

Nunca llevaba joyas ostentosas.

Trabajaba bajo otro nombre en una fundación médica.

Y cuando la familia Seo la despreciaba por no tener conexiones, ella guardaba silencio.

—Eso es imposible —murmuró Kang-jun.

El presidente Han se acercó.

—No. Lo imposible es que un hombre haya estado casado tres años con mi hija sin molestarse en descubrir quién era realmente.

Aquello dolió porque era verdad.

Entonces el médico intervino.

—Necesitamos concentrarnos en la paciente.

Todos callaron.

—Hemos conseguido estabilizarla temporalmente, pero debemos actuar de inmediato.

Kang-jun cerró los ojos un instante.

—Salve a los dos.

El médico lo miró.

—Haremos todo lo posible.

—No importa cuánto cueste.

Han Min-jae soltó una risa amarga.

—Todavía cree que todo se compra.

Kang-jun lo miró.

—No.

Por primera vez, su voz se quebró.

—Solo es lo único que sé ofrecer.


Pasó más de una hora.

Para Kang-jun pareció una vida.

Chae-rin intentó acercarse.

—Oppa, vámonos. Mi padre puede enviar flores mañana y…

Kang-jun levantó la mirada.

—Vete.

—¿Qué?

—Lo que hubiera entre nosotros termina aquí.

Chae-rin palideció.

—¿Por ella?

—No.

Miró las puertas del quirófano.

—Por mí. Porque llevo demasiado tiempo convirtiéndome en alguien que ya no quiero seguir siendo.

Chae-rin se marchó furiosa.

Kang-jun ni siquiera la vio irse.

Finalmente, las puertas se abrieron.

El médico apareció.

—La madre está estable.

Han Min-jae cerró los ojos de alivio.

Kang-jun apenas podía respirar.

—¿Y el bebé?

El médico sonrió débilmente.

—Es una niña.

Kang-jun sintió que las piernas casi le fallaban.

Una hija.

—¿Puedo verla?

—No.

El presidente Han habló antes que el médico.

—Seo-yeon dejó instrucciones legales.

Kang-jun apretó los puños.

—Entonces las respetaré.

Han Min-jae pareció sorprendido.

—¿Así de fácil?

—No será fácil.

Kang-jun miró hacia la unidad neonatal.

—Pero ya ignoré una vez lo que ella quería. No volveré a hacerlo.


Seo-yeon despertó al día siguiente.

Su padre estaba sentado junto a ella.

—¿Mi bebé?

—Está siendo atendida.

Seo-yeon cerró los ojos, aliviada.

Entonces preguntó:

—¿Él está aquí?

Han Min-jae no necesitó preguntar quién.

—Desde ayer.

El rostro de Seo-yeon se endureció.

—No quiero verlo.

—Lo sé.

—¿Intentó acercarse a ella?

Su padre negó.

—No.

Seo-yeon abrió los ojos.

Aquello sí la sorprendió.

—Está sentado al final del pasillo desde hace diecisiete horas.

—Eso no cambia nada.

—No dije que lo hiciera.

Seo-yeon permaneció en silencio.

Después preguntó:

—¿Ya sabe?

—Que eres mi hija, sí.

—No me importa eso.

Miró hacia la ventana.

—¿Sabe que la niña es suya?

Su padre tardó en responder.

—Todavía no.

Seo-yeon respiró profundamente.

—Entonces que entre.


Cuando Kang-jun cruzó la puerta, parecía otro hombre.

No llevaba chaqueta.

No había guardaespaldas.

No había arrogancia.

Solo cansancio.

Se detuvo lejos de la cama.

—Seo-yeon.

Ella lo observó.

—La niña es tuya.

Kang-jun cerró los ojos.

Una lágrima silenciosa descendió por su rostro.

—Lo sospechaba.

—No confundas eso con un derecho sobre ella.

Él asintió.

—No lo haré.

Seo-yeon parecía sorprendida otra vez.

—¿No vas a exigir una prueba?

—Si tú dices que es mi hija, te creo.

Ella soltó una risa amarga.

—Qué curioso.

Kang-jun bajó la mirada.

—¿Qué?

—Necesité desaparecer de tu vida para que finalmente empezaras a creerme.

Él no tuvo respuesta.

—Cuando me abandonaste —continuó Seo-yeon— iba a decirte que estaba embarazada.

Kang-jun palideció.

—¿Ese día?

—Llevaba el resultado dentro del bolso.

Recordó perfectamente aquella conversación.

«Nuestro matrimonio fue un error.»

«Olvídate de mí.»

Había pronunciado aquellas frases y se había marchado sin dejarla terminar.

—Seo-yeon…

—No quiero disculpas hoy.

—Entiendo.

—No quiero promesas.

—Entiendo.

—Y no quiero que pienses que tener una hija significa que volveremos a ser una familia.

Kang-jun levantó los ojos.

Esta vez no intentó discutir.

—Entiendo.

Seo-yeon lo observó durante varios segundos.

—Entonces empieza por demostrarlo.

—¿Cómo?

Ella señaló la puerta.

—Sal.

Kang-jun se quedó inmóvil.

Después inclinó lentamente la cabeza.

Y salió.

Por primera vez desde que Seo-yeon lo conocía, Seo Kang-jun obedeció un límite que no podía comprar, negociar ni ordenar que desapareciera.

Horas después, desde detrás del cristal de neonatología, vio por primera vez a su hija.

No intentó entrar.

No exigió cargarla.

Simplemente permaneció allí.

Y entonces comprendió el verdadero castigo.

No había descubierto que tenía una hija demasiado tarde para conocerla.

Había descubierto que tenía una hija justo a tiempo para entender que ser su padre dependería de algo que ningún apellido chaebol podía garantizar:

que algún día Seo-yeon decidiera confiar en él.

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