Caminé sola hacia la mansión Song.
Cada paso hacía más clara una decisión que llevaba semanas evitando.
No iba a decirle a Adrian que estaba embarazada.
No todavía.
Cuando llegué, la señora Song miró detrás de mí.
—¿Dónde está Adrian?
—Sophia se lastimó el tobillo.
El silencio cayó sobre la mesa.
Su abuelo dejó lentamente la taza.
—¿Y te dejó caminando?
Sonreí.
—Tenía prisa.
Nadie volvió a preguntar.
Adrian apareció casi una hora después.
Sophia venía con él.
Apoyada en su brazo.
Su tobillo llevaba un pequeño vendaje.
La abuela Song palideció.
—Adrian, ¿trajiste a Sophia y dejaste sola a tu esposa?
—Fue un malentendido.
—No importa —intervine.
Adrian me miró.
Aquella respuesta pareció molestarlo más que cualquier reproche.
Durante la cena apenas probé la comida.
El olor del pescado me revolvió el estómago.
Me levanté bruscamente.
—Disculpen.
Corrí al baño.
Vomité.
Cuando salí, Adrian estaba esperándome.
—¿Estás enferma?
—Solo me cayó mal algo.
Sus ojos descendieron hacia mi abdomen.
Instintivamente puse una mano sobre él.
Fue un error.
—Emma…
—Estoy cansada.
Pasé a su lado.
Esa noche regresamos en silencio.
A la mañana siguiente Adrian salió temprano.
Yo terminé mi maleta.
Pasaporte.
Documentos.
Tarjetas.
Y el informe médico.
Lo sostuve durante varios segundos.
Seis semanas.
Una pequeña vida que todavía no conocía nada del desastre entre sus padres.
Guardé el informe.
Después coloqué mi anillo matrimonial sobre la mesa.
No dejé una carta.
No quería que Adrian interpretara mis palabras.
Quería que entendiera mi ausencia.
Dos horas después estaba camino al aeropuerto.
Pero antes de abordar recibí una llamada.
Era la abuela Song.
—Emma, necesito preguntarte algo.
—¿Qué ocurre?
Su voz temblaba.
—Encontré algo debajo de tu silla después de la cena.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué encontró?
—Un sobre del hospital.
Cerré los ojos.
Debía haberse deslizado de mi bolso.
—Emma…
La anciana respiró profundamente.
—¿Estás embarazada?
Antes de que pudiera responder, escuché una voz al otro lado.
—¿Qué acabas de decir?
Adrian.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
La abuela intentó detenerlo.
Demasiado tarde.
Él tomó el teléfono.
—Emma, ¿dónde estás?
Miré la puerta de embarque.
—Eso ya no es asunto tuyo.
—¿Estás embarazada?
Guardé silencio.
—¡Emma!
Por primera vez escuché verdadero miedo en su voz.
Entonces una empleada anunció mi vuelo.
Adrian también lo oyó.
—No subas a ese avión.
Una lágrima cayó por mi mejilla.
—Ayer me dejaste al borde de una carretera para correr hacia otra mujer.
Apreté el teléfono.
—Hoy no tienes derecho a pedirme que te espere.
Colgué.
Pero cuando levanté la mirada hacia la puerta de embarque, me quedé inmóvil.
Un hombre trajeado estaba allí sosteniendo una carpeta.
Lo reconocí inmediatamente.
Era el abogado personal del abuelo Song.
Se acercó.
—Señora Song, antes de marcharse debe saber algo sobre Sophia Jiang.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
Abrió la carpeta.
Dentro había fotografías, transferencias bancarias y un informe fechado tres años atrás.
—La señorita Jiang no regresó por casualidad.
Mi corazón comenzó a golpear con fuerza.
El abogado bajó la voz.
—Y Adrian tampoco conoce la verdadera razón por la que ella desapareció antes de que ustedes se casaran.
Miré aquellos documentos.
Entonces vi un nombre que conocía perfectamente.
El nombre de la persona que había organizado mi matrimonio con Adrian.
Y comprendí que Sophia no era el único secreto que la familia Song llevaba años ocultándonos.