A las nueve de la mañana, Clara estaba sentada frente a Ethan bajo las luces del estudio.
El presentador sonrió.
—Vamos a comprobar quién conoce mejor al señor Blake.
Todos aplaudieron.
Yo estaba detrás de los monitores, editando las respuestas en tiempo real.
—¿Su café favorito?
—Americano, sin azúcar —respondió Clara.
Correcto.
—¿Qué comida detesta?
—El cilantro.
Correcto.
—¿Qué hace cuando está enfadado?
Clara sonrió.
—Se queda en silencio.
Otra respuesta correcta.
Mis compañeras suspiraban emocionadas.
Entonces llegó la última pregunta.
—¿Qué fecha es la más importante para Ethan Blake?
Clara dudó.
—¿El aniversario de Blake Group?
Ethan no respondió.
Yo sí sabía la respuesta.
El 17 de septiembre.
El día en que nos casamos en secreto.
Pero aquel año había pasado sin flores, cena ni siquiera un mensaje.
Seguí trabajando.
El presentador rio.
—Parece que todavía queda algún secreto.
Ethan levantó la mirada.
Sus ojos encontraron los míos.
Y por primera vez parecía incómodo.
Aquella tarde terminé el episodio.
También terminé otra cosa.
Mi carta de renuncia.
Había aceptado un puesto en otra empresa hacía dos semanas.
Además, mi abogado ya tenía preparados los documentos del divorcio.
Cuando regresé al apartamento, saqué mis libros, ropa y documentos.
No quería nada más.
Ni siquiera las joyas que Ethan me había regalado.
Dejé mi anillo sobre la mesa.
Ethan llegó poco después de medianoche.
—Mia.
Miró las cajas.
Después vio el anillo.
Su rostro cambió.
—¿Qué estás haciendo?
—Me voy.
Soltó una risa breve.
—¿Por el programa?
—No.
—¿Por Clara?
—Tampoco.
Eso pareció desconcertarlo todavía más.
Me acerqué y puse un sobre frente a él.
—Quiero el divorcio.
Ethan no lo tocó.
—Deja de bromear.
—No estoy bromeando.
—¿Después de tres años vas a terminar nuestro matrimonio por unos videos?
Negué.
—Los videos solo me ayudaron a verlo desde fuera.
—¿Ver qué?
—Que llevo tres años esperando a que actúes como mi esposo.
Ethan se quedó callado.
Entonces sonó su teléfono.
Clara.
Lo miré.
Él rechazó la llamada inmediatamente.
Demasiado tarde.
—Mia, podemos arreglar esto.
—Yo intenté arreglarlo durante tres años.
Tomé mi maleta.
Pero Ethan me agarró suavemente de la muñeca.
—No puedes desaparecer así.
Lo miré.
—Tú me enseñaste perfectamente cómo hacerlo.
Me soltó.
A la mañana siguiente, el episodio fue publicado.
El video explotó en redes.
Todos comentaban que Ethan y Clara parecían destinados a estar juntos.
Yo misma había creado el montaje más romántico de todos.
Y mientras la oficina celebraba las reproducciones, Recursos Humanos anunció mi renuncia.
Ethan apareció en el departamento de edición diez minutos después.
Nunca lo había visto así.
—¿Dónde está Mia?
Nadie respondió.
Mi compañera señaló mi escritorio vacío.
Sobre él había dejado únicamente una memoria USB.
Ethan la conectó.
Había un último video.
No era parte del programa.
Eran fragmentos descartados de tres años de eventos corporativos.
En casi todos aparecía yo al fondo.
Quitándome discretamente el anillo antes de que Ethan entrara.
Alejándome cuando Clara se acercaba.
Esperándolo mientras él salía acompañado de otra persona.
En el último clip, grabado accidentalmente la noche anterior, yo miraba el monitor mientras editaba la escena de la bufanda.
Y sonreía.
No había celos.
No había tristeza.
No había nada.
Mi compañera me contó después que fue exactamente ahí cuando Ethan palideció.
Porque finalmente comprendió lo que mi indiferencia significaba.
Pero había otro archivo dentro de la memoria.
Uno que yo nunca había creado.
Ethan lo abrió.
La fecha era de cuatro años atrás.
Antes de nuestro matrimonio.
Clara aparecía hablando con el padre de Ethan.
—¿Está seguro de que debe casarse con Mia?
El hombre respondió:
—Tiene que hacerlo. Al menos hasta que ella firme los documentos.
Ethan detuvo el video.
Su padre llevaba muerto dos años.
Y yo jamás había sabido que existían aquellos documentos.
Entonces Clara apareció detrás de él.
Miró la pantalla.

Y susurró:
—Ethan, eso no debía estar ahí.