—Si quieres verla, intentaré arreglarlo.
La voz de Adrian llegó desde la sala.
Yo observé durante un segundo el acuerdo de divorcio entre mis dedos.
Después salí del pasillo.
—No será necesario.
Serena giró hacia mí.
Adrian frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
No respondí.
Caminé hasta la mesa y dejé los documentos frente a él.
—Fírmalos.
Adrian bajó la mirada.
Al leer las primeras palabras, su expresión cambió.
ACUERDO DE DIVORCIO.
—¿Qué significa esto?
—Exactamente lo que dice.
Serena se quedó en silencio.
Adrian levantó los ojos.
—¿Por lo que escuchaste ayer?
Solté una pequeña sonrisa.
—No.
Me quité el anillo y lo puse sobre los papeles.
—Por los últimos cinco años.
La mandíbula de Adrian se tensó.
—Elena, no conviertas esto en un drama.
Aquellas palabras habrían conseguido herirme unos días antes.
Ahora no sentí nada.
—Tranquilo. No quiero la casa, ni tus propiedades, ni compensación. Mi abogado ya dejó todo especificado.
—¿Y adónde piensas ir?
Lo miré directamente.
—A un lugar donde sí me necesitan.
Adrian pareció querer decir algo, pero Serena intervino con aparente delicadeza.
—Quizá deberían hablarlo cuando estén más tranquilos.
La miré.
Era hermosa.
Segura.
Condecorada.
La clase de mujer que Adrian consideraba digna de estar a su lado.
Pero cuando nuestros ojos se encontraron, advertí algo extraño.
Serena no me miraba con compasión.
Me examinaba.
Como si intentara descubrir por qué una simple ama de casa podía mantenerse tan serena frente a un general.
Tomé mi maleta.
—No hay nada más que hablar.
Pasé junto a Adrian.
Su mano atrapó mi muñeca.
El gesto fue automático.
—Elena.
Bajé los ojos hacia sus dedos.
—Suéltame, general Cross.
Fue la primera vez que lo llamé por su rango dentro de nuestra casa.
Adrian retiró la mano lentamente.
Y me fui.
Tres semanas después, la base principal de la Región Este parecía una fortaleza.
La información de inteligencia había confirmado que la amenaza contra Adrian era real.
La organización extranjera que había puesto precio a su cabeza ya había infiltrado hombres en el país.
Por esa razón, Black Blade había sido enviada.
Adrian desconocía quién dirigiría la operación.
Solo sabía una cosa.
Espectro había regresado.
Aquella mañana, toda la plana mayor esperaba frente al edificio de mando.
Serena estaba entre ellos.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Adrian.
Ella sonrió.
—Es Espectro. Claro que estoy nerviosa.
Sus ojos brillaban de admiración.
—He estudiado todas las operaciones desclasificadas de Black Blade. La extracción de Kandar, el rescate de la frontera norte, la operación Niebla Roja… En todas aparece el mismo código.
Espectro.
Adrian miró hacia la pista.
—Es la mejor comandante de operaciones especiales que he conocido.
Serena sonrió.
—Hablas como si la conocieras personalmente.
Él tardó unos segundos en contestar.
—Coincidimos hace muchos años.
No añadió nada más.
Porque Adrian jamás había visto claramente el rostro de Espectro.
Durante las operaciones conjuntas de aquella época, yo utilizaba equipo táctico, casco y protección facial. Nuestras comunicaciones eran breves.
Órdenes.
Coordenadas.
Objetivos.
Pero él recordaba mi voz.
O eso había pensado yo.
Al parecer, cinco años escuchándome preguntarle qué quería cenar habían sido suficientes para hacerle olvidar a la mujer que una vez le había salvado la vida.
El rugido de varios vehículos interrumpió la conversación.
Tres camionetas negras entraron en la base.
Ryan descendió primero.
Después otros miembros de Black Blade.
Finalmente se abrió la puerta del vehículo central.
Mis botas tocaron el suelo.
Uniforme negro.
Insignias de mando.
Cabello recogido.
La insignia plateada de Black Blade brillando sobre mi pecho.
Caminé hacia ellos.
Vi a Serena quedarse inmóvil.
Vi a varios oficiales intercambiar miradas.
Y vi a Adrian perder el color del rostro.
Me detuve frente a él.
Extendí la mano.
—Mucho gusto, general Cross.
Nadie respiró.
—Soy Elena Shaw, comandante en jefe de la Oficina de Operaciones Especiales.
Hice una pausa.
—Código: Espectro.
Adrian no reaccionó.
Sus ojos bajaron hacia mi insignia.
Después volvieron a mi rostro.
—Elena…
Ryan frunció el ceño.
—General, durante una presentación oficial debe dirigirse a ella como comandante Shaw.
El silencio se volvió todavía más incómodo.
Adrian tomó finalmente mi mano.
Sus dedos estaban helados.
—Comandante Shaw.
—General Cross.
Retiré la mano.
Serena dio un paso hacia adelante.
Por primera vez desde que la conocía, parecía haber olvidado cómo hablar.
—¿Usted… es Espectro?
—Sí.
—Pero…
Miró a Adrian.
Después a mí.
—Pensé que usted estaba retirada.
—Lo estaba.
—¿Por qué regresó?
Mi mirada pasó brevemente por Adrian.
—Descubrí que había sacrificado demasiado por personas que nunca entendieron el valor de ese sacrificio.
Adrian bajó los ojos.
Serena comprendió inmediatamente.
La reunión comenzó veinte minutos después.
Ya no había espacio para asuntos personales.
Extendí un mapa sobre la mesa.
—Tenemos confirmados seis infiltrados. Probablemente existen más. Su objetivo principal es el general Cross.
Adrian se sentó frente a mí.
Yo continué.
—Desde este momento, Black Blade controla su seguridad.
Un coronel preguntó:
—¿Considera necesario tanto despliegue por una sola persona?
—No protegemos a una persona.
Marqué tres puntos sobre el mapa.
—Protegemos la información estratégica que posee.
Ryan proyectó varias fotografías.
—Ayer interceptamos comunicaciones. El enemigo conoce los movimientos habituales del general.
Miré a Adrian.
—Eso significa que existe una filtración interna.
La sala quedó en silencio.
Serena palideció ligeramente.
Lo noté.
No dije nada.
Adrian también.
—¿Sospechas de alguien? —preguntó.
—Todavía no.
Cerré la carpeta.
—Pero lo descubriré.
Al terminar la reunión, todos comenzaron a marcharse.
Adrian permaneció sentado.
Yo recogí los documentos.
—Elena.
—Comandante Shaw mientras estemos de servicio.
Su mandíbula se tensó.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Mis manos se detuvieron.
—¿Decirte qué?
—Quién eras.
Lo miré.
—Nunca preguntaste.
—Estuvimos casados cinco años.
—Exactamente.
Aquella palabra lo golpeó más que cualquier reproche.
Adrian se levantó.
—Abandonaste Black Blade cuando nos casamos.
—Sí.
—¿Por mí?
No contesté.
No hacía falta.
Su expresión cambió lentamente.
Como si comenzara a reconstruir cinco años de recuerdos bajo una luz diferente.
Las cicatrices que había visto sobre mi espalda.
Mi habilidad para reconocer armas.
Las noches en que despertaba ante el ruido más pequeño.
La ocasión en que atrapamos a un ladrón dentro de casa y yo lo derribé antes de que Adrian pudiera sacar su arma.
Entonces le había dicho que había tomado clases de defensa personal.
Él me creyó.
Porque nunca tuvo suficiente curiosidad para preguntar más.
—Elena…
—La reunión terminó.
Intenté pasar.
—Espera.
Se colocó frente a mí.
—Aquella noche dijiste que regresarías a un lugar donde te necesitaban.
—Y aquí estoy.
—Yo te necesitaba.
Lo miré durante varios segundos.
—No.
Mi voz fue tranquila.
—Necesitabas a alguien que esperara en casa. Alguien que preparara tus comidas. Alguien que cuidara tus heridas mientras tú pensabas en otra mujer.
Adrian quedó inmóvil.
—Eso no es…
—Escuché cada palabra.
No pudo continuar.
—Dijiste que jamás admirarías a una mujer como yo.
Di un paso hacia él.
—La ironía, Adrian, es que admirabas a Espectro mientras despreciabas a Elena.
Pasé a su lado.
Esta vez no intentó detenerme.
Aquella noche llegó el primer ataque.
A las 02:17, las alarmas se activaron.
Tres disparos golpearon las ventanas blindadas del edificio de mando.
—¡Francotirador! —gritó alguien.
Las luces se apagaron.
Corrí hacia Adrian.
—¡Abajo!
Lo empujé detrás de una columna segundos antes de que otro impacto atravesara el cristal exterior.
Ryan habló por radio.
—Equipo Alfa, techo oeste.
—Bravo, bloqueen la salida norte.
Adrian intentó levantarse.
—Puedo ayudar.
—Tu trabajo es seguir vivo.
—También soy soldado.
Lo miré.
—Y ahora eres el objetivo.
Otra detonación sacudió el corredor.
El humo llenó el edificio.
Entonces escuché algo.
Tres golpes metálicos.
Una pausa.
Dos más.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
—Nos están empujando hacia el este.
Adrian entendió inmediatamente.
—Una emboscada.
Asentí.
—Ryan, cambia el protocolo. Salida subterránea siete.
—Recibido.
Tomé a Adrian del brazo.
—Sígueme.
Avanzamos por el corredor mientras Black Blade aseguraba cada sección.
En menos de cuatro minutos llegamos al túnel.
Entonces una figura apareció detrás de nosotros.
Serena.
—¡Esperen!
Venía respirando con dificultad.
—El sector norte cayó. Déjenme acompañarlos.
Adrian hizo ademán de abrir la puerta.
Yo levanté la mano.
—No.
Serena se congeló.
—¿Qué?
La observé.
Su uniforme estaba impecable.
Demasiado impecable.
El ala norte acababa de sufrir una explosión.
Ryan y sus hombres tenían polvo sobre el uniforme.
Adrian tenía una pequeña herida en la frente.
Serena no tenía ni una mancha.
—¿De dónde vienes?
—Del sector norte.
—Mientes.
Adrian me miró.
—Elena.
Serena retrocedió.
—¿Qué estás insinuando?
Saqué mi arma.
—Pon las manos donde pueda verlas.
—¡¿Estás loca?!
—Ahora.
Adrian se colocó entre nosotras.
—Baja el arma.
Lo miré con incredulidad.
Cinco años.
Y seguía haciéndolo.
Seguía eligiendo creerle a Serena antes que a mí.
—Apártate.
—No tienes pruebas.
—Adrian…
—Es una oficial de mi brigada.
Serena lo miró desde detrás de su hombro.
Y durante una fracción de segundo sonrió.
Lo vi.
—¡Adrian, abajo!
Lo empujé.
Serena sacó un pequeño dispositivo de su cinturón.
Ryan reaccionó.
La derribó contra la pared.
El dispositivo cayó al suelo.
Una luz roja parpadeaba.
Ryan lo examinó.
Su rostro se endureció.
—Transmisor.
Adrian miró a Serena.
—¿Qué demonios es esto?
Ella dejó de luchar.
Y entonces toda la fragilidad desapareció de su rostro.
—Tardaste bastante, Espectro.
Adrian quedó petrificado.
Yo guardé silencio.
Serena soltó una carcajada.
—Siempre quise conocerte.
Ryan le colocó las esposas.
—Ahora tendrás mucho tiempo para hablar con ella.
El interrogatorio duró horas.
La verdad resultó más desagradable de lo esperado.
Serena no había trabajado originalmente para la organización extranjera.
Había sido reclutada meses atrás.
Deudas.
Ambición.
Promesas de dinero.
Había entregado rutas, horarios y datos operativos.
Pero aquello no era lo peor.
Ryan dejó una carpeta frente a Adrian.
—Hay algo más.
Adrian abrió la primera página.
Su rostro cambió.
—No.
Yo permanecí de pie junto a la ventana.
—¿Qué ocurre?
Ryan respondió:
—La misión de hace tres semanas. La explosión donde el general casi murió.
Adrian levantó lentamente la mirada.
—Serena filtró mi posición.
La habitación quedó en silencio.
Recordé aquella noche.
Adrian herido.
Cubierto de polvo.
Volviendo entre los escombros para recuperar aquella medalla.
La medalla de Serena.
La mujer que casi había provocado su muerte.
Y él había arriesgado la vida para salvar el recuerdo que conservaba de ella.
Adrian cerró los ojos.
Por primera vez sentí pena por él.
No amor.
No deseo de consolarlo.
Solo pena.
Serena había traicionado al soldado que confiaba en ella.
Pero Adrian había traicionado mucho antes a la mujer que realmente había estado a su lado.
Dos días después firmó el divorcio.
Me encontró en el campo de entrenamiento.
Dejó el documento sobre una mesa.
—Está hecho.
Lo abrí.
Su firma aparecía al final.
Adrian sostuvo algo en la mano.
La vieja medalla.
—También descubrimos que Serena utilizó esta medalla para ocultar un dispositivo de seguimiento durante aquella misión.
Lo observé.
El objeto por el que había regresado a un edificio destruido.
El símbolo de la mujer que nunca había olvidado.
Ahora parecía una broma cruel.
Adrian cerró los dedos alrededor de él.
—Fui un idiota.
No respondí.
—Durante cinco años tuve frente a mí a la persona que más admiraba.
Su voz se quebró ligeramente.
—Y nunca la vi.
—No.
Lo corregí.
—Me viste todos los días.
Adrian levantó la mirada.
—Simplemente decidiste que la mujer que cocinaba para ti valía menos que la mujer que dirigía soldados.
No tuvo respuesta.
—Eso es lo que nunca entendiste, Adrian. Espectro y Elena siempre fueron la misma persona.
Me acerqué.
—El uniforme no me hizo más valiosa.
Toqué el acuerdo firmado.
—Y el delantal nunca me hizo menos.
Sus ojos se enrojecieron.
—¿Existe alguna posibilidad para nosotros?
Negué con la cabeza.
—No.
Una sola palabra.
Sin crueldad.
Sin dudas.
Definitiva.
Adrian tragó saliva.
—¿Nunca?
—Hay cosas que pueden repararse.
Guardé los documentos.
—Pero no quiero pasar otra vida intentando demostrarle mi valor a alguien que solo lo reconoció cuando otros comenzaron a saludarme.
Me di la vuelta.
—Adiós, general Cross.
Esta vez me dejó marchar.
Serena fue arrestada y entregada a investigación militar.
La red que había ayudado a infiltrarse fue desmantelada durante las semanas siguientes.
Adrian conservó su puesto, aunque la investigación interna dejó una marca profunda sobre su carrera.
Yo no regresé a la casa.
Tampoco recuperé el anillo.
Regresé a Black Blade.
La primera mañana después de que el divorcio se hiciera oficial, Ryan me esperaba frente al helicóptero.
—¿Lista, comandante?
Miré a los hombres y mujeres formados frente a mí.
Nadie me veía como la esposa de alguien.
Nadie preguntaba quién era mi marido.
Nadie necesitaba que demostrara que merecía estar allí.
—Lista.
Cuando estaba a punto de subir, escuché pasos.
Adrian se encontraba al otro lado de la pista.
No se acercó.
Simplemente levantó la mano y me saludó militarmente.
Durante un segundo recordé nuestra boda.
Las cenas.
Las noches esperando.
Las heridas que curé.
Las palabras detrás de aquella puerta.
Después levanté la mano y devolví el saludo.
No como su esposa.
No como la mujer que todavía esperaba ser elegida.
Sino como comandante.
Subí al helicóptero.
Las hélices comenzaron a girar.
Y mientras la base desaparecía bajo nosotros, comprendí algo que debería haber sabido cinco años antes.
Nunca había necesitado convertirme nuevamente en Espectro para recuperar mi dignidad.
Solo necesitaba dejar de entregársela a alguien que no sabía reconocerla.
Ryan me pasó una carpeta.
—Tenemos nueva misión.
La abrí.
Sonreí.

—Entonces trabajemos.
El helicóptero giró hacia el horizonte.
Y por primera vez en muchos años, no estaba abandonando una vida.
Estaba regresando a la mía.
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