PARTE 2: EL DINERO QUE DOUGLAS NUNCA DEBIÓ LLAMAR SUYO

Tres días después, Gideon regresó a casa con una caja de documentos.

No se quitó siquiera el abrigo.

—Gwen, necesito que veas algo.

Yo estaba preparando la cena.

Toby hacía los deberes en la mesa y Maisie coloreaba a su lado.

—¿Qué encontraste?

Gideon dejó una carpeta frente a mí.

Dentro estaba el documento de constitución original de Palmer-Sterling Medical Group.

Fecha: diecisiete años atrás.

Capital inicial declarado: 486.000 dólares.

Sentí un vuelco en el estómago.

—Eso es imposible.

—¿Cuánto recibiste por tu apartamento?

Lo recordaba perfectamente.

—Cuatrocientos ochenta y seis mil.

Gideon permaneció en silencio.

La cifra era idéntica.

Hasta el último dólar.

Pero el documento afirmaba que Douglas había aportado todo aquel dinero personalmente.

—Yo transferí esa cantidad a nuestra cuenta conjunta —dije.

Gideon sacó otro papel.

Había encontrado el movimiento original.

Mi dinero entró un lunes.

El martes, Douglas lo transfirió a una sociedad recién creada.

El miércoles, aquella sociedad financió la empresa.

—¿Qué significa esto?

—Que Douglas convirtió tu dinero en una aportación empresarial suya.

Sentí rabia.

Pero Gideon negó con la cabeza.

—Eso todavía no es lo peor.

Sacó el acuerdo de socios original.

En una cláusula aparecía algo que Douglas jamás me había enseñado.

El propietario real del capital inicial conservaría una participación económica proporcional mientras la inversión permaneciera en la compañía.

Gideon me miró.

—Si podemos demostrar que esos 486.000 dólares eran exclusivamente tuyos, Douglas podría haberte ocultado durante diecisiete años derechos sobre una empresa que hoy vale cientos de millones.

Tuve que sentarme.

Douglas me había echado diciendo que yo no tenía nada.

Quizá había construido toda su fortuna precisamente con algo que era mío.

Esa tarde contraté una abogada.

No llamé a Douglas.

No lo amenacé.

Solo pedimos registros bancarios, documentos societarios y movimientos históricos.

Dos días después llegó la primera respuesta.

Douglas también la recibió.

Me llamó inmediatamente.

—¿Qué demonios estás haciendo?

—Divorciándome.

—Retira esa solicitud.

—No.

Su voz bajó.

—Gideon te está manipulando.

Miré hacia el jardín.

Toby jugaba con Maisie.

—Curioso. Tú dijiste que yo no tenía derecho a nada.

Douglas guardó silencio.

—Así que no deberías estar preocupado.

Colgué.

Esa misma noche apareció frente a la casa de Gideon.

No vino solo.

Traía a una mujer elegante de unos cuarenta años.

—Esta es Vanessa Cole —dijo—. Mi abogada.

Vanessa me miró.

Y por su expresión comprendí inmediatamente que ella no era solamente su abogada.

Era la mujer por la que Douglas me había dejado.

Gideon también la reconoció.

—Tú no puedes representar a Douglas.

Vanessa palideció.

—¿Por qué no?

Gideon desapareció unos segundos y regresó con otro expediente.

—Porque tu nombre aparece aquí.

Era una sociedad creada diecisiete años atrás.

La misma que recibió mi dinero antes de transferirlo a la empresa.

Su administradora original era Vanessa Cole.

Douglas la conocía desde antes de fundar la compañía.

Mucho antes de decirme que ella había aparecido recientemente en su vida.

Vanessa retrocedió.

Douglas dejó de hablar.

Pero Gideon abrió la última página.

Allí figuraba una transferencia realizada seis meses después de la fundación.

Una parte de mi dinero había terminado en una cuenta que yo reconocí.

Pertenecía a la clínica que dirigía antes de dejar mi carrera.

—No entiendo.

Gideon me miró con una expresión extraña.

—Gwen, ¿por qué abandonaste realmente aquella clínica?

—Porque quedó prácticamente arruinada después de una auditoría. Douglas dijo que lo mejor era vender mi participación y quedarme con Toby.

Gideon deslizó otro documento hacia mí.

La denuncia anónima que había provocado aquella auditoría seguía archivada.

Durante diecisiete años nadie había sabido quién la presentó.

Hasta ahora.

La solicitud original incluía un número de identificación empresarial.

Pertenecía a Douglas.

Levanté la mirada lentamente.

Mi esposo no solo había utilizado mi herencia para construir su empresa.

También había destruido mi carrera para asegurarse de que yo nunca pudiera marcharme.

Entonces Gideon señaló una última cifra.

—Y hay algo más.

Durante todos aquellos años, Douglas había transferido beneficios de la empresa a una cuenta secreta.

El saldo actual era de 63,4 millones de dólares.

La cuenta no estaba a nombre de Douglas.

Tampoco de Vanessa.

Estaba a mi nombre.

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