—Ella es mía —repitió Evelyn.
Abracé a Lily con tanta fuerza que despertó. Jude también comenzó a llorar en mis brazos, y aquel sonido doble atravesó el silencio del vagón.
Roman dio un paso hacia su esposa.
—Me dijeron que habías muerto.
—Eso era lo que Silas necesitaba que creyeras.
Detrás de ella apareció el lugarteniente de Roman. Evelyn no había derribado la puerta: él la había abierto desde el otro extremo del tren después de activar una carga de humo para impedir que los hombres de Silas vieran por dónde entraba.
Roman señaló a Lily.
—Explícame por qué tiene el mismo hilo que Jude.
Evelyn miró primero a la niña y luego a mí.
—Se lo até yo. Hace siete meses.
Sentí que el suelo se movía, aunque el tren ya estaba detenido.
—La dejaste en Saint Agnes —dije.
Evelyn asintió. Tenía lágrimas en los ojos, pero no se acercó.
—Silas descubrió que existía. Era la única manera de sacarla de su alcance.
Roman abrió los documentos del sobre.
—Aquí dice que Claire fue la gestante.
—Su firma es falsa —respondió Evelyn—. Silas necesitaba un nombre al que atribuirle todo si alguien investigaba.
—¿Y la fotografía? —pregunté—. Hay cuatro moisés. Lily nació hace siete meses. Estos niños acaban de nacer.
Evelyn se inclinó sobre la imagen.
—Porque no es una fotografía de sus nacimientos. Es de la sala que prepararon para recibir a los cuatro niños de nuestro programa de gestación. Lily nació primero, de otro embarazo. Los trillizos llegaron ahora.
Roman pasó los dedos por el reverso de la foto, donde Evelyn había escrito busca al cuarto hijo.
—Pudiste decírmelo.
—Silas tenía a dos personas vigilándote día y noche. Cada mensaje que intenté enviarte pasó por él.
Un golpe resonó al fondo del vagón. Los hombres de Silas estaban entrando.
Roman dejó los papeles y se quitó la chaqueta.
—Tenemos que sacar a los niños.
—Hay una salida de mantenimiento junto a la cocina —dijo Evelyn—. Un vehículo nos espera al otro lado de las vías.
El lugarteniente tomó a dos de los bebés. Roman cargó a Jude. Yo sujeté a Lily y seguí a Evelyn por el estrecho pasillo mientras detrás de nosotros se oían voces y pasos apresurados.
Al llegar a la puerta, Silas apareció al otro extremo del vagón.
—Evelyn —dijo con una calma que me dio más miedo que un grito—. No vas a poder esconderla siempre.
Ella se volvió.
—No hace falta.
Levantó su teléfono. En la pantalla había una llamada abierta con una investigadora federal. Había oído la amenaza. También tenía los registros que Evelyn había reunido durante meses: pagos a la clínica, documentos falsificados y las comunicaciones con los hombres que la habían obligado a desaparecer.
La serenidad de Silas vaciló por primera vez.
Roman abrió la puerta de mantenimiento. El aire frío me golpeó la cara. Corrimos hasta el vehículo mientras, a lo lejos, empezaban a escucharse sirenas.
Horas después, en un lugar seguro, Evelyn se sentó frente a mí. Lily dormía sobre mi pecho.
—Soy su madre biológica —dijo en voz baja—. Sé que eso no borra lo que has sido para ella.
Pensé en las noches sin dormir, en su primera risa, en el modo en que buscaba mi mano incluso dormida.
—Yo soy su madre —respondí—. Y ella merece conocer la verdad sobre ti.
Evelyn asintió. No intentó tomarla de mis brazos.
Roman se acercó con Jude dormido contra el hombro. Miró a los dos niños, unidos por aquellos hilos rojos que ya no parecían un misterio, sino una promesa que Evelyn había intentado mantener a cualquier precio.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido. Contenía una fotografía de Lily y de mí, tomada esa misma mañana al subir al tren.
Debajo había una sola frase:
Silas no era quien dio la orden.
Le mostré la pantalla a Roman. Su expresión cambió.
Habíamos escapado del tren.
Aún no sabíamos de quién.