A las tres y diez de la tarde, el teléfono del despacho del director ejecutivo volvió a sonar.
La secretaria entró con una carpeta en la mano.
Su expresión era completamente distinta a la de aquella mañana.
—Señor Caldwell…
Ethan ni siquiera levantó la vista.
—¿Ya localizamos a Claire?
—No.
—Entonces envíe un abogado a su casa.
Necesito esos documentos antes de las cinco.
La secretaria permaneció inmóvil.
—Señor…
Hay un problema.
Ethan dejó la pluma sobre la mesa.
—¿Cuál?
Ella abrió la carpeta.
—Acaba de llamar el consorcio europeo.
Dicen que la reunión para firmar el proyecto de seis mil millones sigue confirmada para mañana…
Pero solo aceptarán negociar con la señora Sullivan.
Por primera vez en toda la jornada, Ethan levantó la cabeza.
—¿Cómo dice?
—El presidente del consorcio explicó que la relación comercial se construyó exclusivamente con ella durante los últimos cuatro años.
Hizo una pausa.
—Y añadió que nunca firmó un acuerdo con Caldwell Group.
Solo con Claire Sullivan.
El despacho quedó completamente en silencio.
Cinco minutos después comenzó una reunión de emergencia.
Vanessa ocupó el asiento que horas antes había pertenecido a mí.
Seguía sonriendo.
Hasta que el director jurídico habló.
—Necesitamos revisar la titularidad del proyecto.
Vanessa respondió con seguridad.
—Es un proyecto desarrollado mientras Claire trabajaba aquí.
Por supuesto pertenece al grupo.
El abogado deslizó varios documentos sobre la mesa.
—No exactamente.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué significa “no exactamente”?
—La fase de desarrollo estratégico se realizó mediante una sociedad de consultoría registrada antes de que la señora Sullivan se incorporara al grupo.
—¿Y?
—La propiedad intelectual, las relaciones comerciales y los contratos preliminares permanecieron siempre a nombre de esa sociedad.
Vanessa dejó de sonreír.
—¿Quién es el propietario?
El abogado levantó lentamente la vista.
—Claire Sullivan.
La sala estalló en murmullos.
El director financiero abrió inmediatamente las previsiones de tesorería.
Sin aquel contrato…
El grupo perdería la mayor parte del crecimiento esperado para los dos años siguientes.
Las acciones ya habían comenzado a caer después del anuncio de mi destitución.
Ahora el mercado descubriría que, además, el proyecto estrella no estaba garantizado.
Ethan cerró los ojos durante unos segundos.
—¿Por qué nadie me informó de esto?
El director jurídico respondió con cautela.
—Porque la estructura era perfectamente legal.
Y nunca representó un problema mientras la señora Sullivan trabajaba aquí.
Vanessa intentó intervenir.
—Podemos sustituirla.
El director comercial negó lentamente.
—No.
Los clientes quieren trabajar con Claire.
No con nuestro logotipo.
Con ella.
Fue ella quien abrió todos esos mercados.
Fue ella quien negoció personalmente cada fase.
Vanessa perdió definitivamente el color.
—Entonces…
¿qué hacemos?
Nadie respondió.
Porque todos miraban a Ethan.
Mientras tanto, yo estaba sentada en una cafetería frente al río.
No había vuelto a mirar el teléfono desde hacía casi una hora.
Hasta que vibró.
Era Mia.
Contesté.
—¿Cómo estás?
Escuché su respiración nerviosa.
—Señora Sullivan…
Toda la empresa está paralizada.
Sonreí ligeramente.
—¿Ya se enteraron?
—Sí.
Nadie sabía que el proyecto era suyo.
Todos pensaban que pertenecía al grupo.
Miré el café ya frío.
—Ese fue exactamente el error que cometieron.
A las cinco y cuarenta recibí un correo electrónico.
Remitente:
Ethan Caldwell.
Asunto:
Necesitamos hablar.
No lo abrí.
Cinco minutos después llegó otro.
Después un tercero.
El último era mucho más corto.
Claire… cometí un error.
Lo cerré sin responder.
Durante cinco años nunca necesitó hablar conmigo antes de tomar decisiones.
No veía motivo para empezar ahora.
A la mañana siguiente, el consorcio europeo aterrizó en Chicago.
No fue a la sede de Caldwell Group.
Fue directamente a la oficina de mi sociedad.
Cuando entré en la sala de reuniones, el presidente del consorcio se puso de pie para saludarme.
—Señora Sullivan.
Esperábamos trabajar únicamente con usted.
Le estreché la mano.
—Y así será.
En ese mismo instante, al otro lado de la ciudad, Ethan observaba desde la ventana de su despacho cómo el precio de las acciones seguía descendiendo.
Por primera vez desde que había heredado el imperio familiar comprendió algo que su padre había intentado enseñarle durante años.
Los edificios pertenecían a la empresa.
El dinero pertenecía a los accionistas.

Pero la confianza…
La confianza siempre pertenecía a las personas que eran capaces de ganársela.
Y él acababa de despedir a la única que todavía la conservaba.