PARTE 2: El contenido que todos querían

El hombre alcanzó la camioneta negra.

Abrió la puerta lateral de un tirón.

Estaba a punto de lanzar la maleta al interior cuando una voz retumbó detrás de él.

—¡Policía del aeropuerto! ¡Al suelo!

No obedeció.

Empujó la maleta hacia dentro y trató de subir.

Claire llegó apenas unos segundos después.

Sin pensarlo, agarró el asa y tiró con todas sus fuerzas.

La maleta quedó atrapada entre ella y el ladrón.

El cierre se abrió de golpe.

La ropa salió despedida sobre el asfalto.

Un portátil.

Dos carpetas.

Un neceser.

Y un pequeño cilindro metálico del tamaño de un bolígrafo rodó hasta detenerse junto al neumático de la camioneta.

El rostro del guardaespaldas cambió por completo.

Ya no miraba la maleta.

Miraba aquel cilindro.

Con auténtico terror.

Uno de los policías fue a recogerlo.

Claire reaccionó inmediatamente.

—¡No lo toque!

El agente retiró la mano por instinto.

—¿Qué demonios es eso?

—No lo sé.

—Pero sé que no estaba en mi equipaje cuando salí de Italia.

En ese momento la camioneta arrancó bruscamente.

La mujer rubia estaba al volante.

Abandonó al guardaespaldas y escapó a toda velocidad.

Dos patrullas salieron detrás de ella.

El hombre quedó inmovilizado contra el suelo con las esposas puestas.

Claire respiró por primera vez desde que comenzó la persecución.

Pensó que todo había terminado.

Se equivocaba.

Un agente especializado en explosivos llegó pocos minutos después.

Observó el cilindro sin tocarlo.

Después pidió que despejaran toda la zona.

Los pasajeros comenzaron a ser evacuados.

—¿Es una bomba? —preguntó Claire.

El especialista negó lentamente.

—No.

Sacó un detector portátil.

Lo acercó al cilindro.

La pantalla emitió una señal.

Su expresión cambió.

—¿Quién es la propietaria de esta maleta?

Claire levantó la mano.

—Yo.

—Necesito que venga conmigo inmediatamente.

La condujeron a una sala aislada dentro del aeropuerto.

Había tres agentes federales esperándola.

Uno de ellos colocó el cilindro sobre la mesa.

—Señora Bennett…

—¿Conoce este dispositivo?

—Nunca lo había visto.

El agente intercambió una mirada con sus compañeros.

Después abrió cuidadosamente el cilindro.

En su interior apareció un diminuto chip de almacenamiento.

No era más grande que una uña.

El agente conectó el dispositivo a un ordenador protegido.

La pantalla mostró una única carpeta.

ORIÓN

Hubo un largo silencio.

Ninguno de los agentes abrió el archivo.

El hombre de mayor rango tomó el teléfono y marcó un número.

—Director…

Hizo una pausa.

—Lo encontramos.

Escuchó durante unos segundos.

Su rostro perdió todo el color.

—Sí…

—Está aquí.

Colgó lentamente.

Miró a Claire con una mezcla de sorpresa y preocupación.

—Señora Bennett…

—Lamento decirle que ya no puede abandonar este aeropuerto.

Claire frunció el ceño.

—¿Por qué?

El agente respiró hondo antes de responder.

—Porque hace veinte minutos…

…alguien asesinó al hombre que le susurró aquella advertencia en el aeropuerto de Roma. Y, según toda la evidencia que acabamos de recibir, usted es ahora la única persona viva que puede conducirnos hasta el secreto por el que lo mataron.

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