Marcos empujó la primera carpeta hacia Rodrigo.
—Estas son las cuentas de la empresa que se pagaron durante los últimos tres años.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Y?
—Y aquí aparecen transferencias mensuales a una cuenta que no pertenece a la empresa.
Valeria dejó de sonreír.
Rodrigo tomó los documentos.
—Eso no significa nada.
Esteban abrió su laptop.
—Entonces tampoco significará nada esto.
Giró la pantalla.
En ella apareció la grabación de la cocina.
Valeria frente al espejo.
El vestido sobre la mesa.
Las tijeras en su mano.
Luego la imagen de Sofía entrando.
Valeria escondiendo rápidamente las tijeras y sujetando la muñeca de la niña.
Rodrigo se quedó inmóvil.
—Eso está manipulado.
—No —respondió Esteban—. Tengo el archivo original, la copia de seguridad y los registros del servidor.
Lucas cruzó los brazos.
—Y tenemos fotografías de la muñeca de Sofía tomadas esta tarde.
Valeria retrocedió.
—Yo no la lastimé.
Sofía apareció en la escalera.
—Sí lo hiciste.
Su voz tembló.
Pero no retrocedió.
Rodrigo la miró.
—Sofía, sube a tu habitación.
Mi hija negó con la cabeza.
—No.
Fue la primera vez que le respondió así.
Rodrigo se quedó sorprendido.
Daniel se levantó.
—No vuelvas a amenazarla.
Rodrigo apretó los dientes.
—Esta es mi casa.
Daniel respondió tranquilamente:
—No exactamente.
Marcos sacó otro documento.
—La casa fue comprada con dinero proveniente de una cuenta conjunta durante el matrimonio. Y tenemos pruebas de que parte de los fondos empresariales utilizados para pagarla fueron desviados de la compañía.
Rodrigo palideció.
—¿Me estás acusando de fraude?
—No —dijo Marcos—. Te estoy diciendo que el fiscal podría hacerlo.
Valeria miró a Rodrigo.
—¿Qué está pasando?
Él no respondió.
Yo permanecí junto a Sofía.
Entonces Daniel colocó una última carpeta sobre la mesa.
—Y esto es lo más interesante.
Rodrigo no quiso tocarla.
—¿Qué es?
—El acuerdo prenupcial.
Lo miré.
Nunca había visto ese documento después de firmarlo.
Daniel abrió la primera página.
—Rodrigo, hay una cláusula que establece que cualquier patrimonio adquirido mediante fondos desviados, cuentas ocultas o negocios fraudulentos queda fuera de la protección matrimonial.
Rodrigo se quedó completamente quieto.
—Eso no puede ser.
—Sí puede.
Daniel señaló la última página.
—Y hay algo más. Tu firma está aquí.
Valeria miró a Rodrigo.
—¿Me dijiste que ella no podía quedarse con nada?
Él no contestó.
Ella dio un paso atrás.
—Me dijiste que la casa sería nuestra.
Rodrigo levantó la voz.
—¡Cállate!
Valeria se quedó helada.
Yo respiré lentamente.
—Ahora entiendo por qué necesitabas que pareciera que yo había perdido el control.
Rodrigo me miró.
—Mariana…
—Querías convertir a Sofía en la culpable. Querías que yo saliera de esta casa avergonzada y sin revisar nada.
Él no respondió.
Daniel cerró la carpeta.
—Pero hay una pregunta pendiente.
Rodrigo levantó la mirada.
—¿Cuál?
Daniel señaló las transferencias.
—¿Quién recibió realmente ese dinero?
Esteban volvió a girar la laptop.
Apareció un nombre.
Valeria.
Ella abrió los ojos.
—Eso es imposible.
Marcos negó.
—No. Lo imposible es que creyeras que nadie iba a encontrarlo.
Rodrigo miró a Valeria.
—¿Qué hiciste?
Ella palideció.
—¡Tú me dijiste que lo transfiriera!
El silencio fue absoluto.
Rodrigo comprendió demasiado tarde lo que acababa de escuchar.
Esteban cerró la laptop.
—Tenemos esa conversación también.
Rodrigo se dejó caer en una silla.
Yo tomé la mano de Sofía.
—Nos vamos arriba.
Mi hija me miró.
—¿Ya no tenemos que irnos de nuestra casa?
La abracé.
—No, cariño.

Desde la sala escuché a Daniel decir:
—Ahora sí, Rodrigo. Hablemos del divorcio.
Y esta vez, nadie estaba sonriendo.