Sentí que el corazón se me partía.
—Sophie…
Ella cerró los ojos.
—Él eligió al otro niño.
No supe qué responder.
Le acaricié el cabello mientras las máquinas seguían marcando cada latido.
Entonces Sophie abrió los ojos otra vez.
—Mamá, ¿puedo tener otro papá?
La pregunta me dejó sin aire.
—No necesitas decidir eso ahora, cariño.
—Pero él prometió quedarse.
Una lágrima recorrió su mejilla.
—Y se fue.
Horas después, Adrian apareció.
Entró en la habitación con flores en una mano y el teléfono en la otra.
—¿Cómo está?
Sophie giró lentamente la cabeza hacia él.
Adrian sonrió.
—Hola, princesa.
Ella no respondió.
—Papá está aquí.
Sophie apartó la mirada.
Adrian se quedó inmóvil.
—Sophie…
Ella apretó mi mano.
—Mamá dijo que no tengo que hablar contigo si no quiero.
Adrian me miró.
—¿Qué le has dicho?
—La verdad.
Su rostro se endureció.
—¿Qué verdad?
—Que te fuiste cuando nuestra hija entró a cirugía.
—Laura, ya hablamos de esto. Oliver me necesitaba.
—Y Sophie también.
Silencio.
Adrian dejó las flores sobre la mesa.
—Estás intentando ponerla en mi contra.
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.
Entró el cardiólogo.
—Señor Cole, necesitamos hablar con usted.
Adrian se levantó.
—¿Hay alguna complicación?
El médico negó con la cabeza.
—La cirugía salió bien. Pero encontramos algo en los estudios previos que requiere una investigación adicional.
Me quedé helada.
—¿Qué encontraron?
El médico miró primero a Adrian y después a mí.
—La enfermedad de Sophie no parece ser completamente congénita.
Adrian palideció.
—¿Qué significa eso?
El médico dejó una carpeta sobre la mesa.
—Significa que necesitamos revisar algunos medicamentos y exposiciones que la niña pudo haber tenido durante los últimos meses.
Abrí la carpeta.
Había una lista.
Medicamentos.
Suplementos.
Tratamientos.
Y una sustancia que Sophie jamás había tomado conmigo.
Levanté la mirada.
—¿Quién autorizó esto?
El médico señaló la última página.
Había una firma.
La firma de Adrian.
Él retrocedió un paso.
—Eso no es mío.
Pero entonces Sophie habló desde la cama.
—Papá…
Adrian se acercó.
Ella lo miró directamente.
—Yo te vi dárselo.

El rostro de Adrian perdió todo color.
Y por primera vez, entendí que quizá no había abandonado a su hija por otra familia.
Quizá había estado ocultando algo mucho peor.