Los dedos de Bogdan volvieron a moverse.
—Mamá…
Olena contuvo un grito.
—¡Bogdan! ¡Estoy aquí!
El niño respiró débilmente.
—No dejes… que abran…
—¿Qué cosa?
Bogdan intentó levantar la mano.
—La puerta…
Olena miró hacia arriba.
Entonces comprendió algo.
El ataúd no estaba completamente enterrado.
Había un pequeño espacio de aire entre la tapa y la tierra.
Quizá por eso seguían vivos.
Quizá alguien había cometido un error.
O quizá nunca habían querido que sobrevivieran.
Olena volvió a mirar el mensaje.
“Ese pastel grande NO era nuestro.”
Recordó la fiesta.
El pastel original había llegado a las cuatro de la tarde.
Pero dos horas después, su madre había ordenado retirar a los trabajadores y había aparecido otro pastel idéntico.
Lyudmila había insistido en cortarlo personalmente.
Olena sintió un escalofrío.
—Maxim… ¿recuerdas quién te dio el primer trozo?
El niño abrió lentamente los ojos.
—La abuela.
—¿Y qué hizo antes?
Maxim tragó saliva.
—Cambió los platos.
Olena se quedó inmóvil.
—¿Los platos?
—Dijo que… los nuestros estaban sucios.
Entonces el teléfono vibró.
2%.
Otro mensaje.
Esta vez provenía de un número desconocido.
“Si estás viva, no confíes en nadie de tu familia.”
Olena sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—¿Quién eres?
La respuesta llegó casi inmediatamente.
“Alguien que vio lo que hicieron.”
Antes de que pudiera escribir otra cosa, Bogdan agarró su muñeca.
—Mamá…
—¿Sí?
—Papá no estaba muerto.
Olena dejó de respirar.
—¿Qué acabas de decir?
—Lo vi ayer.
—¿A quién?
Bogdan cerró los ojos.
—A papá.
Andrei llevaba desaparecido casi dos años.
Olena había recibido una llamada oficial informándole de su muerte en un accidente lejos de casa. Nunca había visto el cuerpo.
Lyudmila había organizado todo.
El funeral.
Los documentos.
Incluso la venta de varias propiedades.
De repente, todas las piezas comenzaron a encajar.
Su madre no había querido separar a los tres en el ataúd.
Había querido asegurarse de que nadie examinara sus cuerpos por separado.
Olena levantó el teléfono otra vez.
La pantalla mostró 1%.
Entonces apareció una última fotografía antes de apagarse.
Era una imagen tomada esa misma noche.
Lyudmila estaba frente al ataúd.
Pero no estaba llorando.
A su lado había un hombre.
Olena amplió la fotografía con dedos temblorosos.
Se quedó paralizada.
Era Andrei.
Vivo.
Y llevaba en la mano una pala.
En ese mismo instante, algo pesado cayó sobre la tierra que cubría el ataúd.
Bogdan comenzó a llorar.
Maxim susurró:
—Mamá…
Olena abrazó a sus hijos.
Entonces escuchó claramente una voz encima de ellos.
—Todavía están vivos.
Otra voz respondió:
—Entonces termina el trabajo.
Olena cerró los ojos.

Habían regresado para comprobar si estaban muertos.
Pero ahora sabían que ella y sus hijos seguían respirando.
Y la única salida estaba dos metros sobre sus cabezas.