Valeria llegó quince minutos después.
Apenas subió al automóvil, miró la llave que yo sostenía entre los dedos.
—¿Dónde la encontraste?
—En la muñeca del cadáver.
Su rostro cambió.
—Entonces tenemos un problema mucho más grande de lo que pensábamos.
Le entregué el teléfono con el último mensaje de Rafael.
Valeria lo leyó dos veces.
—No abras nada sola.
—Tengo que saber quién está en ese ataúd.
—Y yo tengo que impedir que lo incineren.
Marcó a un juez de guardia mientras yo llamaba a la policía.
Menos de una hora después, recibimos la confirmación: la cremación había sido suspendida.
Pero entonces llegó algo peor.
Un investigador me llamó.
—Señora Salgado, necesitamos que venga a identificar unas pertenencias encontradas en el vehículo del accidente.
Fui con Valeria.
Sobre una mesa había una cartera, unas llaves y un teléfono completamente destruido.
Reconocí todo.
Excepto una cosa.
Una alianza matrimonial.
La levanté.
Tenía grabado mi nombre.
Pero la fecha era incorrecta.
—Esta no es la alianza de Rafael —susurré.
El investigador asintió.
—Eso pensamos.
Entonces colocó frente a mí una fotografía tomada antes del accidente.
Era Rafael entrando en un estacionamiento.
A su lado estaba Esteban.
Los dos discutían.
Y en la mano de Esteban aparecía exactamente el mismo reloj que ahora estaba en el cadáver.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Cuándo fue tomada?
—La noche antes del accidente.
Valeria se inclinó sobre la mesa.
—¿Y qué hay detrás?
El investigador amplió la imagen.
En la pared del estacionamiento aparecía una matrícula.
La misma matrícula del automóvil que Rafael me había dicho que nunca utilizaba.
Mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Contesté.
Durante tres segundos solo escuché respiración.
Después, una voz masculina susurró:
—Emilia… no confíes en Esteban.
Me quedé paralizada.
Conocía esa voz.
Era imposible.
Era la voz de Rafael.
—¿Dónde estás? —pregunté.
Hubo silencio.
Luego respondió:
—Debajo de la casa de mi madre.
La llamada terminó.
Valeria me miró.
—¿Qué dijo?
Levanté lentamente la cabeza.
—Rafael está vivo.
Pero antes de que pudiéramos movernos, llegó otro mensaje.
Una fotografía.
Era una habitación oscura.
Una silla.
Una cadena.
Y Rafael sentado en ella, con las manos atadas.
Debajo de la fotografía solo había cuatro palabras:
“Ven sola esta noche.”
Y entonces entendí por qué había dejado aquella llave en el cadáver.

No era para abrir el ataúd.
Era para abrir algo que los Salgado llevaban años escondiendo bajo su propia casa.