PARTE 2: DEJÉ DE SALVARLA

A las ocho y diez de la mañana, Sofia apareció frente a mi escritorio con dos cafés.

Dejó uno junto a mi teclado.

—Elena, tenemos que hablar.

—No.

Parpadeó.

—¿No?

—Tenemos que trabajar.

Abrí la carpeta del caso Harrison.

—Tu informe tiene seis errores. Corrígelos antes de las once.

Su rostro se tensó.

—¿Todavía estás enfadada por Daniel?

—Esto no tiene nada que ver con Daniel.

—Entonces ¿por qué me quitaste del caso?

Levanté la mirada.

—Porque ayer presentaste como tuyo un documento que tuve que rehacer completamente.

Sofia palideció.

—Solo eran pequeños cambios.

Giré el monitor.

Había dos archivos.

Su versión.

La mía.

—Número de expediente incorrecto. Jurisdicción equivocada. Dos precedentes desactualizados. Una cláusula que habría perjudicado a nuestro cliente.

Sofia dejó de hablar.

Durante dos años, aquella conversación nunca había ocurrido.

Porque yo corregía.

Yo cubría.

Yo explicaba a los socios que Sofia estaba aprendiendo.

Cuando llegaba tarde, yo terminaba.

Cuando olvidaba un plazo, yo encontraba una solución.

Cuando cometía un error, yo impedía que llegara hasta arriba.

Había confundido amistad con cargar a otra persona sobre mis hombros.

Se acabó.

A las nueve, el socio director, Marcus Bennett, convocó una reunión.

Daniel no trabajaba en nuestro bufete, así que no tenía idea de lo que estaba ocurriendo.

Sofia sí.

Entramos juntas en la sala.

Tres socios estaban esperando.

Marcus señaló las sillas.

—Elena, ayer aceptaste nuestra propuesta.

Sofia me miró.

—¿Qué propuesta?

Marcus continuó:

—A partir del próximo mes, Elena dirigirá la nueva división de litigios comerciales.

Sofia abrió los ojos.

Era el ascenso que llevaba meses rumoreándose.

Un puesto con equipo propio.

Clientes propios.

Y autoridad para decidir quién trabajaría en mis casos.

Marcus deslizó una carpeta hacia mí.

—También revisamos tu solicitud sobre la redistribución del personal.

Sofia se volvió hacia mí.

—¿Redistribución?

—Sí.

—Elena…

Marcus la interrumpió.

—Señorita Reed, a partir de hoy dejará de formar parte de los asuntos supervisados por la señorita Morgan.

Ella se quedó helada.

—¿Todos?

—Todos.

—Pero llevo dos años trabajando con Elena.

Marcus cruzó las manos.

—Precisamente por eso hemos revisado su desempeño.

Entonces apareció el verdadero problema.

Los socios habían comparado los documentos originales de Sofia con las versiones finales.

Y la diferencia era brutal.

Durante meses habían sospechado que algo no cuadraba.

Una asociada mediocre entregaba borradores impecables cada vez que trabajaba conmigo.

Pero cuando trabajaba sola, acumulaba errores.

Ahora sabían por qué.

Marcus colocó varios documentos sobre la mesa.

—Estos son sus originales.

Después colocó otros.

—Y estas son las versiones corregidas por Elena antes de presentarlas.

Sofia me miró como si yo la hubiera traicionado.

—¿Les enseñaste esto?

—No hizo falta —respondí—. Todo está registrado en el sistema.

—¡Pero tú siempre me ayudabas!

—Exactamente.

Silencio.

—Te ayudaba.

No hacía tu trabajo.

Marcus añadió:

—La firma iniciará una revisión formal de su rendimiento. Hasta entonces, queda fuera de los casos de alto valor.

Sofia empezó a llorar.

—Esto es por Daniel.

Negué.

—Daniel fue la razón por la que dejé de protegerte.

—No es lo mismo.

—Para ti quizá no.

Me levanté.

—Para el bufete, sí.


Daniel me esperaba aquella noche frente al edificio.

Sofia estaba junto a él.

Cuando me vio, caminó hacia mí.

—¿Qué demonios hiciste?

Seguí avanzando.

—Trabajar.

—Sofia dice que intentas conseguir que la despidan.

—No.

Me detuve.

—Simplemente dejé de impedirlo.

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Sofia empezó a llorar.

—Elena está haciendo parecer que soy incompetente.

La miré.

—Entonces demuéstrales que no lo eres.

No respondió.

Daniel dio un paso hacia mí.

—Estás destruyendo siete años de amistad por celos.

—No.

Miré a Sofia.

—Ella destruyó la amistad.

Después lo miré a él.

—Y tú destruiste nuestra relación.

Daniel apretó la mandíbula.

—No te engañé.

—Nunca dije que lo hicieras.

Eso lo desconcertó.

—Entonces ¿qué quieres?

—Nada.

Aquella palabra pareció dolerle más que cualquier acusación.

—Ya no quiero explicaciones. Ni disculpas. Ni promesas.

Miré a ambos.

—Son libres.

Y me fui.


Tres semanas después, Sofia cometió el primer error que yo ya no estaba allí para corregir.

Envió una versión equivocada de un documento importante a un cliente.

Una semana después, incumplió un plazo interno.

Después apareció un tercer problema.

La revisión terminó.

El bufete no la despidió inmediatamente.

Le ofreció un plan formal de mejora y la trasladó a asuntos de menor responsabilidad.

Sofia renunció dos días después.

Según Rachel, dijo que trabajar allí se había vuelto “humillante”.

No respondí.

Por primera vez, sus decisiones ya no eran mi responsabilidad.

Daniel tampoco tardó mucho en descubrir la diferencia entre proteger a Sofia durante momentos agradables y construir una vida con ella.

Un mes después me escribió:

“Creo que cometí un error.”

No respondí.

Después:

“¿Podemos hablar?”

Bloqueé su número.


Seis meses más tarde gané el primer gran juicio como directora de la nueva división.

Cuando regresé al bufete, mi equipo había dejado una botella de champán sobre mi escritorio.

Marcus levantó su copa.

—Por Elena. Esta vez sí vamos a celebrar esos diez millones.

Todos rieron.

Yo también.

Miré alrededor.

Nadie había ocupado mi asiento.

Porque finalmente había entendido algo.

Sofia no me había robado a Daniel.

Daniel había elegido marcharse hacia alguien que necesitaba ser rescatada constantemente.

Y Sofia tampoco había perdido su carrera porque yo quisiera vengarme.

La perdió cuando desapareció la persona que llevaba dos años sosteniéndola en secreto.

Yo solo hice una cosa.

Dejé de salvarlos a los dos.

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