A la mañana siguiente, Alexander entró en mi despacho sin llamar.
Llevaba el mismo traje de la noche anterior.
—Diana, retira la denuncia.
Ni siquiera levanté la mirada.
—Buenos días para ti también.
Golpeó mi escritorio.
—Vanessa está destrozada. Su reputación se ha arruinado.
Cerré lentamente mi ordenador.
—¿Y mi plato?
—¡Es solo un plato!
Sonreí.
—Entonces compra otro.
Su rostro se puso rojo.
—Sabes perfectamente que no puedo.
—Exactamente.
Mi abogada, Victoria Hayes, llegó veinte minutos después.
Traía tres carpetas.
—Diana, tenemos los resultados preliminares de la inspección.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—¿Está dañado?
—La salsa dejó residuos sobre la superficie, pero los especialistas todavía están evaluando si existe algún deterioro permanente.
Respiré aliviada.
Victoria continuó:
—Sin embargo, descubrimos algo mucho más preocupante.
Abrió la segunda carpeta.
Dentro había fotografías de mi caja fuerte.
La cerradura no presentaba daños.
—Alguien utilizó un código válido para abrirla.
Miré a Alexander.
Él apartó la vista.
—¿Le diste mi contraseña? —pregunté.
—Vanessa necesitaba una pieza elegante para su transmisión.
Durante varios segundos no pude hablar.
—¿Y decidiste entregarle una antigüedad de setenta millones?
Alexander se encogió de hombros.
—Pensé que exagerabas su valor.
Victoria intervino:
—Señor Reed, ¿reconoce haber autorizado que la señorita Moore retirara esa pieza?
Él se quedó inmóvil.
—No voy a responder sin mi abogado.
Por primera vez aquella mañana, sonreí de verdad.
—Una decisión inteligente.
Aquella tarde recibí una llamada del museo con el que colaboraba.
—Doctora Reed, necesitamos revisar la documentación de otras piezas de su colección.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—Hemos recibido una oferta privada relacionada con una porcelana que coincide con una de sus antigüedades registradas.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién la ofreció?
Hubo un silencio.
—Una sociedad llamada Moore Heritage Consulting.
Vanessa.
Ordené revisar el inventario completo.
Mi colección contenía cuarenta y ocho piezas históricas.
Cada una tenía fotografías, certificados y registros de conservación.
Cuando terminó la inspección, Victoria me llamó.
—Diana, tenemos un problema.
—Dime.
—Tres piezas parecen haber sido sustituidas por reproducciones.
Me quedé completamente inmóvil.
—¿Cuáles?
—Dos jarrones y una pequeña escultura de jade.
El valor conjunto superaba los doce millones de dólares.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Esa noche Alexander regresó a casa.
Yo lo esperaba en el salón.
Sobre la mesa había fotografías de las piezas desaparecidas.
—¿Dónde están? —pregunté.
Su expresión cambió.
—No sé de qué hablas.
—Tres antigüedades de mi colección han sido sustituidas.
Alexander palideció.
—Diana, no saques conclusiones.
—Entonces ayúdame a entenderlo.
Guardó silencio.
Y comprendí que todavía había secretos que no quería contarme.
Al día siguiente, Vanessa publicó otro video.
Lloraba frente a la cámara.
—Una mujer poderosa está intentando destruirme porque su esposo aprecia mi talento.
Miles de seguidores comenzaron a atacarme.
Me llamaron celosa.
Cruel.
Arrogante.
No respondí.
En cambio, Victoria presentó la documentación pertinente ante las autoridades.
Aquella misma tarde recibimos una noticia.
El plato de la dinastía Yuan había sido recuperado bajo custodia oficial.
Pero Vanessa había declarado algo inesperado.
Alexander le había prometido que pronto toda mi colección sería legalmente suya.
Cuando escuché aquello, pensé que era otra mentira.
Hasta que Victoria me mostró un documento.
Era una propuesta de acuerdo patrimonial.
Llevaba mi nombre.
Y una firma que imitaba la mía.
—Diana, ¿reconoces este documento?
Lo observé.
—Jamás lo había visto.
Victoria señaló una cláusula.
—Aquí se pretende otorgar a Alexander facultades para disponer de determinadas piezas de tu colección.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién lo preparó?
—Un despacho jurídico contratado por su empresa.
Entonces recordé algo.
Tres meses antes, Alexander había insistido en que firmara documentos para reorganizar nuestros seguros.
Me los había dejado sobre la mesa durante una cena.
—Son simples trámites —me aseguró.
Pero yo estaba preparando una exposición internacional.
No los firmé.
Ahora comprendía por qué se había enfadado tanto aquella noche.
Dos días después, Alexander me llamó desde su oficina.
Su voz había perdido toda arrogancia.
—Diana, tenemos que hablar.
—Mi abogada está disponible.
—Por favor. Vanessa me engañó.
Solté una risa amarga.
—¿También te engañó cuando le compraste los bolsos?
—No entiendes.
—Entonces explícame.
Hubo un silencio.
—Vanessa no es quien dice ser.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué significa eso?
—Su nombre real no es Vanessa Moore.
Esa tarde Victoria llegó con una fotografía antigua.
Mostraba a mi padre, fallecido hacía once años, durante una subasta privada.
A su lado estaba una mujer joven.
La reconocí inmediatamente.
Vanessa.
Pero la fotografía tenía dieciséis años.
—Eso es imposible —susurré.
Victoria señaló el reverso.
Había un nombre escrito a mano.
VANESSA LIN.
—Su madre trabajó durante años para un coleccionista que tuvo una disputa legal con tu padre —explicó.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—¿Qué disputa?
—La propiedad de varias antigüedades.
Esa noche revisé los archivos de mi padre.
Encontré correspondencia antigua.
Demandas.
Certificados.
Fotografías.
Y una carta que nunca había leído.
Estaba dirigida a mí.
«Diana, si alguna vez alguien intenta convencerte de que nuestra colección fue adquirida de manera ilegítima, revisa los documentos originales antes de creerlo».
Me quedé mirando aquellas palabras.
Mi padre había previsto que alguien cuestionaría nuestro patrimonio.
Pero ¿por qué?
A la mañana siguiente, Victoria recibió un informe sobre las operaciones de Moore Heritage Consulting.
La empresa había intentado vender una pieza similar a uno de mis jarrones desaparecidos.
El comprador potencial era un empresario llamado Robert Lin.
El mismo apellido que Vanessa había utilizado años atrás.
—¿Es su padre? —pregunté.
Victoria negó.
—No. Según los registros, es su tío.
Entonces añadió:
—Y hace quince años demandó a tu padre por la propiedad de una parte de la colección.
Sentí un escalofrío.
—¿Ganó?
—No. El tribunal rechazó su reclamación.
Aquella tarde recibí una llamada inesperada.
Era Vanessa.
—Diana, necesito verte.
—Habla con mi abogada.
—Alexander no sabe toda la verdad.
Su voz temblaba.
—Mi tío me prometió que recuperaría lo que pertenecía a nuestra familia.
Me quedé en silencio.
—¿Por eso entraste en mi caja fuerte?
Vanessa comenzó a llorar.
—Yo creía que Alexander tenía permiso para usar esas piezas.
—¿Y las otras tres antigüedades?
No respondió.
Entonces comprendí que el silencio también podía ser una confesión.
—Vanessa, dime dónde están.
Ella respiró profundamente.
—Mi tío las tiene.
—¿Dónde?
—En un almacén privado.
Antes de que pudiera continuar, escuché una voz masculina al otro lado.
—¡Vanessa, cuelga inmediatamente!
La llamada terminó.
Una hora después, Victoria llegó a mi casa.
Estaba pálida.
—Diana, encontramos algo en los archivos notariales de tu padre.
Me entregó un documento fechado diecisiete años atrás.
Era un acuerdo privado entre mi padre y Robert Lin.
Lo leí lentamente.
El documento mencionaba una colección de porcelanas y un depósito destinado a garantizar su conservación.
Pero lo que me dejó sin respiración fue la última página.
Allí aparecía una fotografía del plato azul y blanco.
Mi plato.
El de setenta millones.
Debajo había una anotación manuscrita:
«LA PIEZA ORIGINAL PERMANECERÁ BAJO CUSTODIA HASTA QUE DIANA CONOZCA LA VERDAD».
Levanté la mirada.
—¿Qué significa esto?
Victoria respiró profundamente.
—Diana, los especialistas acaban de detectar una discrepancia entre las fotografías históricas y el plato recuperado.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Estás diciendo que es falso?
—Todavía necesitamos una autentificación completa.
Entonces colocó una segunda fotografía frente a mí.
Era una imagen tomada en el almacén de Robert Lin.
Sobre una mesa, protegido por una vitrina, había otro plato azul y blanco.
Idéntico al mío.
Y junto a él aparecía Alexander.
Mi esposo.
La fotografía tenía fecha de hacía seis meses.

Mucho antes de que Vanessa utilizara aquel plato en su transmisión.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…