Cuando abrí aquella carta, encontré tres cosas: una fotografía antigua, una llave pequeña y una hoja escrita con la letra temblorosa de doña Carmen.
Lo primero que leí me hizo llorar.
«Querido Diego: perdóname por todas las veces que prometí pagarte y no lo hice. La verdad es que nunca tuve dinero suficiente para recompensar tu bondad. Pero hay algo que debes saber antes de juzgarme».
Me senté en las escaleras de la iglesia.
Mis manos comenzaron a temblar.
«Durante estos meses no solamente limpiaste mi casa. Me devolviste las ganas de despertar cada mañana».
Una lágrima cayó sobre el papel.
Continué leyendo.
«Mis tres hijos dejaron de visitarme hace años. Cuando les pedía ayuda, decían que estaban ocupados. Cuando les hablaba de mis dolores, cambiaban de tema. Pero tú, un muchacho que apenas tenía dinero para comer, me llevabas sopa caliente y me acompañabas al hospital».
Tuve que detenerme.
Recordé todas aquellas tardes en que doña Carmen me esperaba junto a la ventana.
Siempre sonreía cuando me veía llegar.
Nunca imaginé cuánto significaban mis visitas.
La siguiente frase me dejó completamente inmóvil.
«Diego, la llave que encontrarás en este sobre abre el cajón inferior de mi viejo armario. Allí guardé algo que necesito que entregues personalmente al licenciado Arturo Salcedo».
Debajo aparecía una dirección.
Y una advertencia:
«No permitas que mis hijos encuentren ese cajón antes que tú».
Sentí un escalofrío.
¿Por qué doña Carmen tendría miedo de sus propios hijos?
Guardé la carta y regresé inmediatamente a su casa.
Pero cuando llegué, descubrí que la puerta estaba abierta.
Dentro escuché voces.
—¡Tiene que haber dinero en alguna parte! —gritaba un hombre.
Me quedé paralizado.
Era Ricardo, el hijo mayor de doña Carmen.
Lo había visto una sola vez.
Aquella tarde había llegado en una camioneta elegante, había discutido con su madre y se había marchado sin despedirse.
Ahora estaba revolviendo sus pertenencias.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó al verme.
—Vine a recoger unas cosas que doña Carmen me dejó.
Ricardo soltó una carcajada.
—¿Tú? ¿El muchacho que limpiaba?
Asentí.
—Sí.
Su expresión cambió.
—Mi madre no tenía nada que dejarte.
Entonces apareció su hermana Patricia.
—Ricardo, déjalo. Tenemos asuntos más importantes.
Pero él se acercó.
—Escúchame, muchacho. Si mi madre te prometió dinero, olvídalo. Todo lo que hay aquí pertenece a la familia.
Apreté la llave dentro de mi bolsillo.
—No vine a pedir dinero.
Ricardo me observó con desconfianza.
—Entonces márchate.
Salí sin discutir.
Pero aquella noche regresé acompañado del licenciado Salcedo, después de explicarle lo ocurrido.
El abogado tenía aproximadamente sesenta años.
Cuando le mostré la carta, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Así que Carmen finalmente encontró a alguien en quien confiar —murmuró.
—¿Qué significa eso?
Me miró seriamente.
—Primero necesitamos recuperar el contenido del cajón.
Con autorización del encargado de la sucesión, entramos en la casa.
La pequeña llave encajó perfectamente.
Dentro encontramos una caja metálica.
Había documentos, fotografías y un sobre sellado.
Arturo abrió el sobre.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Dios mío…
—¿Qué ocurre?
Me mostró una escritura antigua.
Era el documento de propiedad de un edificio de tres plantas ubicado en el centro de Guadalajara.
Reconocí la dirección.
Estaba cerca de mi universidad.
—¿Eso pertenecía a doña Carmen?
El abogado asintió.
—Y sigue formando parte de su patrimonio.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—Pero ella vivía prácticamente sin comida.
Arturo bajó la mirada.
—Porque sus hijos administraban los ingresos de sus propiedades.
Durante los siguientes minutos descubrí una historia que jamás habría imaginado.
Doña Carmen y su esposo habían construido un pequeño negocio de alquileres durante cuarenta años.
Después de enviudar, ella permitió que Ricardo administrara las propiedades.
Pero el dinero dejó de llegar.
Ricardo afirmaba que los edificios apenas generaban ingresos.
Carmen nunca pudo comprobarlo.
Y terminó viviendo de una pequeña pensión.
—¿Por qué no denunció lo que ocurría? —pregunté.
Arturo suspiró.
—Porque seguía esperando que su hijo cambiara.
Aquellas palabras me rompieron el corazón.
Entonces el abogado encontró otro documento.
Era un testamento.
Y debajo aparecía mi nombre completo.
DIEGO RAMÍREZ.
Me quedé sin respiración.
—¿Por qué estoy ahí?
Arturo me observó en silencio.
—Porque Carmen te nombró beneficiario de una parte de su patrimonio.
Sentí que las piernas me fallaban.
—Eso no puede ser. Apenas la conocí unos meses.
El abogado sonrió tristemente.
—A veces unos meses de cariño verdadero valen más que años de indiferencia.
Pero antes de que pudiera responder, sonó su teléfono.
Era Ricardo.
Arturo escuchó durante unos segundos.
Su expresión se endureció.
—No, Ricardo. No puedes vender ese edificio sin resolver primero la sucesión.
Hubo un grito al otro lado.
Después la llamada terminó.
Arturo me miró.
—Tenemos un problema.
—¿Qué sucede?
—Ricardo acaba de enterarse de que existe un nuevo testamento.
Sentí un escalofrío.
—¿Y qué hará?
El abogado guardó silencio.
—Probablemente intentará impugnarlo.
Aquella noche regresé a mi habitación universitaria completamente confundido.
No quería problemas.
No quería enfrentarme a una familia poderosa.
Solo había querido ayudar a una anciana que estaba sola.
Entonces encontré algo dentro del sobre original.
Una segunda hoja, doblada cuidadosamente.
La abrí.
«Diego, si estás leyendo esto, seguramente ya conoces el edificio».
Tragué saliva.
«Pero no quiero que pienses que te lo dejo como pago por limpiar mi casa. Tu bondad no tiene precio».
Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
«Hay una razón más importante por la que te elegí».
Continué leyendo.
«Hace veintidós años, mi hijo menor, Gabriel, desapareció después de una discusión familiar. Nunca dejé de buscarlo».
Me quedé inmóvil.
Veintidós años.
Yo tenía veintiuno.
La carta continuaba.
«Cuando llegaste a mi puerta, tu rostro me recordó tanto al suyo que por un instante creí estar soñando».
Sentí que el corazón comenzaba a acelerarse.
Entonces leí la última frase.
«Diego, necesito que le preguntes a tu madre por qué nunca te habló de Gabriel Salcedo».
Solté el papel.
Gabriel Salcedo.
El mismo apellido del abogado.
Y el nombre que aparecía en una fotografía antigua guardada entre las pocas pertenencias de mi madre.
Tomé mi teléfono y llamé a casa.
Mi madre respondió con su voz habitual.
—¿Diego? ¿Todo bien, hijo?
Respiré profundamente.
—Mamá, necesito preguntarte algo.
—Claro, cariño.
Miré nuevamente la carta.
—¿Quién era Gabriel Salcedo?
Al otro lado se hizo un silencio absoluto.
Después escuché un pequeño sollozo.
—Diego… ¿dónde escuchaste ese nombre?
Sentí que las manos me temblaban.
—Una anciana llamada Carmen me dejó una carta.
Mi madre comenzó a llorar.
—Dios mío…
—Mamá, ¿qué está pasando?
Su respuesta me dejó completamente paralizado.
—Diego, Carmen era tu abuela.
Sentí que el mundo desaparecía.
—¿Qué?
Mi madre respiró entre lágrimas.
—Y Gabriel… era tu padre.
Miré la fotografía que había encontrado en la caja.
El joven de la imagen tenía mis mismos ojos.
Mi misma sonrisa.
Entonces comprendí por qué doña Carmen siempre me miraba con tanta ternura.
Pero antes de que pudiera decir algo, mi madre añadió:

—Hijo, hay algo más que debes saber. Tu padre no desapareció voluntariamente. Y Ricardo sabe exactamente lo que ocurrió aquella noche.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…