PARTE 2: LA FORTUNA OCULTA

Aaron Prescott pensaba que había perdido a una esposa obediente.

Todavía no sabía que estaba a punto de perder algo mucho más importante.

Tres días después de nuestro enfrentamiento en el vestíbulo, Nathan Brooks me llamó.

—Claire, los abogados de Aaron quieren una reunión urgente.

—¿Para qué?

—Dicen que tu mensaje en Slack perjudicó la reputación de Prescott Global.

Solté una risa amarga.

—¿Y su aventura con Jasmine no?

Nathan guardó silencio un instante.

—Hay algo más. Están solicitando información sobre tus inversiones.

Me quedé inmóvil.

—Entonces Aaron finalmente decidió averiguar quién era su esposa.

La reunión se celebró el jueves.

Aaron llegó acompañado por dos abogados.

Jasmine estaba sentada a su lado.

Aquello me sorprendió menos de lo que debería.

Llevaba un elegante traje blanco y una sonrisa que desapareció cuando entré.

—Claire —comenzó Aaron—, todavía podemos resolver esto civilizadamente.

Me senté frente a él.

—Eso intento hacer desde que presenté el divorcio.

Su abogado deslizó una carpeta sobre la mesa.

—La señora Prescott deberá revelar sus activos conforme al procedimiento correspondiente.

Nathan respondió tranquilamente:

—Por supuesto. También solicitaremos la documentación financiera completa del señor Prescott.

Aaron frunció el ceño.

—¿Para qué?

Nathan sonrió.

—Porque la transparencia funciona en ambas direcciones.

Entonces llegó el momento que ninguno esperaba.

Nathan colocó sobre la mesa los documentos de mi participación en Hawthorne Capital Partners.

Mi abuelo había sido uno de sus fundadores.

Durante años, aquella firma había invertido discretamente en empresas de tecnología, infraestructura y bienes raíces.

Aaron conocía el nombre.

Pero jamás había preguntado por mi participación.

Su abogado comenzó a leer.

Después se detuvo.

Volvió a mirar la primera página.

—¿Este porcentaje es correcto?

Nathan asintió.

—Completamente.

Aaron tomó el documento.

Su rostro perdió el color.

Yo poseía el dieciocho por ciento de Hawthorne Capital.

Y la valoración más reciente de mi participación superaba los ciento ochenta millones de dólares.

—Eso es imposible —murmuró Aaron.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Nunca me dijiste que tenías tanto dinero.

—Nunca me preguntaste.

Jasmine se inclinó hacia adelante.

—¿Y se supone que debemos creer que una ama de casa tiene semejante fortuna?

Nathan levantó lentamente la mirada.

—Señorita Cole, mi clienta no está obligada a justificar su patrimonio ante usted.

Jasmine enrojeció.

Pero Aaron seguía mirando los documentos.

Como si acabara de descubrir que había vivido tres años junto a una desconocida.

Aquella tarde recibí una llamada de mi madre.

—Claire, tu abuelo estaría orgulloso de cómo estás defendiendo tu independencia.

Sonreí tristemente.

—Ojalá estuviera aquí.

—Hay algo que necesito contarte.

Su voz cambió.

—¿Recuerdas cuando tu abuelo dijo que algún día tendrías que tomar una decisión importante sobre Hawthorne?

—Sí.

—Ese día ha llegado.

Me incorporé.

—¿Qué quieres decir?

—El consejo de inversión está considerando adquirir una participación estratégica en Prescott Global.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Desde cuándo?

—Hace seis meses.

Me quedé inmóvil.

Seis meses.

Exactamente cuando Aaron comenzó a pasar más noches fuera de casa.

—Mamá, ¿quién está negociando la operación?

Hubo un silencio.

—Jasmine Cole.

Sentí un escalofrío.

Al día siguiente me reuní con el director ejecutivo de Hawthorne Capital, Richard Bennett.

Había trabajado con mi abuelo durante veinticinco años.

Me recibió en una sala privada.

—Claire, esperaba que vinieras.

—Necesito saber qué está ocurriendo con Prescott Global.

Richard abrió una carpeta.

—La empresa de tu esposo tiene problemas financieros más serios de lo que aparenta.

Fruncí el ceño.

—Aaron siempre dijo que los ingresos estaban creciendo.

—Los ingresos sí. Pero también la deuda.

Me mostró varios informes.

Prescott Global había comprometido activos importantes para financiar una expansión internacional.

Y una de sus filiales estaba incumpliendo ciertos compromisos bancarios.

—¿Qué tiene que ver Jasmine?

Richard señaló una transferencia.

—Su departamento autorizó pagos importantes a tres empresas consultoras.

Observé los nombres.

Dos eran desconocidos.

El tercero me resultó familiar.

MONROE ADVISORY GROUP.

Recordé haber visto aquel nombre en una factura olvidada dentro del maletín de Aaron.

—¿Quién es el propietario?

Richard me entregó otra hoja.

—Estamos verificando la estructura completa, pero los registros indican que una sociedad vinculada a Jasmine tiene participación en ella.

Sentí que la mandíbula se me tensaba.

—¿Aaron lo sabe?

—Eso todavía no está claro.

Dos días después, Nathan recibió una comunicación de los abogados de Aaron.

Mi esposo quería reconciliarse.

Me había enviado flores.

Una carta de seis páginas.

Y un mensaje que decía:

«Claire, cometí errores, pero nuestro matrimonio merece otra oportunidad».

Leí aquellas palabras sin sentir nada.

No porque nunca lo hubiera amado.

Sino porque había pasado demasiado tiempo esperando que él me eligiera.

Y cuando finalmente pareció dispuesto a hacerlo, yo ya había aprendido a elegirme a mí misma.

El viernes, Aaron apareció frente a mi casa de Marblehead.

Estaba lloviendo.

Lo observé desde la ventana antes de abrir.

—Necesitamos hablar —dijo.

—Nuestros abogados pueden hacerlo.

—Claire, por favor.

Su voz sonaba diferente.

Cansada.

Casi desesperada.

—No sabía que Hawthorne Capital era tuya.

Lo miré fijamente.

—No es mía. Soy una de sus accionistas.

Aaron respiró profundamente.

—Están considerando invertir en Prescott Global.

—Lo sé.

Sus ojos se abrieron.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de que descubrieras que tu esposa tenía una vida financiera propia.

Aaron bajó la cabeza.

—La empresa podría quebrar si no conseguimos financiación.

Sentí una tristeza inesperada.

Durante años había escuchado a Aaron hablar de Prescott Global como si fuera un imperio indestructible.

Ahora comprendía cuánto había ocultado.

—¿Jasmine conoce la situación?

Su expresión cambió.

—Ella está negociando con varios inversionistas.

—¿Incluyendo Monroe Advisory Group?

Aaron se quedó completamente inmóvil.

—¿Cómo sabes ese nombre?

No respondí.

Y su silencio me dijo que acababa de tocar algo importante.

Esa noche Richard me llamó.

—Claire, encontramos una irregularidad.

—¿Qué ocurrió?

—Una de las consultoras recibió pagos por servicios que todavía no hemos podido verificar.

—¿Cuánto dinero?

—Aproximadamente nueve millones de dólares.

Me quedé helada.

—¿Y quién autorizó los contratos?

Richard respiró profundamente.

—Jasmine. Pero aparecen aprobaciones electrónicas realizadas desde la cuenta ejecutiva de Aaron.

Cerré los ojos.

Aquello podía significar varias cosas.

Y ninguna era buena.

El lunes se celebró una reunión extraordinaria de la junta directiva de Prescott Global.

Yo no asistí.

Pero Nathan me llamó después.

—Claire, Jasmine fue suspendida mientras realizan una auditoría interna.

—¿Y Aaron?

—La junta está revisando su responsabilidad en las operaciones.

Me senté lentamente.

—¿Qué sucederá ahora?

—Dependerá de lo que encuentren.

Esa tarde recibí un mensaje de un número desconocido.

«Señora Prescott, trabajé con Jasmine durante dieciocho meses. Hay algo que debería saber».

Respondí:

«¿Quién es?»

«Rebecca Lane. Fui su asistente ejecutiva».

Un minuto después llegó una fotografía.

Mostraba a Jasmine entrando en un restaurante junto a un hombre mayor.

Reconocí inmediatamente su rostro.

Charles Prescott.

El padre de Aaron.

Sentí que se me helaba la sangre.

Rebecca envió otro mensaje.

«Jasmine no empezó a trabajar en Prescott Global por casualidad. Charles la recomendó personalmente».

Me quedé inmóvil.

Siempre había pensado que Charles me despreciaba porque no provenía de una familia empresarial suficientemente importante.

Ahora recordé sus comentarios.

«Aaron necesita una esposa que comprenda el verdadero valor del apellido Prescott».

Y sus elogios constantes hacia Jasmine.

Llamé inmediatamente a Nathan.

—Necesito que investigues la relación entre Charles Prescott y Monroe Advisory Group.

—¿Por qué?

—Porque creo que Jasmine no estaba actuando sola.

Nathan guardó silencio.

Después respondió:

—Claire, hay algo que no te he contado.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué?

—Los abogados de Prescott Global encontraron una autorización firmada por Charles para crear una sociedad de inversión vinculada a Monroe.

Me quedé sin palabras.

Al día siguiente Aaron volvió a llamarme.

Esta vez contesté.

—Claire, necesito pedirte disculpas.

—Ya lo hiciste.

—No por la aventura.

Su voz tembló.

—Por algo que acabo de descubrir.

Me incorporé.

—¿Qué cosa?

—Mi padre conocía a Jasmine antes de que ella entrara en la empresa.

—Lo sé.

Aaron guardó silencio.

—¿Cómo?

—Eso ya no importa. Continúa.

Respiró profundamente.

—Encontré correos entre ellos. Mi padre le pidió que se acercara a mí.

Sentí que el corazón se aceleraba.

—¿Por qué?

—Porque quería que me divorciara de ti.

No respondí.

Aaron continuó:

—Mi padre descubrió hace un año que Hawthorne Capital estaba vinculada a tu familia.

Cerré los ojos.

—¿Y?

—Pensó que, si nuestro matrimonio terminaba, podría negociar con Hawthorne sin que tú intervinieras.

Solté una risa amarga.

—Entonces Jasmine era parte de su estrategia.

—Eso parece. Pero yo fui quien decidió traicionarte, Claire. Nadie me obligó.

Por primera vez, Aaron asumió su responsabilidad sin intentar justificarse.

Pero ya era demasiado tarde.

Aquella noche Richard llegó a mi casa con una carpeta negra.

—Claire, encontramos algo que debes ver personalmente.

La abrió sobre la mesa.

Dentro había una propuesta de adquisición de Prescott Global.

La fecha era de ocho meses antes.

La empresa compradora aparecía registrada bajo un nombre desconocido.

NORTHBRIDGE HOLDINGS.

—¿Quién está detrás? —pregunté.

Richard me miró.

—Charles Prescott controla una parte importante de esa sociedad.

Sentí un escalofrío.

—¿El padre de Aaron quiere comprar la empresa de su propio hijo?

Richard asintió.

—A través de una operación que podría dejar a Aaron sin el control que cree tener.

Entonces señaló una cláusula.

—Pero hay algo más.

Leí el documento.

Northbridge había propuesto utilizar determinadas garantías vinculadas a las acciones familiares.

Y entre los anexos aparecía una autorización.

Supuestamente firmada por Aaron.

Con fecha de tres meses antes.

—¿Aaron sabe esto?

Richard negó.

—No lo sabemos.

Tomé una fotografía y se la envié.

Su respuesta llegó inmediatamente.

«Claire, jamás firmé ese documento».

Pero el verdadero impacto llegó unos minutos después.

Richard sacó un segundo archivo.

—Tu abuelo dejó instrucciones especiales sobre ciertas inversiones antiguas.

Fruncí el ceño.

—¿Qué inversiones?

—Una participación indirecta en Prescott Global adquirida hace muchos años.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Cuánto?

Richard respiró profundamente.

—Lo suficiente para que Hawthorne tenga derechos que nunca se han ejercido.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué nadie me lo dijo?

—Porque tu abuelo estableció que solo podrías conocer esos documentos cuando asumieras formalmente tus responsabilidades como accionista.

Richard colocó una última hoja frente a mí.

Era una carta escrita por mi abuelo.

Reconocí inmediatamente su letra.

«Querida Claire: si alguna vez los Prescott intentan hacerte sentir inferior, recuerda que el dinero no determina el valor de una persona. Pero también recuerda que nuestra familia ayudó a construir parte de aquello que ellos consideran exclusivamente suyo».

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

Seguí leyendo.

«Charles Prescott me hizo una promesa hace veinticinco años. Nunca la cumplió. Conservé los documentos porque sabía que algún día alguien tendría que exigirle responsabilidades».

Levanté la mirada.

—¿Qué promesa?

Richard guardó silencio.

Después respondió:

—Claire, hay una razón por la que Charles se opuso tanto a tu matrimonio.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuál?

Richard señaló la última página.

Allí aparecía una fotografía antigua.

Mi abuelo.

Charles Prescott.

Y una mujer joven sosteniendo a un recién nacido.

Reconocí a la mujer inmediatamente.

Era mi madre.

Pero el bebé no era yo.

—Richard… ¿quién es ese niño?

Su expresión se volvió grave.

—Eso es lo que tu abuelo quería que descubrieras.

Miré la fecha escrita detrás de la fotografía.

Veintisiete años antes.

El mismo año en que nació Aaron.

Entonces leí la anotación manuscrita.

«CHARLES DEBE DECIRLE LA VERDAD A AARON ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE».

Sentí que el mundo se detenía.

Porque acababa de comprender que la traición de mi esposo podía ser apenas la primera pieza de un secreto familiar que llevaba décadas esperando salir a la luz.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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