PARTE 2: CUANDO QUISO RECUPERARME, YA ERA TARDE

Lucas llegó a la villa pasada la medianoche.

Nina estaba sentada en el asiento del copiloto.

—Gracias por recogerme —dijo ella—. Pensé que Clara estaría molesta.

Lucas no respondió.

Acababa de leer mi mensaje.

Entró directamente al dormitorio.

Encontró el acuerdo sobre la mesa.

Mi firma estaba al final.

También encontró la tarjeta donde había guardado cada transferencia que él me hizo durante cuatro años.

Intacta.

Los bolsos seguían en el armario.

Las joyas, en sus cajas.

Hasta nuestro anillo de aniversario estaba allí.

Lucas llamó al señor Grant.

—¿Dónde está Clara?

—Se marchó.

—¿Con cuánto dinero?

El anciano lo miró decepcionado.

—Con el suyo.

Aquellas palabras parecieron irritarlo.

—¿Por qué no la detuvo?

—Porque ella no es una prisionera.

Lucas tomó las llaves.

Nina apareció en la puerta.

—Lucas, déjala. Quizá sea mejor así.

Él se volvió.

Durante años había imaginado el regreso de Nina.

Ahora ella estaba allí.

Y, extrañamente, lo único que podía pensar era en mí.

En la medicina preparada sobre su escritorio.

En las camisas planchadas.

En la luz que siempre dejaba encendida cuando él llegaba tarde.

En todas aquellas pequeñas cosas que nunca había considerado amor porque siempre estuvieron disponibles.

—Vete a casa, Nina.

Ella palideció.

—¿Qué?

—Necesito encontrar a mi esposa.

—Tu exesposa.

Lucas quedó inmóvil.

Por primera vez comprendió aquella palabra.

Exesposa.


Yo llegué a Southport al amanecer.

Alquilé una habitación pequeña frente al mar y conseguí trabajo en un estudio de diseño.

No era señora Hawthorne.

Nadie conocía mi apellido.

Era simplemente Clara.

Y me gustaba.

Tres meses después recibí los documentos.

Lucas finalmente había firmado.

Pensé que aquello sería el final.

Me equivocaba.

Seis meses después salía del trabajo cuando vi un automóvil negro estacionado frente al edificio.

Lucas estaba apoyado contra la puerta.

Parecía más delgado.

—Te encontré.

Seguí caminando.

Él me alcanzó.

—Clara, espera.

—¿Para qué?

Lucas quedó sin palabras.

Quizá había imaginado lágrimas.

Quizá una reconciliación.

Pero yo ya no era aquella mujer.

—Nina y yo nunca estuvimos juntos después de que regresó.

—Eso ya no importa.

—Me equivoqué.

—Lo sé.

—Puedo cambiar.

Lo miré.

—También lo sé.

Aquello pareció darle esperanza.

Entonces terminé:

—Pero puedes cambiar para la próxima persona.

Su rostro se quebró.

—¿Ya no me amas?

Pensé en la chica de dieciséis años que convirtió tres palabras amables en diez años de amor.

Finalmente sonreí.

—No lo suficiente para volver.

Pasé junto a él.

Lucas no intentó detenerme.

Porque finalmente había comprendido algo que yo tardé cuatro años en aprender:

amar a alguien no significa esperar eternamente a que te elija.

Y mientras caminaba hacia el mar sin mirar atrás, Lucas permaneció solo junto al automóvil.

Nina había regresado.

Yo había desaparecido.

Y él había terminado perdiendo a ambas.

Solo que a una nunca la había tenido realmente.

Y a la otra…

la tuvo durante cuatro años y nunca supo valorarla.

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