PARTE 2: EL SECRETO DETRÁS DEL NOMBRE DE HARPER

—¿Cómo sabe mi nombre?

La mujer ignoró mi pregunta.

—No abandones el callejón.

Miré a Ethan.

Su cabeza empezaba a caer hacia un lado.

—¡Necesita una ambulancia!

—Ya va en camino.

—¿Quiénes son ustedes?

Hubo una breve pausa.

—Personas que llevamos once años buscándote.

Sentí que el frío atravesaba mi cuerpo.

—Tengo once años.

—Lo sabemos.

La llamada terminó.

Me arrodillé junto a Ethan.

—¿Qué significa eso?

Él abrió los ojos con esfuerzo.

—Mira dentro de mi bolsillo izquierdo.

Encontré un pequeño sobre impermeable.

Dentro había una fotografía.

Una mujer joven sostenía a una bebé.

La bebé llevaba una pulsera.

HARPER.

Giré la fotografía.

Había una fecha escrita.

Exactamente once años atrás.

—¿Quién es ella?

Ethan tragó saliva.

—Tu madre.

Retrocedí.

—Mi madre murió cuando nací.

—Eso te dijeron.

Antes de que pudiera preguntar más, varias luces aparecieron al final del callejón.

Tres vehículos negros.

Una ambulancia.

Y dos camionetas blindadas.

Hombres con trajes oscuros salieron primero.

Después descendió una mujer de unos cincuenta años.

Corrió hacia nosotros.

—¡Ethan!

Los paramédicos se llevaron a los gemelos.

Pero cuando intentaron quitarme a la pequeña, ella comenzó a llorar.

—Está bien —susurré—. Estoy aquí.

La mujer me observó.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Dios mío.

—¿Qué?

Se acercó lentamente.

—Tienes sus ojos.

Apreté la fotografía.

—¿De quién?

Ella miró a Ethan.

—¿Se lo dijiste?

Él negó débilmente.

—No tuve tiempo.

La mujer se presentó como Margaret Grant, hermana de Ethan.

Entonces me explicó algo imposible.

Durante meses, Ethan había financiado en secreto una investigación sobre una desaparición ocurrida once años atrás.

La mía.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá.

Margaret sacó una carpeta.

Dentro había fotografías mías.

Saliendo de la escuela.

Ayudando a la señora Collins con sus bolsas.

Reparando aquel escritorio.

Sentí miedo.

—¿Me estaban siguiendo?

—Protegiendo.

—¿De quién?

Ethan intentó incorporarse en la camilla.

—Margaret, todavía no.

Ella lo miró.

—Casi te mataron esta noche.

Después se volvió hacia mí.

—Harper, Ethan sabía que pasabas por este callejón.

—¿Entonces vino aquí buscándome?

—Sí.

Miré a los gemelos.

—¿Y ellos?

Margaret guardó silencio.

Ethan respondió.

—Son mis hijos.

—¿Quién intentó hacerles daño?

Sus ojos se endurecieron.

—La misma persona que hizo desaparecer a tu madre.

Las sirenas se acercaban.

Entonces Ethan me tendió la mano.

—Harper, escucha.

Me acerqué.

—Tu apellido no es Miller.

Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.

—¿Entonces cuál es?

Ethan miró a Margaret.

Ella sacó otro documento.

Era un certificado de nacimiento.

Nombre: Harper Elise Grant.

Me quedé inmóvil.

—Grant…

Miré a Ethan.

—¿Qué eres tú para mí?

Una lágrima recorrió su rostro.

—No soy tu padre.

Por alguna razón, aquella respuesta me dolió.

Entonces añadió:

—Tu madre era mi hermana pequeña.

No pude hablar.

Margaret se tapó la boca para contener un sollozo.

—Entonces ustedes…

—Somos tu familia.

Las piernas me temblaron.

Once años creyendo que no tenía a nadie.

Once años esperando sola después de clase.

Y dos desconocidos acababan de decirme que pertenecía a ellos.

Pero Ethan todavía sujetaba mi muñeca.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—La familia con la que vives no te encontró por casualidad.

Sentí que todo dentro de mí se detenía.

—¿Qué quieres decir?

Ethan miró hacia la entrada del callejón.

Uno de los hombres de seguridad acababa de recibir una llamada.

Su rostro cambió.

—Señor Grant —dijo—, tenemos movimiento en casa de los Miller.

Ethan cerró los ojos.

—Llegaron antes de lo esperado.

—¿Quiénes?

Margaret me agarró de los hombros.

—Harper, la mujer a la que llevas once años llamando mamá no te adoptó.

—¿Entonces qué hizo?

Margaret respiró profundamente.

—Te secuestró.

Mi teléfono vibró.

Miré la pantalla.

“Mamá”.

Respondí con las manos temblando.

Pero la voz al otro lado no era la suya.

Era la de un hombre.

—Harper, vuelve a casa ahora mismo.

Ethan palideció al reconocer aquella voz.

—Cuelga.

El hombre continuó:

—Y dile a Ethan Grant que esta vez no cometeremos el mismo error que cometimos con tu madre.

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