Alexander cumplió su promesa.
O al menos eso creyó.
Tres días después me enseñó un mensaje que había enviado a Ivy:
“Se acabó. No vuelvas a buscarme.”
Luego dejó el teléfono sobre la mesa y me miró esperando algo.
Una sonrisa.
Un abrazo.
Quizá gratitud.
—Ya está, Natalie.
Asentí.
—Bien.
Su expresión se tensó.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que haga?
—Te elegí.
Casi me reí.
Durante tres años yo había esperado que esas palabras significaran algo.
Ahora llegaban demasiado tarde.
—No, Alexander. Me elegiste cuando te obligaron a escoger.
Aquella noche durmió abrazándome otra vez.
Yo permanecí despierta hasta el amanecer.
A las siete recibí el correo de mi abogado.
Documentación preparada.
Me levanté sin despertarlo.
Durante las semanas siguientes, Alexander intentó reconstruir nuestro matrimonio como si se tratara de una empresa en crisis.
Llegaba temprano.
Compraba flores.
Cancelaba viajes.
Incluso reservó el restaurante donde me había pedido matrimonio.
Pero había algo que él todavía ignoraba.
Yo seguía recibiendo los informes del investigador.
Ivy no había desaparecido.
Alexander le había comprado un apartamento seis meses antes.
Seguía pagando sus gastos.
Y la empresa de su hermano continuaba recibiendo contratos de Shaw Global.
Una tarde encontré la última prueba.
Alexander estaba duchándose cuando apareció una notificación en su tableta.
Ivy: “El médico confirmó la fecha. No puedo seguir ocultándolo.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
Después llegó otra.
“Estoy embarazada, Alexander.”
No sentí celos.
Sentí alivio.
Por fin tenía una puerta que podía cerrar sin volver a mirar atrás.
Esa noche preparé la cena.
Alexander llegó con una caja de terciopelo.
—Tengo algo para ti.
Dentro había un collar de diamantes.
—Quiero que empecemos de nuevo.
Lo dejé sobre la mesa.
Después puse delante de él una carpeta.
—Yo también tengo algo.
Alexander la abrió.
Su rostro perdió el color.
SOLICITUD DE DIVORCIO.
—Natalie…
—No quiero la casa. Tampoco tus joyas.
Pasó las páginas rápidamente.
—¿Qué significa esto?
—Exactamente lo que dice.
Se levantó.
—¡Terminé con Ivy!
Saqué una copia del mensaje.
La puse encima de los documentos.
Alexander se quedó inmóvil.
—Está embarazada —dije.
Su silencio fue suficiente.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Dos semanas.
Cerré los ojos un instante.
Dos semanas.
Mientras me llevaba flores.
Mientras dormía abrazándome.
Mientras me prometía empezar de nuevo.
—Entonces nunca terminaste con ella.
—Es complicado.
—No. Ahora es muy sencillo.
Me puse de pie.
—Puedes tener la vida que elegiste.
Alexander me agarró de la muñeca.
—¿Y nosotros?
Lo miré.
—“Nosotros” terminó durante esos tres años. Yo simplemente tardé en enterarme.
Por primera vez vi verdadero miedo en sus ojos.
—Natalie, puedo arreglarlo.
Negué lentamente.
—Ese siempre fue tu problema. Creíste que yo era algo que podías guardar mientras decidías qué hacer con Ivy.
Retiré mi mano.
Mi maleta estaba preparada arriba.
Alexander la vio cuando bajé.
—¿Ya habías planeado marcharte?
—Desde la noche que me dijiste que fingiera no saber nada.
Se quedó completamente quieto.
Entonces comprendió.
Su elección nunca había sido entre Ivy y yo.
La elección real había sido mía.
Y yo ya la había hecho.
Seis meses después, firmamos el divorcio.
Alexander intentó detenerlo hasta el último momento.
Ivy tampoco obtuvo el final que esperaba. Cuando comprendió que Alexander no pensaba casarse inmediatamente con ella, la relación empezó a romperse.
Pero aquello ya no era asunto mío.
Acepté un puesto en Londres que había rechazado años atrás por nuestro matrimonio.
Recuperé amistades.
Volví a viajar.
Y aprendí algo extraño: dormir sola no se sentía tan solitario como dormir junto a un hombre preguntándome a quién pertenecía realmente su abrazo.
Un año después vi a Alexander por casualidad en un aeropuerto.
Parecía más viejo.
Se acercó.
—Natalie.
Me detuve.
—Escuché que te va bien.
—Sí.
Miró mi maleta.
—¿Vuelves a viajar?
Sonreí.
—Siempre.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Entonces preguntó:
—Si aquella noche hubiera elegido inmediatamente… ¿habrías seguido conmigo?
Pensé en la mujer que había sido.
La que esperó tres años.
La que habría perdonado casi cualquier cosa con tal de conservarlo.
—Probablemente.
Alexander bajó los ojos.
—Entonces perdí mi oportunidad.
—No.
Negué suavemente.
—La tuviste durante años.
Tomé mi maleta.
—Simplemente estabas demasiado ocupado viviendo otra vida para darte cuenta.
Y me marché.
Esta vez Alexander no intentó detenerme.
Porque finalmente había comprendido que el peor castigo no fue perder a Ivy ni dividir sus bienes en un divorcio.
Fue descubrir que la mujer que una vez habría esperado toda la vida por él…
había aprendido a vivir perfectamente sin esperarlo.