PARTE 2: La mujer a la que Victoria nunca debió impedir subir

Las puertas del ascensor privado se abrieron.

Nathan salió acompañado por el director jurídico, el jefe de Recursos Humanos y dos miembros del consejo.

El vestíbulo quedó en silencio.

Victoria cambió de expresión al instante.

—Presidente Gu, esta mujer intentó…

Nathan pasó junto a ella.

Ni siquiera la miró.

Caminó directamente hacia mí.

Vio los documentos esparcidos por el suelo.

Luego el sello del consejo marcado por el tacón de Victoria.

Su mandíbula se tensó.

—Mamá.

Una sola palabra.

Fue suficiente.

Alguien dejó caer un teléfono.

Victoria parpadeó.

—¿Mamá?

Nathan se agachó personalmente y recogió mis documentos.

—¿Estás bien?

—Perfectamente.

Miré alrededor.

Las mismas personas que minutos antes se reían ahora evitaban mis ojos.

Victoria retrocedió.

—Presidente Gu, yo no sabía…

—Ese es precisamente el problema —respondí—. No verificaste nada.

Nathan vio la anotación que la recepcionista había comenzado a introducir en el sistema.

Sujeto sospechoso de acoso al presidente Gu.

Su rostro se endureció.

—¿Quién autorizó este procedimiento?

Nadie respondió.

Victoria intentó recuperar el control.

—Yo solo estaba protegiéndolo. Como siempre.

Nathan la miró por fin.

—¿Protegiéndome de qué?

—De mujeres que intentan aprovecharse de usted.

—Nunca te pedí que hicieras eso.

El color abandonó lentamente el rostro de Victoria.

—Pero… todos saben que yo gestiono sus asuntos personales.

—Gestionas mi agenda corporativa.

Nathan recorrió con la mirada a los empleados.

—Nada más.

Los murmullos desaparecieron.

Entonces Sophie dio un paso adelante.

—Presidente Gu, hay algo que debería saber.

Victoria giró bruscamente.

—Sophie.

—Déjala hablar —dije.

Sophie respiró profundamente.

—La señorita Zhao ha rechazado reuniones sin verificar durante meses. Proveedores, candidatos, representantes de accionistas…

El director jurídico levantó la cabeza.

—¿Representantes de accionistas?

Sophie asintió.

—También modifica agendas. Algunas personas aparecen como canceladas aunque ellas aseguran que nunca cancelaron.

Nathan me miró.

Aquello explicaba por qué me había dicho que no confiaba en nadie.

La fusión llevaba semanas sufriendo retrasos inexplicables.

—Auditoría inmediata —ordené—. Correos, registros de visitantes, modificaciones de calendario y comunicaciones corporativas de los últimos doce meses. Todo preservado.

Victoria soltó una risa nerviosa.

—¿Quién cree que es para ordenar eso?

El director jurídico respondió antes que yo.

—La señora Bennett Gu posee la participación fundadora que conserva derechos especiales de supervisión.

Victoria abrió la boca.

Nathan añadió:

—Y desde esta mañana dirige oficialmente la auditoría de reestructuración.

Silencio absoluto.

Pero yo no estaba interesada en verla humillada.

Me interesaba saber por qué una asistente había acumulado tanto poder sin autorización.

—Sophie —pregunté—, ¿quién le enseñó a Victoria que podía controlar el primer piso?

La joven dudó.

—No empezó así.

Según Sophie, Victoria había recibido instrucciones especiales hacía casi un año.

Primero fueron pequeñas.

Filtrar llamadas.

Cambiar reuniones.

Evitar que determinadas personas llegaran hasta Nathan.

Con el tiempo empezó a actuar como si aquellas facultades fueran suyas.

—¿Quién dio las instrucciones originales? —preguntó Nathan.

Sophie tragó saliva.

—Pensábamos que usted.

—Nunca lo hice.

Entonces el jefe de tecnología llegó apresuradamente desde los ascensores.

Llevaba una tableta.

—Presidente Gu, encontramos algo.

Habían revisado las autorizaciones utilizadas por Victoria.

Varias provenían aparentemente del correo corporativo de Nathan.

Pero los registros mostraban que los mensajes habían sido programados desde otro terminal ejecutivo.

—¿Cuál? —pregunté.

El hombre dudó.

—El despacho del vicepresidente financiero.

Nathan se quedó inmóvil.

Yo conocía ese cargo.

Lo ocupaba desde hacía diecisiete años Daniel Gu.

Mi cuñado.

El hermano menor de mi difunto esposo.

—Eso no tiene sentido —dijo Nathan.

Para mí empezaba a tener demasiado.

Daniel había insistido durante años en que yo permaneciera retirada.

También había sido quien recomendó contratar a Victoria.

—Bloqueen temporalmente los permisos administrativos que puedan afectar a la auditoría —ordené—. Nadie borra nada.

Victoria empezó a llorar.

—Yo solo seguía instrucciones.

—¿De Daniel?

Negó rápidamente.

—Nunca hablaba directamente conmigo.

Sacó su teléfono con manos temblorosas.

—Todo llegaba mediante esta cuenta.

Me mostró meses de mensajes.

El remitente utilizaba un nombre simple:

DG.

Nathan parecía dispuesto a asumir que significaba Daniel Gu.

Yo no.

—Abra el primer mensaje.

Victoria obedeció.

La fecha era de once meses atrás.

Leí las instrucciones.

Había una lista de personas a quienes debía impedir acercarse a Nathan.

Proveedores.

Auditores.

Dos accionistas minoritarios.

Y un nombre que reconocí inmediatamente.

Eleanor Shaw.

Sentí que se me helaban las manos.

Nathan notó mi reacción.

—Mamá, ¿quién es?

No respondí enseguida.

Eleanor había sido la directora financiera que trabajó conmigo y con mi esposo cuando fundamos Gu Corporation.

Desapareció de la empresa poco después de que yo me retirara.

Me dijeron que había renunciado.

—¿Por qué intentaba reunirse contigo?

Nathan negó con la cabeza.

—Nunca había oído ese nombre.

Victoria habló casi en un susurro.

—Vino cuatro veces.

La miré.

—¿Y qué hizo usted?

—La rechacé.

—¿Por orden de DG?

Asintió.

—La última vez dejó un sobre para el presidente.

Nathan se acercó.

—¿Dónde está?

Victoria palideció.

—Me ordenaron destruirlo.

Sophie intervino.

—No lo destruyó.

Todos la miramos.

—La vi guardarlo en el archivador porque tenía miedo de que algún día se lo reclamaran.

Diez minutos después, el director jurídico regresó con el sobre.

Nathan lo abrió.

Dentro había una memoria y una carta.

Reconocí la letra de Eleanor.

La primera línea estaba dirigida a mí.

“Si Nathan te ha pedido que regreses, significa que por fin ha empezado a notar lo que llevan años haciendo a sus espaldas.”

La segunda me dejó completamente inmóvil.

“No confíes en las cifras de la fusión.”

Y la última explicaba por qué alguien había dedicado once meses a controlar quién podía llegar hasta mi hijo:

“La persona que está intentando quedarse con Gu Corporation no está fuera de la familia. Lleva años sentándose en vuestra mesa.”

Related Posts

PARTE 2: La mañana en que Adrian descubrió que yo también podía dejar de elegirlo

Subí al apartamento sin llamar a Adrian. Me duché, guardé el recibo de 2,5 yuanes en una bolsa transparente y descargué una copia de la publicación de…

PARTE 2: Los cien mil dólares que Gwen nunca recibió

A las seis de la mañana, Gwen seguía dormida. Yo llevaba horas revisando cuatro años de transferencias. Cada mes había enviado dinero a la misma cuenta conjunta…

PARTE 2: La visita que llegó seis meses demasiado tarde

Los golpes volvieron a sonar. No abrí enseguida. Desde la ventana vi el coche de mi padre, el de Sabrina y otro que reconocí como el de…

PARTE 2: El tatuaje que el almirante Kane reconoció demasiado tarde

Ellis fue el primero en reaccionar. —Señor —murmuró, mirando a Kane—, quizá debería comprobar la autorización antes de continuar. Kane no apartó los ojos de mí. —¿Reconoces…

PARTE 2: El documento que Julian juró que no existía

El juez Harrison sacó la primera página. La sonrisa de Julian desapareció. —Señor Vance —dijo el juez—, durante su declaración afirmó que Vance Strategic Holdings no poseía…

PARTE 2: La carpeta azul que Daniel nunca se molestó en leer

El agente cerró lentamente la carpeta. —Señora, ¿necesita atención médica? —Sí. La arrogancia de Daniel desapareció. —¡Ella está exagerando! Yo llamé porque está fuera de control. El…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *