La doctora Paloma llegó antes del mediodía.
Entró al convento con su maletín negro, su sonrisa cansada y el mismo perfume medicinal que la madre Caridad había reconocido en aquella tira de cinta.
Esperanza estaba sentada en la enfermería, dando el biberón a Miguel.
A su lado, el bebé más pequeño dormía envuelto en una manta azul.
“Vamos a revisar esos síntomas”, dijo Paloma con naturalidad.
Pero la madre Caridad no apartó la vista de sus manos.
La doctora llevaba un rollo de cinta médica idéntico al fragmento encontrado en el suelo.
“Antes de eso”, dijo Caridad, mostrando la tira blanca, “¿puede explicarme cómo llegó esto a mi oficina?”
Paloma se quedó inmóvil.
Solo un instante.
Después recuperó su sonrisa.
“Probablemente se me cayó en una visita anterior.”
“Esta cinta está limpia”, respondió Caridad. “Y huele a desinfectante reciente.”
Esperanza levantó la mirada.
La calma de su rostro empezó a desaparecer.
“Madre… ¿por qué está tan seria?”
Caridad se acercó a ella.
“Porque no estoy segura de que estés embarazada.”
La joven monja soltó el biberón.
Miguel comenzó a llorar.
“Pero tengo los síntomas.”
“Sí. Y los tuviste las otras veces.”
La doctora Paloma cerró el maletín.
“Madre Caridad, está asustando a la paciente.”
“No es su paciente”, respondió la madre superiora. “Es una hermana de esta casa.”
Llamó al convento más cercano y pidió que enviaran a otra médica para una segunda evaluación.
Paloma intentó protestar.
Pero entonces Esperanza se llevó una mano al brazo.
“Madre…”
Había notado algo bajo la manga de su hábito.
Una pequeña marca circular.
Como si alguien le hubiera puesto una vía mientras dormía.
La madre Caridad sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
Esperanza miró a Paloma.
“¿Qué me ha estado dando?”
La doctora no respondió.
Sus ojos buscaron la puerta.
Dos hermanas ya estaban allí.
No podría salir sin explicar nada.
La segunda médica llegó una hora después.
Revisó a Esperanza, examinó sus análisis y pidió acceso a los expedientes anteriores.
Su expresión cambió página tras página.
“Estas pruebas no son de embarazo”, dijo finalmente. “Son resultados hormonales alterados por medicación.”
Esperanza empezó a llorar.
“Entonces… ¿por qué hay bebés?”
Nadie respondió.
Hasta que la nueva doctora encontró una anotación repetida en los informes.
Una dirección.
Un depósito funerario abandonado a las afueras del pueblo.
La misma dirección aparecía junto a los nombres de los dos niños que Esperanza había recibido años antes.
Y también junto a la fecha de la última visita de Paloma al convento.
Al caer la tarde, la policía abrió el depósito.
Dentro no había cuerpos.
Había un solo ataúd blanco.
Y sobre la tapa, escrito con marcador negro, aparecía un nombre que hizo que Esperanza se desplomara:
MIGUEL — ENTREGA PENDIENTE.