PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE ESPERAR QUE ME ELIGIERA

Lucas llevó a Clara a la enfermería.

Ni siquiera volvió la cabeza.

Yo terminé el entrenamiento.

Aquella noche, recibí tres mensajes suyos.

“Clara tiene la rodilla inflamada.”

“Podrías haber evitado todo esto disculpándote.”

“Cuando estés más tranquila, hablamos.”

No respondí.

Abrí el correo de Harvard.

Documentación.

Alojamiento.

Fechas.

Vuelo.

Mi salida sería en doce días.

Durante los siguientes días, Lucas apenas me buscó.

Estaba ocupado cuidando a Clara.

Yo estaba ocupada desapareciendo de su futuro.

Entregué documentos, organicé mis materias y empaqué silenciosamente.

Al cuarto día, Clara publicó una fotografía.

Estaba sentada en una silla de ruedas mientras Lucas sostenía dos bebidas detrás de ella.

El texto decía:

“Algunas personas siempre aparecen cuando realmente las necesitas.”

No sentí celos.

Solo guardé una captura.

Después bloqueé a Clara.

Esa misma tarde Lucas apareció frente a mi residencia.

—¿La bloqueaste?

Casi me reí.

—¿Viniste hasta aquí por eso?

—Está llorando. Cree que la odias.

—No es asunto mío.

Lucas me miró desconcertado.

Estaba acostumbrado a que yo discutiera.

A que explicara.

A que intentara demostrarle por qué Clara había cruzado otro límite.

Mi indiferencia lo inquietó mucho más que cualquier pelea.

—Emma, últimamente estás rara.

—Estoy ocupada.

—Entonces al menos discúlpate con Clara y terminemos con esto.

Lo observé unos segundos.

—Lucas, terminemos otra cosa.

Su expresión cambió.

—¿Qué?

Me quité la pequeña pulsera que me había regalado en nuestro segundo aniversario.

La coloqué en su mano.

—Nuestra relación.

Se quedó completamente inmóvil.

Después soltó una risa nerviosa.

—¿Vas a terminar conmigo por una broma?

—No.

Negué.

—Termino contigo por todas las veces que necesitaste verme herida para considerar que quizá Clara había ido demasiado lejos.

Cerré sus dedos alrededor de la pulsera.

—Y por todas las veces que me pediste a mí que arreglara lo que ella rompía.

—Emma, estás exagerando.

Sonreí.

—Exactamente.

—¿Qué?

—Esa es siempre tu respuesta.

Di un paso atrás.

—Ahora ya no tendrás que soportar mis exageraciones.

Entré en la residencia.

Lucas no me siguió.

Probablemente creyó que se me pasaría.

Tres años juntos le habían enseñado algo peligroso:

yo siempre regresaba.

Esta vez no.

Doce días después, estaba en el aeropuerto cuando comenzaron las llamadas.

Lucas.

Lucas.

Lucas.

Después Lily, una compañera de nuestra universidad.

Respondí a ella.

—Emma, ¿dónde estás?

—En el aeropuerto.

—Lucas está buscándote como loco. Fue a tu residencia y tu compañera le dijo que te marchaste.

Al fondo escuché su voz.

—¡Dame el teléfono!

Segundos después Lucas estaba en la línea.

—Emma, ¿adónde vas?

Miré mi tarjeta de embarque.

—Boston.

Silencio.

—¿Por qué?

—Harvard.

Tardó varios segundos en comprenderlo.

—¿Desde cuándo?

—Solicité el programa hace meses.

—¿Y nunca pensabas decírmelo?

Aquella pregunta casi resultó irónica.

—Pensaba hacerlo.

Miré por los ventanales.

—Después comprendí que estabas demasiado ocupado.

—Puedo ir al aeropuerto.

—No.

—Emma, espera.

—Eso hice durante tres años.

Colgué.

Meses después, supe que Lucas y Clara habían empezado a salir.

Duraron siete semanas.

Sin mí como enemiga común, comenzaron a descubrirse realmente.

Clara no soportaba que Lucas controlara sus amistades.

Lucas no soportaba que Clara coqueteara con otros chicos “de broma”.

Las mismas cosas que yo debía aceptar porque “así era ella” de repente dejaron de parecerle graciosas cuando él ocupó mi lugar.

Un año después regresé a mi antigua universidad para un evento académico.

Lucas estaba entre los asistentes.

Me encontró al terminar.

Parecía diferente.

Más tranquilo.

—Emma.

—Hola.

Miró mi acreditación de Harvard.

—Lo lograste.

—Sí.

Guardó silencio.

—Clara y yo terminamos.

—Lo sé.

—Nunca debí pedirte que te disculparas aquel día.

Lo miré.

Por fin había dicho las palabras que yo había esperado escuchar.

Solo que llegaron demasiado tarde para significar lo mismo.

—No —respondí—. No debiste.

—¿Podemos empezar otra vez?

Negué suavemente.

—No quiero volver a ser la chica que espera que su novio la elija.

Lucas bajó los ojos.

No hubo gritos.

No hubo venganza.

Simplemente me marché.

Porque Harvard no había sido lo que terminó nuestra relación.

Clara tampoco.

La relación terminó aquel día en el campo de entrenamiento, cuando Lucas me miró después de que alguien cruzara mis límites y decidió que mi reacción era un problema mayor que lo que me habían hecho.

Yo solo tardé unos segundos más en comprenderlo.

Exactamente el tiempo que necesité para sacar mi teléfono…

y presionar “Aceptar”.

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