PARTE 2: LA FIRMA QUE LE QUITÓ A GRANT MUCHO MÁS QUE UNA ESPOSA

Abrí los ojos treinta y seis horas después.

No sabía que habían pasado treinta y seis horas.

No sabía que Grant había firmado el divorcio.

Ni siquiera sabía dónde estaban mis hijos.

Lo primero que escuché fue un monitor.

Después una voz.

—Señora Holloway, no intente hablar todavía.

Giré lentamente la cabeza.

Una enfermera estaba junto a mí.

Mi garganta ardía.

Intenté levantar la mano.

—Bebés…

La enfermera entendió.

—Están vivos.

Cerré los ojos.

Tres lágrimas rodaron hacia mis orejas.

Vivos.

Eso era suficiente.

Durante unos segundos.

Después pregunté:

—Grant…

La enfermera cambió de expresión.

—Su abogado llegará esta mañana.

No mi marido.

Mi abogado.

Ahí empezó todo.

Dos horas después entró Jonathan Blackwell.

Lo conocía desde niña.

Había sido abogado de mi madre y administrador de algunos bienes familiares que yo apenas revisaba.

Traía una carpeta.

—Hannah.

Era la primera persona que utilizaba mi nombre en lugar de “señora Holloway”.

—Grant…

Jonathan se sentó.

—Solicitó el divorcio mientras estabas inconsciente.

No sentí nada al principio.

—¿Cuándo?

—Mientras los médicos intentaban estabilizarte.

Miré la ventana.

—¿Preguntó por los niños?

Jonathan tardó demasiado en responder.

Eso fue suficiente.

—Hay algo más.

—Claro que lo hay.

Jonathan abrió la carpeta.

—Grant declaró ante el hospital que ya no era tu esposo para evitar autorizar tu tratamiento.

Lo miré.

—Pero un divorcio no se completa porque alguien firme unos papeles en un pasillo.

—Exactamente.

Sentí rabia por primera vez.

—Entonces seguía siendo mi marido.

—Legalmente, sí.

—¿Y me dejó sin representante médico?

—Lo intentó.

Jonathan deslizó un documento hacia mí.

—Pero Grant olvidó que tu madre había previsto algo parecido.

Años antes de casarme, mi madre había creado el Carter Legacy Trust.

Yo sabía que existía.

Nunca me había interesado demasiado.

Grant tampoco.

Él era multimillonario.

Siempre había tratado mi patrimonio como algo insignificante.

Pero el fideicomiso contenía una cláusula extraña.

Si mi cónyuge iniciaba un divorcio mientras yo estaba incapacitada médicamente, toda autoridad concedida al cónyuge quedaba revocada de inmediato.

En su lugar entraba el administrador independiente.

Jonathan.

—¿Mi madre escribió eso?

—Después de conocer a Grant.

Casi sonreí.

Mamá nunca había confiado completamente en él.

Yo sí.

Jonathan continuó:

—Y la cláusula hizo algo más.

—¿Qué?

—Congeló temporalmente cualquier activo del fideicomiso utilizado como garantía para empresas controladas por Grant.

Fruncí el ceño.

—Grant nunca utilizó mi dinero.

Jonathan me observó.

—Eso es lo que él te dijo.

Sentí frío.

Tres años antes, Holloway Biotech había obtenido una línea de crédito de 180 millones de dólares.

Grant había presumido durante semanas de haberla conseguido únicamente gracias a su reputación.

No era cierto.

La garantía secundaria era una participación perteneciente a mi fideicomiso.

Mi firma aparecía en los documentos.

—Nunca firmé esto.

—Lo sabemos.

La firma había sido certificada digitalmente desde una dirección IP vinculada a la oficina privada de Grant.

A las 9:14 de aquella misma mañana, el banco suspendió la línea.

A las 9:22, Grant llamó a Jonathan.

A las 9:24 volvió a llamar.

A las 9:31 envió:

“¿Qué demonios está haciendo Hannah?”

Yo seguía conectada a máquinas.

—¿Quién era la mujer? —pregunté.

Jonathan no necesitó preguntar a qué me refería.

Sacó una fotografía.

Madison Vale.

Treinta y cuatro años.

Consultora de estrategia.

Había trabajado con Grant durante dieciocho meses.

—¿Están juntos?

—Eso parece.

—¿Desde cuándo?

—Todavía no lo sabemos.

Jonathan hizo una pausa.

—Pero sabemos algo peor.

Madison había visitado una clínica de fertilidad asociada a nuestro hospital.

Seis veces.

Durante mi embarazo.

—¿Por qué?

—Eso estamos averiguando.

Mi pulso aumentó.

—¿Tiene algo que ver con mis bebés?

—No lo sé todavía.

Por primera vez, Jonathan parecía genuinamente preocupado.

Tres días después pude ver a mis hijos juntos.

No pude cargarlos.

Eran demasiado pequeños.

Pero metí la mano en la incubadora del primero.

Después de la segunda.

Después del tercero.

—Mamá está aquí.

Y por primera vez desde que desperté decidí algo.

Grant podía quedarse con Madison.

Podía quedarse con sus mansiones.

Sus aviones.

Sus entrevistas.

Pero no decidiría qué ocurría con mis hijos mientras yo estuviera inconsciente otra vez.

Entonces llegó la segunda bomba.

Jonathan entró en neonatología acompañado por una mujer del departamento legal.

—Hannah, necesitamos hablar.

—¿Qué pasó?

—Grant presentó una solicitud de custodia.

Me reí.

Me dolió la cicatriz.

—¿Custodia?

—Exclusiva.

—Ni siquiera vino a verlos.

—Legalmente afirma que tu episodio cardíaco demuestra que no puedes proporcionar cuidados estables.

Me quedé sin palabras.

Jonathan dejó otra hoja.

La solicitud había sido preparada diecinueve días antes del parto.

Diecinueve.

Grant había planeado aquello antes de saber si yo sobreviviría.

—Esto no fue una reacción.

—No.

—Él esperaba que algo pasara.

Jonathan no respondió.

Entonces vi un nombre.

Doctor Michael Reeves.

El médico había firmado una declaración sobre mi “posible incapacidad prolongada”.

Fecha:

veintidós días antes del parto.

—Nunca he visto a este médico.

Jonathan asintió.

—Lo sabemos.

—Entonces ¿cómo evaluó mi capacidad?

—Esa es la pregunta.

Revisamos los pagos.

Dos semanas antes de mi cesárea, una empresa de Grant había transferido 2,4 millones de dólares a una consultora propiedad del doctor Reeves.

Y tres días después, Grant preparó la custodia.

Sentí náuseas.

—¿Intentó provocarme algo?

—No tenemos evidencia de eso.

Jonathan fue firme.

—No vamos a acusarlo de algo que no podamos demostrar.

Asentí.

Pero algo estaba mal.

Terriblemente mal.

Entonces Madison apareció.

No en persona.

En mi teléfono.

Mensaje desconocido:

“Necesitamos hablar antes de que Grant descubra que sé la verdad.”

Jonathan quiso llamar a seguridad.

Yo respondí:

“¿Qué verdad?”

Llegaron tres puntos.

Desaparecieron.

Volvieron.

Finalmente:

“Los trillizos.”

Mi corazón empezó a golpear.

“¿Qué pasa con ellos?”

La respuesta tardó casi un minuto.

“Grant pagó para ocultar algo antes de que nacieran.”

La llamé.

Contestó llorando.

—Hannah, yo no sabía lo que estaba haciendo al principio.

—¿Estás acostándote con mi marido?

Silencio.

—Sí.

Aquello dolió.

Pero ya no era la pregunta importante.

—¿Qué hizo con mis hijos?

—No puedo decirlo por teléfono.

—Entonces ven al hospital.

—No puedo.

—Madison.

—Grant me está vigilando.

Su respiración tembló.

—Él cree que estoy con él porque lo amo.

—¿Y no?

—Me acerqué a Grant porque alguien me pagó.

Jonathan y yo nos miramos.

—¿Quién?

—Tu padre.

Dejé de respirar.

—Mi padre murió hace doce años.

—Eso es lo que te dijeron.

Cerré los ojos.

No.

Otra mentira.

Otra imposibilidad.

—Demuéstralo.

Madison envió una fotografía.

Un hombre entrando en un hotel de Vancouver seis semanas antes.

Cabello gris.

Más delgado.

Pero era él.

Mi padre.

Entonces llegó un segundo archivo.

Un informe de laboratorio.

Tres códigos.

Los de mis bebés.

Debajo aparecía:

COMPATIBILIDAD PATERNA: EXCLUIDA.

Leí la frase tres veces.

—Grant no es…

Jonathan me quitó suavemente el teléfono.

—No saquemos conclusiones todavía.

Pero Madison habló desde el altavoz.

—Grant sabe que los niños no son genéticamente suyos.

—Eso es imposible.

—Por eso preparó la custodia.

—¿Por qué querría niños que sabe que no son suyos?

Madison empezó a llorar con más fuerza.

—Porque legalmente siguen siendo Holloway.

—No entiendo.

—Hannah, los embriones que te implantaron no eran los que tú y Grant creían.

Todo mi cuerpo se quedó helado.

Recordé la clínica.

Las agujas.

La llamada diciendo que finalmente teníamos tres embriones viables.

—¿De quién eran?

—No lo sé.

—¡Dímelo!

—Tu padre sí lo sabe.

La llamada terminó.

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, Jonathan investigó.

Y encontró algo.

La clínica había recibido un pago extraordinario siete días antes de mi transferencia embrionaria.

Pagador:

Holloway Medical Ventures.

Autorizado por Grant.

Pero había una segunda autorización.

Una firma que pertenecía al doctor Samuel Carter.

Mi padre.

El hombre que llevaba doce años oficialmente muerto.

Jonathan se quedó mirando la pantalla.

—Hannah, creo que tu padre fingió su muerte para protegerte de algo.

—¿De Grant?

—No.

Abrió otro archivo.

—Del hombre cuyo material genético fue utilizado para crear esos embriones.

Sentí que apenas podía respirar.

—¿Quién?

Antes de que Jonathan respondiera, sonó la alarma de seguridad de neonatología.

Puertas cerrándose.

Pasos en el pasillo.

Una enfermera entró corriendo.

—Señora Holloway, seguridad necesita trasladarla.

—¿Por qué?

—Dos hombres intentaron acceder a la unidad utilizando credenciales falsas.

Jonathan se levantó.

Su teléfono vibró.

Había llegado un correo anónimo.

Solo contenía una grabación de audio.

Presionó reproducir.

Primero escuchamos la voz de Grant.

Después la del doctor Reeves.

Grant preguntaba:

—¿Los tres sobrevivirán?

—Probablemente.

—¿Y Hannah?

Pausa.

—No podemos garantizarlo.

Entonces Grant dijo algo que hizo que Jonathan dejara de respirar.

—Hannah no es el objetivo.

Silencio.

—Los tres bebés sí.

La grabación terminó.

Pero debajo había una última línea escrita por quien había enviado el archivo:

“Grant no pagó para asegurarse de que Hannah muriera.”

“Pagó para asegurarse de que los tres niños nacieran.”

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