PARTE 2: EL PASADIZO QUE MI MADRE LLEVABA AÑOS OCULTANDO

El aire dentro del pasadizo olía a humedad, madera podrida y algo metálico que no conseguí identificar.

Encendí la linterna del teléfono.

—Sarah.

Nada.

Avancé unos pasos.

Detrás de mí, mi madre seguía junto a la abertura.

—Andrew, sal de ahí.

No me giré.

—¿Cómo sabías que existía este lugar?

Silencio.

—Mamá.

—Esta casa perteneció a tu abuela. Hay cosas que no necesitas remover.

Seguí avanzando.

Entonces vi sangre.

Solo unas pequeñas manchas sobre el suelo de madera.

Pero fueron suficientes.

—¡Sarah!

Corrí.

El pasadizo descendía detrás de las paredes hasta llegar a una escalera estrecha.

Abajo encontré un zapato.

Era de Sarah.

Lo recogí con las manos temblando.

—¿Qué le hiciste?

Mi madre apareció arriba.

—Yo no le hice nada.

—¡Entonces dime dónde está!

—Ella eligió marcharse.

Aquellas palabras me hicieron detenerme.

—¿Cómo sabes que salió?

Catherine no respondió.

Continué.

Al final del túnel había una puerta metálica.

Estaba entreabierta.

Detrás encontré una habitación que no aparecía en ningún plano de la casa.

Una mesa.

Un colchón.

Un viejo archivador.

Y una cámara.

La luz roja seguía encendida.

Sentí náuseas.

Sobre la mesa había una botella de agua abierta y un trozo de tela manchado.

Entonces vi el teléfono de Sarah.

La pantalla estaba rota.

Pero todavía funcionaba.

Había una grabación de audio iniciada a las 12:07.

Pulsé reproducir.

Primero escuché golpes.

Sarah respirando con dificultad.

Después su voz.

—Andrew… si encuentras esto, no confíes en tu madre.

Cerré los ojos.

La grabación continuó.

—Creo que estoy embarazada. Quería decírtelo esta noche.

Se me doblaron las rodillas.

Después escuché otro sonido.

Una puerta abriéndose.

Y la voz de Catherine.

—Por fin encontraste el pasadizo.

Miré lentamente hacia mi madre.

Ella estaba detrás de mí.

—Sigue escuchando —dijo.

En la grabación, Sarah preguntó:

—¿Qué es este sitio?

Mi madre respondió:

—El lugar donde debería haber terminado todo hace treinta años.

Luego se escuchó un forcejeo.

Sarah gritó.

La grabación terminó.

Me lancé hacia Catherine.

—¿Dónde está mi esposa?

—Viva.

Aquella única palabra me detuvo.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—¡Mientes!

—Esta vez no.

Mi madre abrió el archivador.

Dentro había fotografías.

Decenas.

Yo aparecía en muchas.

De bebé.

De niño.

En el colegio.

Pero había otras fotografías anteriores a mi nacimiento.

Mi padre aparecía junto a una mujer que no era Catherine.

En una de ellas, la mujer estaba embarazada.

—¿Quién es?

Mi madre cerró los ojos.

—Rebecca.

—¿Quién era Rebecca?

—La primera esposa de tu padre.

Me quedé inmóvil.

—Papá nunca estuvo casado antes que contigo.

—Eso es lo que te contamos.

Sacó un recorte de periódico.

Rebecca Miller.

Desaparecida hacía treinta y un años.

La última vez que alguien la había visto había sido precisamente en aquella casa.

—¿Qué tiene esto que ver con Sarah?

Catherine sacó otra fotografía.

Dos mujeres aparecían juntas.

Rebecca.

Y una niña de unos seis años.

En el reverso había un nombre.

ELIZABETH MILLER.

Reconocí inmediatamente ese apellido.

Era el apellido de soltera de la madre de Sarah.

—No.

Mi madre asintió.

—Rebecca era la abuela de Sarah.

Sentí que el suelo desaparecía.

—¿Sarah sabía esto?

—Lo descubrió hace tres semanas.

Todo empezó a encajar.

Su silencio.

Su agotamiento.

Las preguntas sobre mi infancia.

Las horas revisando cajas antiguas.

—¿Y tú lo sabías?

—Desde el día que la conociste.

La miré horrorizado.

—¿Me dejaste casarme con ella sabiendo que nuestras familias estaban conectadas?

—No sois parientes.

—Entonces ¿qué pasó con Rebecca?

Mi madre apartó la mirada.

—Pregúntale a tu padre.

—Papá murió hace doce años.

Catherine soltó una risa extraña.

—Eso también te lo contamos nosotros.

Me quedé sin respirar.

Antes de que pudiera responder, escuché un ruido.

Tres golpes.

Provenían de detrás de la pared.

Corrí hacia allí.

—¡Sarah!

Tres golpes otra vez.

Empujé un panel.

Nada.

Catherine palideció.

—Eso no puede ser.

Encontré un pestillo y tiré.

La pared se abrió hacia otro corredor.

Esta vez entraba aire fresco.

Corrí hasta encontrar una salida oculta detrás del antiguo cobertizo del jardín.

Pero Sarah no estaba allí.

Solo encontré marcas recientes de neumáticos.

Y algo en el barro.

Su pulsera.

Mi teléfono sonó.

Número desconocido.

Contesté inmediatamente.

—¿Sarah?

Escuché una respiración.

Después su voz.

—Andrew.

Casi me derrumbé.

—¿Dónde estás?

—No puedo decírtelo.

—Voy a buscarte.

—No.

—Sarah, por favor.

—Escúchame. Tu madre no fue quien me sacó de la casa.

Miré a Catherine.

—¿Entonces quién?

Sarah comenzó a llorar.

—Cuando atravesé el túnel, había un hombre esperándome.

—¿Quién?

—Me dijo que sabía que estaba embarazada.

Apreté el teléfono.

—Dime dónde estás.

—Andrew, mira dentro del archivador. Hay una carpeta marcada 1994.

Corrí de vuelta.

La encontré.

Dentro había un certificado de defunción de mi padre.

Y debajo, otro documento.

Una licencia de conducir emitida apenas ocho meses atrás.

La fotografía mostraba a un hombre mucho más viejo.

Pero era él.

Mi padre.

Vivo.

—Sarah…

—Hay algo más —susurró.

Escuché una voz masculina al fondo.

Sarah empezó a hablar rápidamente.

—La prueba de embarazo no era lo único que encontré anoche.

—¿Qué encontraste?

—Documentos médicos.

Catherine cerró los ojos como si ya supiera lo que venía.

—¿Qué documentos?

Sarah tardó varios segundos en responder.

—Andrew, el hombre que te crió no es tu padre biológico.

Sentí que dejaba de respirar.

—Entonces ¿quién lo es?

La línea quedó en silencio.

Después escuché al hombre quitarle el teléfono.

Y una voz que jamás había oído dijo:

—Pregúntale a Catherine qué hizo con Rebecca la noche en que tú naciste.

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