No respondí.
Cinco minutos después llegó otro mensaje.
No se trata de Camille. Se trata de Mercer Holdings.
Eso consiguió mi atención.
Adrian sabía perfectamente que durante ocho años yo había evitado involucrarme oficialmente en su empresa.
Lo que él nunca pareció comprender era cuánto había hecho por ella sin aparecer en ninguna nómina.
A las once de la mañana alguien llamó a mi puerta.
No era Adrian.
Era Marcus Reed, director financiero de Mercer Holdings.
Parecía no haber dormido.
—Lillian, necesitamos que vengas.
—Ya no trabajo gratis para mi marido.
—Ese es precisamente el problema.
Dejó una carpeta sobre mi mesa.
Dentro había contratos, correos y transferencias.
Camille Foster había autorizado operaciones por casi diecisiete millones de dólares.
—¿Qué tiene esto que ver conmigo?
Marcus señaló una firma.
LF Strategic Consulting.
Sentí un escalofrío.
LF era una pequeña sociedad que yo había creado antes de conocer a Adrian.
Nunca había trabajado con Mercer Holdings.
—Esa firma no es mía.
—Lo sabemos.
Alguien llevaba catorce meses utilizando mi identidad para aprobar operaciones.
Y todas conducían a Camille.
Entonces entendí la fotografía del hotel.
—¿Adrian estaba investigándola?
Marcus dudó.
—Al principio.
Aquellas dos palabras dolieron más que una mentira.
—¿Y después?
—Después dejó de ser solamente una investigación.
Asentí lentamente.
Eso era suficiente.
Adrian podía haber tenido una razón para acercarse a Camille.
No tenía ninguna para traicionarme.
Marcus sacó otro documento.
—Pero encontramos algo peor.
Era una modificación del acuerdo matrimonial.
Si Adrian y yo nos divorciábamos por abandono voluntario de mi parte, mis derechos sobre determinadas participaciones desaparecían.
Me reí.
—No tengo participaciones.
Marcus no sonrió.
—Sí las tienes.
Ocho años atrás, cuando Mercer Holdings estaba cerca de quebrar, mi madre había invertido secretamente a través de un fideicomiso.
Tras su muerte, aquellas acciones pasaron a mí.
Veintisiete por ciento de Mercer Holdings.
Adrian nunca me lo había contado.
Mi teléfono volvió a sonar.
Esta vez contesté.
—¿Desde cuándo lo sabes?
Silencio.
—Tres años —respondió Adrian.
Cerré los ojos.
—Entonces Camille no era la única cosa que ocultabas.
—Lillian, alguien falsificó documentos para hacer parecer que tú estabas vendiendo tus acciones.
—¿Quién?
—Eso intentaba descubrir.
—¿Y acostarte con Camille formaba parte de la auditoría?
Silencio otra vez.
La respuesta más cruel posible.
Colgué.
Marcus todavía tenía una última página.
Era el registro de la primera transferencia fraudulenta.
Fecha:
Ocho años atrás.
Tres semanas antes de mi boda.
—Camille no trabajaba con Adrian entonces —dije.
—No.
Debajo aparecía la persona que había autorizado aquella transferencia.
Reconocí inmediatamente el nombre.
Eleanor Mercer.
La madre de Adrian.
Pero había algo todavía más extraño.
Junto a su firma figuraba una segunda autorización.
Margaret Foster.
La madre de Camille.
Ambas mujeres habían firmado el documento juntas.
Marcus me miró.
—Lillian, creo que Camille no apareció en el matrimonio de ustedes hace catorce meses.
Pasó a la siguiente página.
Era una fotografía de nuestra boda.
Yo estaba frente al altar junto a Adrian.
Y detrás de nosotros, parcialmente oculta entre los invitados, estaba Camille.
—Ella estuvo allí desde el principio.
Entonces vi la anotación escrita detrás de la fotografía.
Cuando Lillian transfiera las acciones después del matrimonio, Camille podrá ocupar su lugar.
Sentí que se me helaba la sangre.
Yo nunca había estado compitiendo con Camille por mi marido.
Camille llevaba ocho años esperando reemplazarme.
