Kyle regresó a las nueve.
Lo recibí con una sonrisa.
—Volví antes. Sorpresa.
Por un instante, el miedo cruzó su rostro.
—¿Todo salió bien en Salt Lake City?
—Perfectamente.
Lo besé en la mejilla.
—¿Por qué no habría salido bien?
Kyle tragó saliva.
—Por nada.
Esa respuesta confirmó todo.
Mientras él se duchaba, llamé a mi abogado. La autorización firmada por mi padre todavía no había producido la transferencia definitiva.
Teníamos una oportunidad.
A la mañana siguiente, Kyle recibió una llamada delante de mí.
—¿Sí?… Perfecto. Procedan.
Colgó sonriendo.
—¿Buenas noticias? —pregunté.
—Un asunto del trabajo.
Mentiroso.
Minutos después, mi abogado me escribió:
“Intentaron ejecutar la operación. Ya está bloqueada.”
No reaccioné.
Kyle todavía creía que acababa de conseguir tres millones.
—Esta noche deberíamos celebrar —le dije.
Sus ojos brillaron.
—¿Celebrar qué?
—Mi contrato. Invita a tu madre y a Heather.
Aceptó inmediatamente.
Aquella noche los tres llegaron vestidos como si ya fueran ricos.
Susan incluso comentó que quizá había llegado el momento de comprar una casa más grande.
Esperé hasta el postre.
Entonces coloqué sobre la mesa el poder notarial de mi padre.
Kyle dejó caer el tenedor.
—¿Dónde conseguiste eso?
Susan palideció.
Heather dejó de sonreír.
—Papá me lo dio.
Silencio.
—También me contó que llevo una semana “detenida”.
Kyle se levantó.
—Cloe, puedo explicarlo.
—Siéntate.
Mi voz hizo que obedeciera.
—Le dijiste a un hombre de sesenta y siete años que su hija podía terminar en prisión. Lo asustaste hasta conseguir que pusiera en riesgo su casa y sus tierras.
Susan intervino:
—Seguro Kyle solo intentaba ayudar.
La miré.
—¿También lo ayudaban ustedes cuando lo tenían limpiando de rodillas?
Nadie respondió.
Entonces sonó el timbre.
Mi abogado entró acompañado por mi padre.
Kyle retrocedió.
—Norman…
Mi padre ya no parecía avergonzado.
—Me mentiste sobre mi hija.
Kyle comenzó a hablar rápidamente.
—Era una inversión. Pensaba devolver el dinero.
Mi abogado dejó otra carpeta sobre la mesa.
—Entonces tendrá oportunidad de explicar por qué los fondos iban a terminar en una sociedad creada hace cuatro meses.
Abrí el documento.
Kyle figuraba como administrador.
Pero no estaba solo.
La segunda propietaria era Heather.
Susan miró a su hija.
—¿Tú sabías esto?
Heather se puso blanca.
Kyle la señaló.
—¡Fue idea suya!
—¡Mentiroso! —gritó ella—. Tú dijiste que Cloe nunca descubriría nada.
Sonreí sin alegría.
Eso era todo lo que necesitaba escuchar.
Me levanté.
—Kyle, mañana recibirás los documentos del divorcio.
—Cloe, espera.
—Y esta noche sales de mi casa.
Susan golpeó la mesa.
—¡Esta también es la casa de mi hijo!
Saqué la escritura.
—No.
La puse frente a ella.
—La compré yo antes del matrimonio.
Kyle me miró desesperado.
—¿Vas a destruir nuestro matrimonio por dinero?
Negué lentamente.
—No.
Miré a mi padre.
—Lo terminaste cuando decidiste que la casa de un anciano valía más que nuestra familia.
Mi abogado acompañó a los tres hasta la puerta.
Pero antes de marcharse, Heather se volvió hacia Kyle.
—Dile la verdad.
Kyle quedó inmóvil.
—Cállate.
—¿Qué verdad? —pregunté.
Heather soltó una risa amarga.
—Los tres millones nunca fueron para una inversión.
Susan miró a su hijo, confundida.

—Entonces ¿para qué eran?
Heather respondió antes que él.
—Para pagar una deuda que Kyle lleva meses escondiendo.
Miré a mi esposo.
Y su expresión me reveló que aquella noche apenas acababa de descubrir la primera de sus mentiras.