Lucas no volvió al cine.
A las once me escribió:
Isa está muy alterada. Quédate en casa. Mañana te compenso.
Leí el mensaje desde un taxi.
No iba hacia nuestro apartamento.
Iba a casa de mi hermana.
Mientras Lucas calmaba a Isabella, yo envié un correo a la inmobiliaria para retirar mi autorización de renovación del contrato.
El apartamento estaba a mi nombre.
También cancelé la tarjeta adicional que Lucas utilizaba desde hacía dos años.
No por venganza.
Simplemente porque había terminado de financiar una vida en la que siempre ocupaba el segundo lugar.
A la mañana siguiente desperté con diecisiete llamadas.
La número dieciocho llegó mientras desayunaba.
Contesté.
—¿Dónde estás?
—Con Laura.
—Fui a casa y faltan tus cosas.
—Sí.
Silencio.
—Sofía, dijiste que entendías.
—Y entiendo perfectamente.
—Entonces ¿qué estás haciendo?
Miré mi pierna inmovilizada.
—Bajando el telón.
Lucas llegó cuarenta minutos después.
Cuando mi hermana abrió, él entró con el cabello desordenado y la misma ropa de la noche anterior.
—¿Vas a terminar cinco años por Isabella?
—No.
Lo miré.
—Los termino por ti.
Eso pareció dolerle más.
—Nunca te engañé.
—Nunca necesitaste hacerlo.
Le mostré una carpeta.
Durante cinco años yo había llevado las cuentas del pequeño estudio de diseño que Lucas había convertido en una empresa rentable.
El primer préstamo había salido de mis ahorros.
El segundo también.
Y cuando estuvo a punto de quebrar, puse como garantía un pequeño local que heredé de mi abuela.
—Quiero separar nuestras finanzas.
Lucas palideció.
—No puedes retirar tu apoyo ahora. Tenemos contratos.
—Tú tienes contratos.
—Sofía, somos socios.
—No legalmente.
Ahí quedó en silencio.
Porque él mismo había insistido años atrás en que la empresa estuviera únicamente a su nombre.
“Así será más sencillo”, dijo entonces.
Lo que nunca consideró fue que los préstamos seguían documentados a mi favor.
Su teléfono vibró.
Isabella.
Lucas lo rechazó inmediatamente.
—No voy a contestar.
Solté una pequeña risa.
—Ahora ya no importa.
Entonces llegó un mensaje a mi teléfono.
Era de Martín Salazar, mi asesor financiero.
Encontré algo raro en los pagos de Moretti Studio. Llámame.
Lucas vio el nombre.
—¿Por qué estás hablando con Martín?
No respondí.
Lo llamé delante de él.
Martín fue directo.
—Sofía, durante dieciocho meses la empresa hizo pagos mensuales a IL Creative Consulting.
Miré a Lucas.
—¿Qué empresa es esa?
Él no contestó.
Martín continuó:
—Está registrada a nombre de Isabella Lin.
Sentí una calma absoluta.
—¿Cuánto?
—Ciento doce mil dólares.
Lucas se levantó.
—Puedo explicarlo.
—Adelante.
Según él, Isabella había trabajado como “consultora creativa”.
Pero yo conocía cada campaña.
Cada proveedor.
Cada diseñador.
Isabella jamás había trabajado allí.
Entonces Martín añadió:
—Hay otra cosa. Hace tres meses Moretti Studio solicitó financiación para una segunda oficina.
—No tenemos segunda oficina.
—Eso pensé.
Me envió la dirección.
Reconocí el edificio inmediatamente.
Era donde Isabella vivía.
Lucas dejó de intentar explicarse.
—Sofía…
—¿Pagaste su apartamento con dinero de la empresa?
—No es así.
—Entonces dime cómo es.
Su teléfono volvió a sonar.
Esta vez no era Isabella.
Era su contador.
Lucas contestó y su rostro perdió el color.
—¿Qué quieres decir con auditoría?
Me miró.
Después miró la carpeta sobre mis piernas.
Y comprendí que todavía había algo que yo no sabía.
El contador habló lo suficientemente alto para que pudiera escucharlo:

—Lucas, encontraron la transferencia de los ciento ochenta mil. La que autorizaste usando la garantía de Sofía.
Mi sonrisa desapareció.
Yo jamás había autorizado ninguna garantía.
Y por primera vez, Lucas dejó de preocuparse por Isabella.
Ahora estaba preocupado por mí.