PARTE 2: A las cinco de la mañana cambiaron las reglas

A las cinco sonó mi alarma.

Me vestí sin despertar a mi marido y bajé a la cocina.

Mamá apareció veinte minutos después.

—¿Qué haces levantada?

—Hoy tú no haces nada.

Parpadeó.

—Pero tengo que preparar el desayuno.

—No.

Tomé la cafetera de sus manos.

—Hoy eres invitada en tu propia casa.

A las siete, Susan bajó.

Se sentó a la mesa.

Esperó.

Diez minutos después preguntó:

—¿No hay café?

—La cafetera está ahí.

Me señaló como si no hubiera entendido.

—¿Puedes prepararlo?

—Claro que puedo.

Sonreí.

—Pero no voy a hacerlo.

Mi marido levantó lentamente la cabeza.

Susan frunció el ceño.

—¿Perdona?

—Este fin de semana cada adulto prepara su desayuno, lava su plato, recoge sus toallas y hace su cama.

Mi suegro dejó escapar una tos sospechosamente parecida a una risa.

Susan me miró.

—Pensé que éramos invitados.

—Lo sois.

—Entonces tu madre…

—Mi madre también está de vacaciones.

El silencio fue maravilloso.

Después saqué una bandeja.

Había preparado café, fruta y tostadas únicamente para mamá.

La llevé hasta la terraza.

Y coloqué nuevamente los geranios exactamente donde ella los había puesto.

Susan salió detrás de nosotras.

—Te dije que esas flores bloqueaban la vista.

—Entonces puedes mover tu tumbona.

Mi madre casi dejó caer la taza.

Susan se puso roja.

—¿Esta es tu manera de faltarme al respeto?

—No.

Me senté junto a mamá.

—Es mi manera de recordar quién vive aquí y quién viene de visita.

Mi marido apareció en la puerta.

Esperé que defendiera a Susan.

En cambio, tomó la taza abandonada de su madre.

—Mamá, lleva meses tratándola como empleada.

Susan lo miró, traicionada.

—¿Tú también?

—Especialmente yo. Debí decir algo antes.

Aquello pareció dolerle más que mis palabras.

Susan entró furiosa.

Pensé que habíamos terminado.

Me equivocaba.

Una hora después escuchamos un coche detenerse frente a la casa.

Bajó una mujer de unos sesenta años con una carpeta bajo el brazo.

Mamá palideció.

—¿Qué hace ella aquí?

—¿Quién es?

—La agente inmobiliaria.

Me quedé inmóvil.

Susan regresó a la terraza completamente vestida.

Y sonrió.

—Perfecto. Llegó temprano.

Miré a mamá.

—¿Qué está pasando?

La agente abrió la carpeta.

—Vengo por la tasación solicitada esta semana.

—¿Qué tasación?

Mamá comenzó a temblar.

Susan cruzó los brazos.

—La de la casa.

Sentí que la sangre me hervía.

—Tú no puedes vender una propiedad que no es tuya.

—Yo no he solicitado venderla.

Entonces todos miramos a mamá.

Ella bajó los ojos.

—Hay algo que nunca te conté.

Entró en casa y regresó con un sobre antiguo.

Dentro había una escritura.

Mi nombre aparecía junto al suyo.

—Tu padre dejó su mitad para ti antes de morir.

La miré, atónita.

—¿Soy copropietaria?

Mamá asintió.

Pero la agente inmobiliaria negó lentamente.

—Entonces tenemos un problema.

Sacó otra documentación.

—Porque la solicitud que recibimos afirma que la señora Susan posee el cincuenta por ciento de esta propiedad.

Mi marido tomó los papeles.

Su rostro perdió todo el color.

—Esta firma…

Susan dejó de sonreír.

Él levantó la vista hacia su madre.

—Mamá, esta es mi firma.

Y yo comprendí que los geranios nunca habían sido el verdadero problema.

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