A las nueve de la mañana estaba sentada frente a Rebecca.
Puse el teléfono sobre su escritorio.
Mensajes.
Facturas.
Fotografías.
Transferencias que durante meses había ignorado porque confiaba en Adrian.
Rebecca revisó todo en silencio.
Entonces levantó la vista.
—Elena, antes de hablar del divorcio necesito preguntarte algo.
—¿Qué?
—¿Sabes cuánto dinero ha movido Adrian durante el último año?
Negué.
Giró su portátil hacia mí.
Había pagos de hoteles, joyas y alquileres.
Pero uno me dejó inmóvil.
Un apartamento.
Comprado tres meses antes.
A nombre de Mia Ruan.
—¿Pagó esto con dinero de nuestra empresa?
—Eso parece.
Sentí que algo dentro de mí terminaba de apagarse.
No era solo una aventura.
Adrian llevaba meses construyendo otra vida mientras yo seguía preparando nuestro aniversario.
—Hazlo —dije—. Presenta el divorcio.
Aquella tarde Adrian llegó a casa.
Encontró mis maletas junto a la puerta.
—¿Qué significa esto?
—Exactamente lo que parece.
Se rio.
—¿De verdad vas a destruir diez años por una fiesta?
Lo miré.
—No. Tú necesitaste diez años para destruirlos. Yo solo necesité una noche para verlo.
Su sonrisa desapareció.
Entonces vio los documentos sobre la mesa.
—¿Fuiste con un abogado?
—A las 11:40.
Por primera vez pareció preocupado.
—Elena, podemos hablar.
—Ayer también podíamos.
—Mia no significa nada.
Casi me hizo gracia.
—Le compraste un apartamento.
Adrian palideció.
Silencio.
Ya tenía mi respuesta.
Tomé la maleta.
Pero antes de salir, su teléfono comenzó a sonar.
Mia.
Adrian rechazó la llamada.
Volvió a sonar.
Otra vez.
Finalmente contestó.
—¿Qué pasa?
No pude escuchar todo lo que ella dijo.
Solo vi cómo cambiaba su expresión.
—¿Qué documentos?
Pausa.
—Mia, ¿qué hiciste?
Me detuve.
Adrian abrió apresuradamente su ordenador.
Yo miré a Rebecca, que acababa de llegar para recoger unas firmas.
Ella también entendió que algo ocurría.
Segundos después Adrian se quedó completamente pálido.
—No puede ser.
Rebecca se acercó a la pantalla.
Después me miró.
—Elena…
—¿Qué?
Su expresión era seria.
—El apartamento no es lo peor.
Giró el ordenador hacia mí.
Había una solicitud presentada semanas atrás utilizando documentos de nuestra empresa.
Y al final aparecía una firma.
La mía.
Solo había un problema.
Yo jamás había firmado aquello.
Adrian me miró.
Esta vez ya no parecía un marido atrapado en una infidelidad.
Parecía un hombre que acababa de descubrir que su amante había convertido nuestra aventura matrimonial en algo mucho más peligroso.
Y Rebecca pronunció las palabras que cambiaron por completo mi divorcio:
—No firmes nada más.
—A partir de ahora, esto ya no es solamente una separación.