Pensé que bloquear la tarjeta sería el final.
Me equivoqué.
Veintisiete minutos después recibí una alerta del banco.
Intento de acceso a banca electrónica bloqueado.
Luego otro.
Y otro.
Alguien estaba intentando entrar en mi cuenta.
No necesitaba adivinar quién.
Llamé inmediatamente al banco, cambié todas mis credenciales y pedí revisar los movimientos de los últimos cuatro años.
La empleada tardó varios minutos.
—Señorita Lin, hay muchas transferencias.
Sentí que el estómago se me hundía.
—¿Cuántas?
—Más de cien.
Aquella tarde descargué los extractos.
Durante cuatro años Margaret no solo había “guardado” mi sueldo.
Había utilizado regularmente mi dinero.
Pagos del teléfono de Kevin.
Restaurantes.
Compras.
Transferencias a Daniel.
Incluso 86.000 yuanes enviados a una cuenta que no reconocí.
Llamé a mi madre.
—Mamá, faltan cientos de miles.
Ella permaneció en silencio.
Después preguntó:
—¿Conservas los mensajes donde Margaret decía que administraba tu sueldo?
—Sí.
—Guárdalo todo.
Por primera vez entendí por qué mi madre había insistido en bloquear aquella tarjeta inmediatamente.
Ella nunca había confiado en los Zhang.
Yo sí.
Hasta ahora.
A la mañana siguiente Daniel apareció frente a mi apartamento.
No abrí la puerta.
—Ava, tenemos que hablar.
—Habla.
—Mi madre está alterada.
Casi me reí.
—Yo también estaría alterada si intentara comprar un automóvil con 258.000 yuanes ajenos y la tarjeta dejara de funcionar.
—Kevin necesita el coche para trabajar.
—Kevin lleva ocho meses desempleado.
Silencio.
Entonces hice la pregunta importante.
—¿Qué son los 86.000 yuanes?
Daniel dejó de respirar.
Lo escuché incluso detrás de la puerta.
—¿Revisaste las cuentas?
—Son mis cuentas.
—Ava…
—¿A quién enviaron ese dinero?
—Fue una inversión.
—¿De quién?
No respondió.
Aquello fue suficiente.
Contraté a una abogada.
No quería amenazas ni escenas.
Quería documentos.
Durante los siguientes días organizamos extractos, mensajes y registros para determinar qué movimientos podían haber sido autorizados y cuáles necesitaban investigarse.
Entonces encontramos algo extraño.
Los 86.000 yuanes habían ido a una empresa llamada Golden Bridge Trading.
Mi abogada revisó los datos disponibles.
—Ava, ¿conoces a alguien llamado Kevin Zhang?
La miré.
—Mi excuñado.
Giró la pantalla.
Kevin figuraba relacionado con la empresa.
Sentí que la sangre me hervía.
Pero aquello todavía no explicaba por qué Daniel estaba tan asustado.
Hasta que encontré un mensaje antiguo.
Margaret se lo había enviado dos años antes.
Ava todavía cree que todo está ahorrado. No le digas lo de la empresa hasta recuperar el dinero.
La respuesta de Daniel decía:
Lo sé. Si descubre cuánto pusimos, se divorciará.
Me quedé mirando aquellas palabras.
Dos años.
Mi marido llevaba al menos dos años sabiendo que su familia utilizaba mi sueldo.
Lo llamé.
—¿Cuánto?
Silencio.
—¿Cuánto dinero mío metieron en la empresa de Kevin?
—Podemos arreglarlo.
—Eso no es un número.
—Ava…
—¿Cuánto?
Finalmente respondió:
—Trescientos veinte mil.
Tuve que sentarme.
Más de dos años de mi salario.
—¿Y los 587.300 que siguen en la cuenta?
Daniel guardó silencio.
Algo cambió dentro de mí.
—Daniel.
—No todo es tuyo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué acabas de decir?
—Tenemos que hablar en persona.
—No.
Entonces pronunció una frase que me heló.
—Mi madre depositó dinero allí la semana pasada.
Miré inmediatamente los extractos recientes.
Había una transferencia.
500.000 yuanes.
Entró tres días antes del divorcio.
Yo no la había visto porque solo había preguntado por el saldo total.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—¿Por qué Margaret puso medio millón en mi cuenta?
Daniel no respondió.
—¿De dónde salió?
—No lo sé.
Mentía.
Lo conocía demasiado bien.
Mi abogada me indicó que no moviera ese dinero hasta aclarar su origen.
El banco inició una revisión.
Dos días después recibimos información sobre la cuenta emisora.
El dinero no provenía directamente de Margaret.
Procedía de Golden Bridge Trading.
La empresa de Kevin.
Sentí frío.
—¿Por qué devolverían quinientos mil justo antes de mi divorcio?
Mi abogada señaló otra operación.
—Porque parece que el mismo día recibieron una cantidad mucho mayor.
—¿Cuánto?
Giró la pantalla.
4.800.000 yuanes.
Me quedé inmóvil.
Golden Bridge había recibido casi cinco millones.
Quinientos mil terminaron inmediatamente en mi cuenta.
Aquello ya no parecía una simple familia aprovechándose de mi salario.
Parecía que alguien estaba utilizando mi cuenta para algo que yo no entendía.
Llamé a Daniel una última vez.
—¿Qué son los 4,8 millones?
Silencio.
—Ava, escúchame.
—Estoy escuchando.
—No gastes los quinientos mil.
—No pensaba hacerlo.
Su respiración se aceleró.
—Y no hables con Kevin.
—¿Por qué?
Entonces escuché a Margaret gritar al fondo:
—¡Daniel, cuelga!
Demasiado tarde.
—¿Qué está pasando?
Daniel bajó la voz.
—Mi madre pensaba que después del divorcio todavía conservaría tu tarjeta.
Se me helaron las manos.
—¿Para qué?
—Para retirar el dinero antes de que alguien empezara a hacer preguntas.
Cerré los ojos.
De repente entendí por qué aquella mañana habían intentado comprar un automóvil tan caro.
Tal vez no estaban simplemente gastando mi dinero.
Tal vez estaban comprobando si la tarjeta seguía funcionando.
—¿Quién iba a hacer preguntas, Daniel?
No respondió.
Pero aquella misma tarde mi abogada recibió una llamada.
Golden Bridge Trading estaba siendo revisada por una disputa financiera relacionada con varios inversores.
Y mi nombre aparecía en documentación interna.
—¿Mi nombre?
—Sí.
—Nunca he trabajado para esa empresa.
Mi abogada guardó silencio.
—Según estos documentos, alguien afirmó que sí.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Qué cargo?
Giró una copia hacia mí.
AVA LIN — DIRECTORA FINANCIERA.
Debajo había una firma.
Mi nombre.
Pero aquella no era mi firma.
Entonces comprendí por qué Margaret había conservado mi tarjeta durante cuatro años.
Quizá nunca se había tratado solamente de controlar mi sueldo.
Alguien había estado construyendo una conexión financiera entre mi nombre y la empresa de Kevin.
Y el divorcio había ocurrido justo cuando esa conexión estaba a punto de convertirse en un problema.
Miré el certificado de divorcio sobre mi escritorio.
Hasta ese instante había pensado que Daniel simplemente había dejado de amarme.
Ahora tenía una pregunta mucho peor.
¿SE HABÍA DIVORCIADO DE MÍ PARA PODER CULPARME DE ALGO QUE SU FAMILIA HABÍA HECHO?
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
