PARTE 2: LA VENGANZA DE EVELYN

Adrian frunció el ceño.

—Evelyn, no empieces con tus escenas. Clara acaba de regresar y Lucas todavía es pequeño.

Miré al niño que sostenía entre sus brazos.

Tres años.

La misma edad que tendría mi hijo si hubiera sobrevivido.

Sentí una punzada en el pecho, pero esta vez no lloré.

—Tranquilo, comandante Pierce. No volveré a molestarte.

Me di la vuelta.

Adrian me agarró de la muñeca.

—¿Qué significa eso?

—Significa que eres libre.

Su expresión cambió.

—¿De qué estás hablando?

Me solté lentamente.

—De nada. Disfruta de tu familia.

Aquella noche reservé una mesa en el bar más exclusivo de la capital.

Nora llegó media hora después.

Cuando le conté todo, golpeó la mesa con tanta fuerza que las copas temblaron.

—¡Ese desgraciado te robó cinco años de vida!

Sonreí amargamente.

—Y también a mi hijo.

Nora me abrazó.

Por primera vez en mucho tiempo, lloré sin intentar esconderme.

Después me limpié las lágrimas.

—Pero se acabó.

Pedí otra botella de champán.

Y diez modelos masculinos.

Quería recordar cómo se sentía una noche en la que nadie me exigiera sacrificios.

No esperaba que Adrian apareciera.

Mucho menos que rompiera una copa al verme rodeada de hombres.

—¡Evelyn Jiang!

Su voz retumbó por todo el bar.

Los modelos se apartaron instintivamente.

Adrian avanzó hacia mí, con sangre goteando de su mano.

—¡Levántate! ¡Nos vamos a casa!

Tomé tranquilamente mi copa.

—¿A qué casa?

Se quedó inmóvil.

—Evelyn, no estoy jugando.

—Yo tampoco.

Señalé el asiento vacío frente a mí.

—Si quieres hablar, siéntate. Pero primero limpia esa sangre. Estás ensuciando el suelo.

Nora soltó una carcajada.

Adrian apretó los dientes.

—¿Te parece divertido humillarme delante de todos?

Lo miré directamente.

—¿Humillarte? ¿Por beber con unos hombres?

Me incliné hacia él.

—Tú te casaste con otra mujer mientras dormías conmigo. Le diste mis premios, mis ahorros y hasta mi identidad. ¿Y vienes a hablarme de humillación?

Su rostro palideció.

—¿Quién te contó eso?

—La lápida de tus padres.

El silencio cayó entre nosotros.

Adrian abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.

—Vi el nombre de Clara. Vi el de Lucas. También descubrí que celebraste tu matrimonio mientras yo estaba hospitalizada después de perder a nuestro bebé.

Sus ojos se enrojecieron todavía más.

—Evelyn, las cosas no son como crees.

Solté una risa amarga.

—Entonces explícame qué parte entendí mal.

—Clara estaba embarazada. Mi padre, antes de morir, me hizo prometer que reconocería al niño.

—¿Y yo?

Adrian bajó la mirada.

—Tú eras diferente.

Aquellas tres palabras terminaron de destruir lo poco que quedaba de mi amor.

—Sí —respondí—. Yo era la tonta que te siguió hasta la frontera.

Me levanté.

—Adiós, Adrian.

Pero él volvió a sujetarme.

—No puedes dejarme así.

Lo miré con incredulidad.

—¿Por qué no?

Su voz se quebró.

—Porque te amo.

Durante cinco años había esperado escuchar esas palabras acompañadas de una promesa de matrimonio.

Ahora solo me provocaban cansancio.

—Tu amor me costó un hijo, Adrian.

Aparté su mano.

—No puedo permitirme seguir pagándolo.

A la mañana siguiente, fui a visitar a mi abuelo.

El general retirado Samuel Jiang llevaba años pidiéndome que regresara a casa.

Cuando me vio entrar, dejó su taza de té.

—¿Finalmente terminaste con ese muchacho?

Asentí.

Mi abuelo observó mis ojos hinchados.

No preguntó nada.

Simplemente abrió los brazos.

Y yo, que había soportado cinco años de humillaciones sin derrumbarme, lloré contra su pecho.

Cuando terminé de contarle todo, su expresión se volvió aterradora.

—¿Dices que tus méritos militares fueron registrados a nombre de otra persona?

—Sí.

—¿Y tus ahorros?

—También.

Mi abuelo tomó el teléfono.

—Entonces esto ya no es un problema sentimental. Es una investigación por fraude.

Tres días después, el distrito militar recibió una orden de auditoría.

Se suspendieron temporalmente varios ascensos.

Los expedientes de propaganda fueron retirados para su revisión.

Y el nombre de Clara Ruan apareció en el centro de todas las irregularidades.

Adrian me llamó diecisiete veces.

No respondí.

Hasta que llegó un mensaje.

«Evelyn, Clara está siendo investigada. Si declaras contra ella, podría perderlo todo».

Escribí:

«Yo ya lo perdí todo hace tres años».

Su respuesta apareció inmediatamente.

«¿Todavía me odias por lo del bebé?»

Mis manos comenzaron a temblar.

Antes de responder, Nora entró apresuradamente en mi habitación.

—Evelyn, tienes que ver esto.

Me entregó una carpeta médica.

—Mi tío trabaja en el hospital militar donde te atendieron después de aquella caída. Le pedí que buscara tu expediente original.

Abrí la carpeta.

Había informes, fotografías y una hoja firmada por un médico.

Leí la primera página.

Después la segunda.

Y finalmente llegué a una anotación que hizo que mi corazón se detuviera.

«Paciente informada de pérdida gestacional. Recién nacido masculino trasladado a cuidados neonatales».

Levanté lentamente la cabeza.

—Nora… ¿qué significa esto?

Mi amiga tenía lágrimas en los ojos.

—Significa que tu bebé nació vivo, Evelyn.

El mundo dejó de girar.

—No…

Nora me sujetó las manos.

—Y hay algo más.

Sacó una fotografía.

En ella aparecía Clara Ruan saliendo del hospital militar con un bebé recién nacido.

La fecha era exactamente tres días después de mi accidente.

Sentí que me faltaba el aire.

—Ese niño…

Nora asintió lentamente.

—Evelyn, hemos encontrado indicios de que Lucas Pierce podría ser tu hijo.

Me llevé ambas manos a la boca.

Tres años.

Tres años llorando frente a una tumba que nunca existió.

Tres años creyendo que había perdido a mi bebé.

Y entonces recordé algo.

Cuando fui a la oficina de Adrian, Lucas me había mirado fijamente.

Después sonrió.

Tenía un pequeño hoyuelo en la mejilla izquierda.

Exactamente como yo.

Mi teléfono volvió a sonar.

Era Adrian.

Esta vez respondí.

—Evelyn, por favor, escúchame…

Lo interrumpí.

—Adrian, voy a hacerte una sola pregunta.

Mi voz temblaba de rabia.

—¿De quién es realmente el hijo que Clara llama Lucas?

Al otro lado de la línea, Adrian dejó de respirar.

Pasaron diez segundos.

Veinte.

Finalmente escuché su voz, completamente rota.

—Evelyn… ¿quién te lo dijo?

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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