PARTE 2: EL SECRETO DE ADRIAN

—Una vez más, Elena. Solo una vez más.

La voz de Adrian temblaba, aunque intentaba mantener la calma.

Apreté su mano con tanta fuerza que mis uñas dejaron marcas en su piel.

—¡No puedo más!

Él acercó su frente a la mía.

—Sí puedes. Estoy aquí. Esta vez no voy a dejarte sola.

Aquellas palabras me hicieron llorar más que el dolor.

Minutos después, un llanto agudo llenó la sala.

—¡Es un niño! —anunció la enfermera.

Adrian se quedó inmóvil.

Cuando colocaron al bebé sobre mi pecho, vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas.

Nuestro hijo tenía el cabello oscuro y una pequeña nariz idéntica a la suya.

—Es hermoso —susurró.

Intentó acariciarle la mejilla, pero detuvo la mano a pocos centímetros.

—¿Puedo?

Asentí.

Adrian tocó suavemente la diminuta mano del bebé.

Y entonces sucedió algo que jamás imaginé.

El hombre que había pasado años enfrentándose a emergencias médicas comenzó a llorar como un niño.

—Hola, campeón —murmuró—. Soy papá.

Cerré los ojos.

Durante seis meses había imaginado aquel momento.

Pero nunca pensé que dolería tanto.

Dos horas después, desperté en una habitación privada.

Adrian estaba sentado junto a la cuna.

Todavía llevaba su uniforme médico.

Observaba a nuestro hijo como si temiera que desapareciera al parpadear.

—Deberías descansar —susurré.

Se volvió inmediatamente.

—¿Cómo te sientes?

—Cansada.

Se acercó con un vaso de agua.

Lo acepté sin mirarlo.

Durante varios minutos permanecimos en silencio.

Finalmente, Adrian preguntó:

—¿Cuándo lo supiste?

—Dos meses después del divorcio.

Su expresión cambió.

—¿Y nunca pensaste en decírmelo?

Apreté la manta.

—Todos los días.

—Entonces, ¿por qué no lo hiciste?

Lo miré directamente.

—Porque no quería que volvieras conmigo solamente por nuestro hijo.

Adrian soltó una risa amarga.

—Elena, ¿de verdad creíste que había dejado de amarte?

Mi corazón dio un vuelco.

—Firmaste el divorcio.

—Tú también.

Aquella respuesta nos dejó sin palabras.

Entonces sacó algo del bolsillo.

Era una pequeña caja de terciopelo azul.

La reconocí inmediatamente.

—¿Por qué tienes eso?

Adrian la abrió.

Dentro estaba mi anillo de bodas.

—Lo encontré en nuestro apartamento después de que te marcharas.

Tragué saliva.

—Pensé que lo habrías vendido.

—Nunca pude.

Sus dedos acariciaron el anillo.

—Durante seis meses lo llevé conmigo. Cada vez que quería llamarte, lo sacaba y recordaba nuestra última discusión.

Una lágrima resbaló por mi mejilla.

—Adrian…

—Fui a buscarte, Elena.

Me quedé helada.

—¿Qué?

—Tres semanas después del divorcio. Fui a casa de tus padres.

Fruncí el ceño.

—Eso es imposible. Mi madre nunca me dijo nada.

Adrian bajó la mirada.

—Tu madre me dijo que habías conocido a otra persona.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—¿Qué acabas de decir?

—Me dijo que estabas feliz. Que querías empezar una nueva vida y que debía dejarte tranquila.

Negué lentamente.

—Eso es mentira.

Adrian me miró.

—¿Mentira?

—Nunca estuve con nadie más.

El silencio se volvió insoportable.

Entonces recordé algo.

Durante mi embarazo, mi madre insistía constantemente en que no contactara a Adrian.

Decía que él había seguido adelante.

Que había encontrado una mujer más adecuada.

Que yo debía conservar mi dignidad.

—Dios mío… —susurré.

Adrian se levantó.

—Elena, hay algo más.

Su expresión se había vuelto extrañamente seria.

—Hace dos meses recibí una carta anónima.

Sacó su teléfono y me mostró una fotografía.

Era una ecografía.

Mi ecografía.

La misma que había guardado en una caja dentro de mi habitación.

Debajo había una frase.

«Tu exesposa está embarazada, pero el bebé no es tuyo».

Sentí un escalofrío.

—¿Quién te envió eso?

—No lo sé. Pero reconocí tu nombre en el informe.

Lo observé, confundida.

—¿Entonces sabías que estaba embarazada?

Adrian asintió lentamente.

—Lo sospechaba. Intenté localizarte, pero habías cambiado de número. Incluso fui a tu oficina. Me dijeron que estabas de licencia.

—¿Y por qué estabas hoy en la sala de partos?

Sus ojos se oscurecieron.

—Porque ayer recibí otra llamada anónima. Alguien me dijo que estarías aquí y que debía comprobar personalmente quién era el padre.

Miré hacia la cuna.

Nuestro hijo dormía tranquilamente.

De pronto, mi teléfono vibró.

Era mi madre.

«Elena, ¿ya nació el bebé? Recuerda que Adrian no debe acercarse a él».

Adrian vio el mensaje.

Su mandíbula se tensó.

—Creo que necesitamos hablar con tu madre.

Antes de que pudiera responder, alguien llamó a la puerta.

Una enfermera entró apresuradamente.

—Doctor Reed, hay una mujer afuera que asegura ser la abuela del bebé. Está exigiendo llevárselo.

Me incorporé de golpe.

—¡¿Qué?!

La enfermera parecía nerviosa.

—Dice que tiene documentos firmados por usted autorizando la custodia temporal del recién nacido.

Sentí que el mundo se detenía.

—¡Yo nunca firmé nada!

Adrian tomó inmediatamente su teléfono.

—Nadie se llevará a mi hijo.

Pero entonces la enfermera añadió algo que nos dejó completamente paralizados.

—Doctor, la mujer no vino sola. La acompaña un abogado y asegura que usted renunció legalmente a sus derechos como padre hace cuatro meses.

Adrian palideció.

—Eso es imposible.

La enfermera bajó la voz.

—Señor, el documento lleva su firma.

Me volví hacia él.

—Adrian… ¿qué está pasando?

Él miró a nuestro hijo.

Después me tomó la mano.

—Elena, escúchame. Nunca firmé ninguna renuncia.

En ese instante, la puerta volvió a abrirse.

Mi madre apareció con una carpeta roja entre las manos.

Y detrás de ella entró una mujer que reconocí inmediatamente.

Sofía Reed.

La hermana mayor de Adrian.

La misma mujer que había intentado separarnos desde el día de nuestra boda.

Mi madre sonrió.

—Perfecto. Ahora que ambos están aquí, podemos terminar lo que comenzamos hace seis meses.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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