PARTE 2: LA VERDAD OCULTA

La doctora Oei colocó la tableta frente a mí.

—Antes de mostrarte esto, necesito que comprendas algo, Coralie. Lo que descubrimos ayer podría destruir a toda la familia Bromel.

Observé la pantalla.

Había una fotografía de un riñón.

Mi riñón.

Pero debajo aparecía un informe que no reconocía.

—¿Qué significa esto?

La doctora respiró profundamente.

—Durante los análisis previos al trasplante encontramos una anomalía en los resultados de compatibilidad. Al principio pensamos que era un error del laboratorio.

Deslizó el dedo por la pantalla.

—Entonces repetimos las pruebas.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

—¿Y?

—Tu suegra nunca necesitó tu riñón.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué?

—Su enfermedad renal era real, pero los informes que te entregaron habían sido manipulados para hacerte creer que el trasplante era urgente. Y hay algo peor.

La doctora abrió otro documento.

—Alguien intentó modificar tu historial médico para autorizar la extracción de tu segundo riñón en una supuesta intervención futura.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—¿Mi segundo riñón?

—Afortunadamente, nuestro sistema detectó las alteraciones. La operación de ayer se realizó bajo los consentimientos existentes, pero ahora sabemos que esos consentimientos se obtuvieron mediante engaños.

Me llevé una mano al abdomen.

La cicatriz todavía ardía.

—¿Quién lo hizo?

La doctora sostuvo mi mirada.

—El nombre que aparece en los registros es Marisol Bromel.

Cerré los ojos.

Durante tres años, aquella mujer me había llamado hermana.

Y durante tres años, yo había confundido su amabilidad con cariño.

—Hay otra cosa —continuó la doctora—. El hospital ha iniciado una investigación formal. Pero encontramos documentos financieros relacionados con tu operación.

Me mostró una transferencia bancaria.

Dos millones cuatrocientos mil dólares.

El beneficiario era Bromel Memorial Services.

—¿Vendieron mi riñón? —susurré.

—No tenemos pruebas de eso. Pero esta transferencia, realizada antes de la cirugía, exige una explicación.

De pronto comprendí por qué Thaddius había tenido tanta prisa por conseguir mi firma.

No era solamente un divorcio.

Era una forma de deshacerse de mí antes de que descubriera la verdad.

—Doctora, necesito mi teléfono.

Ella asintió.

Marqué un número que llevaba cuatro años sin utilizar.

Mi padre respondió al segundo tono.

—¿Coralie?

Su voz se quebró.

—Papá, necesito que vengas a buscarme.

Hubo un silencio.

—¿Dónde estás?

—En el hospital St. Catherine.

—¿Qué te hicieron?

Miré la cicatriz bajo mi bata.

—Todo lo que me advertiste que harían.

Mi padre no preguntó nada más.

—Estaré allí en veinte minutos.

Colgué.

La doctora Oei me observó con curiosidad.

—¿Tu padre es Alexander Ashworth?

Asentí.

Sus ojos se abrieron ligeramente.

—¿El propietario de Ashworth Medical Group?

—Sí.

Durante cuatro años, los Bromel habían creído que yo era una enfermera sin fortuna que había perdido contacto con su familia.

Nunca les dije que mi padre controlaba una de las mayores redes hospitalarias privadas del país.

Porque quería que Thaddius me amara por quien era.

Qué estúpida había sido.

Veintidós minutos después, mi padre entró acompañado por dos abogados.

No me abrazó inmediatamente.

Primero observó mi rostro.

Después la vía intravenosa.

Finalmente, la herida quirúrgica.

—Dime quién autorizó esto.

Le entregué la tableta.

Su expresión se volvió de piedra.

—Los Bromel —respondí.

Mi padre leyó los documentos sin pronunciar palabra.

Después llamó a su abogado.

—Quiero una investigación independiente. Preserven todos los registros y notifiquen a las autoridades correspondientes.

Entonces me tomó la mano.

—Esta vez no tendrás que enfrentarlos sola.

A las tres de la tarde, Thaddius regresó al hospital.

Venía furioso.

Marisol caminaba detrás de él, sujetando su teléfono.

—¡Coralie! —gritó—. ¿Qué demonios has hecho?

Mi padre se levantó lentamente.

Thaddius se detuvo.

—Señor Ashworth…

La confianza desapareció de su rostro.

—¿Usted qué hace aquí?

Mi padre sonrió sin alegría.

—Estoy visitando a mi hija.

Marisol dejó caer su bolso.

—¿Su… hija?

Thaddius me miró.

Luego miró a mi padre.

Y finalmente comprendió.

—Coralie… ¿eres una Ashworth de esos Ashworth?

No respondí.

Mi padre colocó una carpeta sobre la mesa.

—Bromel Memorial Services tiene una deuda de dieciocho millones de dólares con una empresa de mi grupo.

Thaddius palideció.

—Eso es imposible.

—También hemos descubierto irregularidades en los pagos relacionados con la operación de mi hija.

Marisol comenzó a retroceder.

—Nosotros no hicimos nada ilegal.

Entonces la doctora Oei abrió la puerta.

—Señor Bromel, necesito que vea algo.

Giró la pantalla hacia ellos.

Apareció una grabación de seguridad.

En ella, Marisol entregaba un sobre a un empleado del hospital.

Pero no fue eso lo que hizo gritar a Thaddius.

Fue la mujer que apareció segundos después.

Su madre.

La misma mujer que supuestamente estaba demasiado enferma para levantarse de la cama.

Caminaba perfectamente, hablando por teléfono.

Y sus palabras quedaron registradas con absoluta claridad.

—Cuando Coralie firme el divorcio, podremos ejecutar la segunda parte del plan.

Thaddius retrocedió.

—¡Mamá! ¿Qué has hecho?

Mi padre se inclinó hacia él.

—Esa es precisamente la pregunta que queremos hacerle.

Entonces mi teléfono vibró.

Un mensaje de un número desconocido.

«Coralie, no confíes en tu padre. Tu madre descubrió el mismo secreto hace veintisiete años. Por eso desapareció».

Me quedé helada.

Porque mi madre no había desaparecido.

Mi padre me había dicho que murió cuando yo tenía seis años.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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