PARTE 2 — CUANDO REGRESÓ, YO YA NO ESTABA

Adrian regresó aquella tarde convencido de que me encontraría esperándolo.

No fue así.

A las cuatro y veinte llegó a mi apartamento con el traje de la boda todavía dentro del coche y un ramo de flores en la mano.

Mi padre abrió la puerta.

—¿Dónde está Emily?

—Se fue.

Adrian frunció el ceño.

—¿Adónde?

—No es asunto tuyo.

Intentó entrar, pero mi padre bloqueó la puerta.

—Señor Foster, mi hija pasó ocho años perdonándolo. Ayer se terminó.

—Solo fui a evitar una tragedia.

—Y abandonó a mi hija en el altar para hacerlo.

—Claire podía morir.

—Entonces debió llamar a la policía.

Adrian apretó la mandíbula.

—Necesito hablar con Emily.

Mi padre sacó algo del bolsillo.

El anillo.

Se lo puso en la palma.

—Ella dijo que se lo devolviera.

Por primera vez, Adrian perdió la seguridad.

—¿Dónde está?

—Lejos de usted.

La puerta se cerró.

Durante las siguientes dos semanas, Adrian me buscó.

Llamó a mis amigos.

Fue a mi antigua oficina.

Incluso contactó con hoteles donde pensó que podía haberme alojado.

No encontró nada.

Porque yo había tomado una decisión que llevaba años posponiendo.

Acepté una oferta de trabajo en Londres.

Había rechazado aquel puesto tres meses antes porque Adrian no quería una relación a distancia.

Ahora ya no existía ninguna relación que proteger.

Dos días después de nuestra boda cancelada, subí a un avión.

No dejé dirección.

No dejé explicaciones.

Y bloqueé su número.

Durante los primeros meses dolió.

Muchísimo.

A veces despertaba buscando inconscientemente su lado de la cama.

O veía algo divertido y mi primer impulso era escribirle.

O escuchaba nuestro restaurante favorito mencionado en una conversación y sentía un vacío en el pecho.

Ocho años no desaparecen en una semana.

Pero poco a poco dejé de pensar en él al despertar.

Después dejé de hacerlo antes de dormir.

Y un día entero pasó sin que Adrian Foster cruzara por mi cabeza.

Ese día comprendí que estaba sanando.

Pasaron tres años.

Me convertí en directora creativa de una firma internacional.

Compré un pequeño apartamento.

Hice amigos.

Viajé.

Aprendí que estar sola era infinitamente mejor que competir constantemente por un lugar en la vida de alguien.

Y entonces conocí a Daniel.

No fue un romance explosivo.

Fue algo mucho más peligroso.

Tranquilidad.

Daniel nunca me hizo preguntarme si me elegiría.

Simplemente lo hacía.

Cuando enfermaba, aparecía con comida.

Cuando trabajaba hasta tarde, esperaba despierto.

Cuando una antigua novia le escribió a medianoche, me mostró el mensaje y la bloqueó sin que yo preguntara.

Una noche, mientras cocinábamos, me miró y dijo:

—Quiero casarme contigo algún día.

Sentí miedo.

Pero no dolor.

Y supe que estaba preparada para volver a creer.

Mientras tanto, al otro lado del océano, Adrian finalmente descubría quién era Claire Bennett.

Seis meses después de que me marchara, Claire volvió a amenazar con hacerse daño porque Adrian se negó a cenar con ella.

Después ocurrió otra vez.

Y otra.

Hasta que un psiquiatra contratado por la familia Foster les explicó que ceder continuamente a aquellas amenazas no estaba ayudándola.

Claire necesitaba tratamiento.

Límites.

Profesionales.

No a Adrian corriendo cada vez que ella chasqueaba los dedos.

Fue entonces cuando él comprendió lo que yo había intentado decirle durante años.

Pero ya era demasiado tarde.

Cuatro años después de nuestra boda cancelada, regresé a Nueva York por primera vez.

No por Adrian.

Mi padre cumplía sesenta años.

La celebración se realizó en un hotel del centro.

Llegué tomada del brazo de Daniel.

Y no sabía que Adrian estaba allí.

Lo vi al entrar al salón.

Seguía siendo el mismo hombre alto, elegante e intimidante.

Pero cuando sus ojos encontraron los míos, la copa que sostenía quedó suspendida a medio camino.

Después miró mi mano.

Daniel llevaba sus dedos entrelazados con los míos.

Adrian palideció.

Se acercó inmediatamente.

—Emily.

Durante un instante, el antiguo dolor intentó regresar.

Pero ya no encontró dónde quedarse.

—Hola, Adrian.

Miró a Daniel.

—¿Quién es?

Daniel extendió educadamente la mano.

—Daniel Reed. Prometido de Emily.

Adrian no la aceptó.

Sus ojos bajaron hasta mi mano izquierda.

Allí brillaba un anillo.

—¿Prometido?

—Sí.

—¿Vas a casarte?

Sonreí.

—En octubre.

Su rostro se descompuso.

—Emily, necesito hablar contigo.

—No tenemos nada que hablar.

—Por favor.

Daniel me miró.

—¿Quieres que me quede?

Antes de que pudiera responder, Adrian dijo:

—Necesito hablar con ella a solas.

Lo miré fijamente.

Cuatro años atrás habría obedecido.

Aquella noche simplemente apreté la mano de Daniel.

—Entonces tendrás que hablar delante de mi prometido.

Adrian entendió finalmente algo que yo había aprendido mucho tiempo atrás.

Ya no tenía ningún lugar especial en mi vida.

Y por primera vez…

era él quien tendría que competir por uno.

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