Parte 2: La firma que Grant nunca debió hacer

Grant llegó a su penthouse cuarenta minutos después.

Abrió una botella de whisky.

No celebró el nacimiento de sus tres hijos.

Celebró su libertad.

—Finalmente —murmuró, dejando caer el teléfono sobre la mesa.

La pantalla volvió a iluminarse.

¿De verdad está hecho?

Grant respondió:

Sí. Ya no existe ningún obstáculo entre nosotros.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Entonces ven. Te he esperado demasiado.

Grant sonrió.

Pero mientras él pensaba en su nueva vida, en otra parte del edificio hospitalario, una enfermera entró apresuradamente en mi habitación.

—Doctora, hay algo aquí.

La médica se acercó a mi cama.

Yo seguía inconsciente.

Mi corazón necesitaba asistencia constante y tres máquinas mantenían estables mis funciones vitales.

La enfermera sostenía una carpeta.

—La encontraron en las pertenencias de la señora Holloway.

—¿Qué es?

—Un sobre notarial.

La doctora lo abrió.

Dentro había varias páginas.

La primera tenía mi nombre completo.

La segunda contenía una declaración firmada seis meses antes.

Y la tercera hizo que la doctora se quedara completamente inmóvil.

—Dios mío.

—¿Qué ocurre?

La doctora levantó la mirada.

—Esto no es un testamento.

—¿Entonces qué es?

—Es una instrucción legal.

La enfermera frunció el ceño.

La doctora continuó leyendo.

—Si la señora Holloway entra en estado crítico durante el parto, ninguna decisión médica podrá ser tomada por su esposo.

La enfermera palideció.

—¿Por qué habría hecho eso?

La doctora pasó a la siguiente página.

—Porque Grant Holloway ya había intentado modificar su seguro médico.

Silencio.

Entonces encontraron una segunda carpeta.

Y dentro había copias de transferencias bancarias.

Millones de dólares.

Pero no pertenecían a Grant.

Eran míos.

La enfermera miró a la doctora.

—¿Su esposa tenía ese dinero?

—No lo sé.

La doctora siguió leyendo.

Y entonces encontró una cláusula que Grant jamás había visto.

Una cláusula que se activaba exactamente en el momento en que él firmara el divorcio.

Mientras tanto, Grant se dirigía hacia el apartamento de la mujer que había esperado su divorcio.

Su nombre era Vanessa.

Habían estado juntos durante casi dos años.

Ella siempre le había dicho lo mismo.

—Tu esposa nunca te dará una vida de verdad.

Grant había terminado creyéndolo.

Al llegar, Vanessa abrió la puerta con una sonrisa.

—¿Ya está?

Grant levantó la mano izquierda.

—Mira.

No llevaba el anillo.

Vanessa lo abrazó.

—Por fin.

Grant cerró los ojos.

Por primera vez en meses, creyó que todo estaba bajo control.

Entonces sonó su teléfono.

Era su abogado.

Grant suspiró.

—¿Qué quieres?

La voz del abogado no sonaba normal.

—Grant, ¿dónde estás?

—No importa.

—Necesito que vuelvas al hospital.

Grant soltó una carcajada.

—¿Para qué?

—Porque acabamos de descubrir un problema.

La sonrisa de Grant desapareció.

—¿Qué problema?

Hubo una pausa.

—El divorcio que firmaste no hizo exactamente lo que creías.

Grant se incorporó.

—¿De qué estás hablando?

—Tu esposa había presentado documentos legales antes del parto.

—¿Qué documentos?

—Una separación patrimonial preventiva.

Grant quedó inmóvil.

—Explícate.

—Todo lo que estaba a nombre de tu esposa permanece fuera del acuerdo. Y hay más.

—¿Qué más?

El abogado tragó saliva.

—La empresa Holloway Holdings tampoco es completamente tuya.

Grant sintió que el whisky se le revolvía en el estómago.

—Eso es imposible.

—No. Lo que es imposible es que no lo supieras.

—¿Quién controla las acciones?

La respuesta llegó después de varios segundos.

—Tu esposa.

Grant no respiró.

—Eso no puede ser.

—Puede. Y hay una cláusula adicional.

—¿Cuál?

El abogado bajó la voz.

—Si solicitabas el divorcio mientras ella estuviera incapacitada, perdías automáticamente tus derechos de administración sobre determinados activos.

Grant miró a Vanessa.

La sonrisa de ella había desaparecido.

—¿Cuánto? —preguntó.

—Casi toda la división internacional.

Grant apretó el teléfono.

—¿Y los niños?

Silencio.

—¿Qué pasa con mis hijos?

—Ahí está el verdadero problema.

El abogado respiró profundamente.

—Los tres bebés fueron incluidos en un fideicomiso antes de nacer.

Grant sintió que la sangre abandonaba su rostro.

—¿Por quién?

La respuesta fue devastadora.

—Por tu esposa.

Y entonces el abogado añadió:

—Grant… el fideicomiso no te nombra como beneficiario.

Grant cerró los ojos.

Por primera vez desde que había firmado aquellos papeles, comprendió algo.

No había utilizado el divorcio para escapar de mí.

Había firmado exactamente el documento que yo necesitaba.

Y mientras él intentaba destruir mi vida desde el pasillo de la UCI, yo había dejado preparado un mecanismo que podía destruir el imperio que tanto amaba.

Pero todavía faltaba una cosa.

La razón por la que yo había preparado todo aquello seis meses antes.

Porque no había sido una precaución.

Había sido una respuesta.

A algo que Grant había hecho.

Algo que todavía nadie en el hospital conocía.

Y cuando finalmente encontraran ese último documento, Grant descubriría que su divorcio no había sido el comienzo de su nueva vida.

Había sido el primer paso hacia su caída.

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