Elena miró a Sabrina como si alguien hubiera dejado una bomba en medio del salón.
—Adrián, te pregunté qué significa esto.
Mi marido ni siquiera parpadeó.
—Sabrina necesitaba entregarme unos documentos.
Miré el vestido rojo.
Después los tacones.
—Documentos muy elegantes.
Algunos familiares bajaron inmediatamente la mirada para ocultar sus expresiones.
Sabrina se puso rígida.
—Señora Salvatierra, no quería causar ningún malentendido.
—Entonces no lo causes.
Adrián me observó.
Esperaba algo.
Una escena.
Una pregunta.
Celos.
Comprendí entonces que aquella era otra de sus pruebas.
Y decidí no participar.
Me acerqué al abuelo Vega, le entregué su regalo y pasé el resto de la cena hablando con los invitados como si Sabrina no existiera.
Eso pareció irritar más a Adrián que cualquier discusión.
Una hora después me encontró sola en la terraza.
—¿No vas a preguntarme nada?
—¿Sobre qué?
Su mandíbula se tensó.
—Sobre Sabrina.
—Dijiste que vino por trabajo.
—¿Y me crees?
Lo miré fijamente.
—Adrián, si necesito investigar a mi marido para saber si respeta nuestro matrimonio, entonces ya no tengo un matrimonio que merezca investigar.
Por primera vez aquella noche, perdió la sonrisa.
—A veces parece que nada te importa.
—No confundas tranquilidad con indiferencia.
Pasé junto a él.
—Y no confundas mis celos con permiso para jugar conmigo.
Dos días después, Sabrina presentó su renuncia.
Pensé que aquello terminaría allí.
Me equivoqué.
Tres semanas más tarde, Mateo entró en mi despacho y cerró la puerta.
Eso nunca era buena señal.
—Tenemos un problema.
Dejó una carpeta sobre mi escritorio.
—Alguien descargó documentos confidenciales relacionados con la adquisición internacional.
Mi expresión cambió.
—¿Desde qué cuenta?
Mateo dudó.
—La de Adrián.
Sentí un frío extraño en el pecho.
Los archivos contenían valoraciones, contratos preliminares y nuestra estrategia de negociación.
Información suficiente para destruir una operación de cientos de millones.
—¿Dónde está Adrián?
—En una reunión.
—Cancélala.
Veinte minutos después entró en mi oficina.
Le mostré los registros.
Su rostro cambió.
—Yo no descargué esto.
—Tu usuario sí.
—Valeria, mírame.
Lo hice.
—No fui yo.
Quise creerle.
Ese fue precisamente el problema.
Porque confiar en él significaba arriesgar mi empresa.
Y desconfiar significaba admitir que nuestro matrimonio ya estaba roto.
Seguridad revisó los accesos.
A las seis de la tarde encontraron una grabación.
Sabrina había utilizado el ordenador de Adrián durante siete minutos mientras él estaba fuera de su despacho.
Adrián golpeó la mesa.
—Voy a llamar a la policía.
—Todavía no.
Me miró sorprendido.
—¿Por qué?
Mateo giró su portátil hacia nosotros.
—Porque Sabrina no se quedó con los archivos.
En la pantalla apareció el registro de una transferencia.
Habían sido enviados a otra persona.
Un destinatario interno.
Adrián leyó el nombre.
Después me miró.
—Valeria…
Yo ya lo había visto.
Y por primera vez desde que comenzó todo aquello sentí verdadero miedo.
Porque el destinatario no era un competidor.
No era Sabrina.
Ni siquiera pertenecía a la familia Vega.
El archivo había terminado en Salvatierra Capital.
Pero no en mi oficina.
En la de mi primo.
Julián Salvatierra.
Y en ese instante comprendí la verdad.
Sabrina nunca había querido quitarme a mi marido.
Había utilizado a mi marido para intentar quitarme algo mucho más grande.
Mi empresa.